Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 23. El baile de Samhain #3
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Capítulo 23. El baile de Samhain #3

Pero por fin había llegado el momento. Debía de haber hecho ya lo suficiente. Eso era aquello por lo que tanto había trabajado.

Momentos después, Romily reapareció con Glory del brazo; ambas con los labios fruncidos en un mohín de autosuficiencia que acentuaba sus pómulos. Todas las Whitlock compartían la misma expresión facial altiva, una familia que inspiraba admiración con su mera presencia.

—Annie, cielo. —Glory Whitlock se abrió paso hacia el círculo, rodeada de un campo de fuerza hipnótico y seductor que parecía ondular a su alrededor.

Sostuvo a Annie a la distancia de sus brazos antes de atraerla en un fuerte abrazo.

Annie suspiró, envuelta en la embriagadora sensación de que una figura materna la estrechaba justo como ella necesitaba.

—Glory —saludó Annie en voz baja.

—Se dice por los calderos del simposio que nos deberíamos sentir orgullosos por tu trabajo en Selcouth, cielo.

¿Un pequeño encargo para esas Brujas Sabias de la Casa Hécate, según tengo entendido?

Deberías haberme informado al momento, Annie.

Qué traviesa. —Glory le dio un golpecito en la nariz y le guiñó un ojo de una forma tan parecida a Romily que Annie solo pudo mirarla, estupefacta—. Tienes que contármelo todo, sin falta.

—Os dejamos un momento a solas —se excusó Romily con una sonrisa felina. Hizo un leve gesto con la cabeza para despedirse, y Vivienne y Harmony la siguieron de inmediato. Annie no pudo ignorar la sensación de que Romily obedecía una orden silenciosa.

—No es nada fácil conseguir un papel así en Selcouth, Annie. Como siempre, no dejas de superarte. Y no podría estar más orgullosa de ti.

El corazón de Annie dio un vuelco. Era todo lo que siempre había anhelado oír: que lo había hecho bien, que había hecho justo lo que se esperaba de ella y que alguien estaba orgulloso por eso.

—Siempre fuiste como una segunda hija para mí. Y no sé tú, pero tengo la impresión de que ese precioso vestido tuyo estaría aún más espectacular con un broche de Medialuna como complemento. Es justo que te devolvamos el favor por todo tu esfuerzo.

Annie contuvo el aliento. Iba a suceder de verdad.

Sin embargo, nada de aquello tenía sentido.

Había luchado y se había desvivido por ese momento toda su vida, desde que su padre había echado por tierra esa posibilidad, pero nada había funcionado hasta el momento.

Hasta que había tenido que hacerle ese favor inesperado al aquelarre y a la niña.

—Estoy encantada, Glory, de verdad. Pero no tengo muy claro qué he hecho para merecerlo.

—Por lo que he oído, parece que has detectado un pequeño contratiempo que debemos examinar más de cerca. ¿Una jovencita de origen incierto que convendría investigar?

El mundo dejó de girar. Era como si el cielo se hubiera derrumbado y la tierra se alzara para alcanzarlo, una sensación de claustrofobia que anclaba a Annie al sitio como pegamento.

El pánico le subía por la garganta y la asfixiaba.

Ese repentino interés por Maeve desde todos los flancos… Algo no iba bien.

—Bueno, no pongas esa cara de sorpresa, Andrómeda. A estas alturas ya deberías saber que no hay secretos para los herederos de hechizos.

—¿Qué queréis de ella? —se atrevió a preguntar Annie en un susurro ahogado. Todo lo demás se había vuelto borroso en su visión, como una mancha a su alrededor. Pensaba que había mantenido el talento de Maeve oculto ante el aquelarre y la Sortiedad.

—No hay necesidad de que suene tan siniestro, cielo.

—Yo… me temo que no puedo ayudarte, Glory. —Annie hizo todo lo posible por mantener la compostura—. No sé dónde la ha llevado el aquelarre. Dondequiera que esté, estará a salvo y protegida, al igual que su magia. Ahora todo está bajo control.

Glory resopló con desdén.

—Tienes mucha fe en un aquelarre que no deja de demostrar ser del todo inútil.

No te preocupes, tenemos nuestros métodos para localizar a quien necesitemos.

Estoy deseando conocerla; es una niñita de lo más intrigante.

Mis fuentes sospechan que podría resultarnos muy útil, si le interesara hablar con nosotras.

Y si no…, bueno… —Glory esbozó una mueca.

Annie hizo todo lo posible por mantener la calma, aunque sentía como si la tormenta que se cernía fuera ya empezara a gestarse también bajo su piel. Soltó una risa ahogada con una sonrisa forzada para restarle importancia a Maeve tanto como pudiera delante de Glory.

—No es lo que piensas.

Como solía hacer, Glory alargó una mano con dulzura para sostener el rostro de Annie, algo que la chica siempre había sentido como un gesto de afecto delicado y cariñoso hacia una «segunda hija», dadas las circunstancias.

Pero esa vez fue distinto. Movió la cara de Annie de un lado a otro para orientarla hacia la luz, como si examinara un jarrón desconchado y estropeado para decidir a qué precio rebajarlo. De repente, dejó caer la mano.

—¿Es necesario que te recuerde, Andrómeda, lo…

precaria que es tu situación? —amenazó Glory—.

La pobre Romily y yo hemos hecho una gran excepción por ti, para evitar que te echaran y te olvidaran por completo.

No ha sido fácil mantener tu posición. Y espero, si eres la chica que creo que eres, que lo entiendas.

Nos lo debes, Annie. Y harás lo que se te pida a cambio.

Annie miró detrás de Glory y se dio cuenta de que el estrecho círculo de Emisarios observaba su conversación con gran interés. Tragó saliva y se esforzó por ponerle fin. No podía procesar la realidad con Glory tan pegada a ella.

—No sé quiénes son tus fuentes, Glory, pero creo que quizá estén equivocadas. Es solo una niña —rio Annie.

Los penetrantes ojos azul violáceo del rostro de Glory atravesaron a Annie con la mirada. La sorprendió sentir una repentina oleada de furia tan palpable que parecía atravesar cualquier barrera contenida con sumo cuidado.

—No es solo una niña.

Sin despedirse, Glory dejó a Annie allí plantada, sola.

Aturdida por la marcha de una presencia tan poderosa, la chica se sintió de repente mareada, como si necesitara algo a lo que agarrarse.

—¿Qué tal si probamos algunos de esos postres? —intervino Harmony al reaparecer al lado de Annie—. Sé que se supone que estoy a dieta, pero es Samhain… Annie, esos profiteroles que has enviado de tu panadería tienen una pinta estupenda, de verdad.

—Luego, Harm. Necesito… —Annie estaba conmocionada. No podía pensar con claridad, no podía oír sus propios pensamientos. Se sentía insegura, perdida. Se llevó la mano a la frente; trataba de evitar tambalearse. ¿Estaba Maeve en peligro? ¿Lo estaba ella?

La presión le oprimía las sienes. Si pudiera averiguar cuál era el próximo paso a dar…

—En realidad, ¿te importa si nos sentamos? —intervino Harmony, con un aspecto algo agotado bajo la luz fantasmal del salón de baile—. Demasiado ponche.

Fue un alivio oportuno.

—Por supuesto, de todas formas, necesito un poco de aire —asintió Annie, aturdida mientras guiaba a Harmony hasta el borde del salón de baile y la sentaba en una silla.