Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 23. El baile de Samhain #2
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Capítulo 23. El baile de Samhain #2

El teatro se había convertido en un gran salón de baile donde cada detalle rebosaba riqueza, desde los techos altos hasta las paredes adornadas con tapices que representaban a las seis familias al frente de la Sortiedad.

La bola de espejos lucía una corona, con esferas de luz que se reflejaban sobre el suelo pulido de obsidiana.

El negro relucía con un movimiento sinuoso, como un lago en la noche, lleno de símbolos, sombras y figuras sin rostro que resplandecían tenues bajo la superficie.

Las mesas estaban adornadas con manteles de terciopelo a juego con las cortinas que velaban los ventanales, los cuales enmarcaban la silueta del parque, que apenas se divisaba a través de la tormenta que por fin había estallado.

La única luz provenía de la luna, un doblón de plata en el cielo, circular y perfecta con su brillo nacarado.

Su luz se enredaba en frágiles decoraciones de telarañas fantasmales, tejidas como hilo de plata y suspendidas de los altos techos.

En un rincón del salón, una orquesta de músicos espectrales tocaba frente a una imponente pared de espejos, lo que creaba la sensación de que el espacio era infinito, como si Annie pudiera no marcharse nunca, como si pudieran retenerla allí para siempre.

Romily, Vivienne y Harmony estaban en pleno centro del bullicio; disfrutaban de sus copas, pero sobre todo del grupo de hechiceros que parecía gravitar a su alrededor como si tuvieran su propia órbita.

Annie se abrió paso entre la multitud con cuidado, dejando a su paso una estela de besos al aire sobre las mejillas de los herederos de hechizos.

—Siento mucho llegar tarde —se disculpó con voz entrecortada, a la vez que se alisaba la falda y se colocaba a su lado. Las tres se tomaron su tiempo para examinarla en silencio de la cabeza a los pies antes de intercambiar miradas cargadas de intención.

Los ojos de Romily recorrieron el vestido de Annie.

—¿Qué es esto? —Su rostro, por lo general sereno, se veía inusualmente tenso, como si estuviera esforzándose por mantener sus facciones bajo control—. Se suponía que tenías que ir de rosa.

—¡Es rosa! —contradijo Annie, y dio una pequeña vuelta, algo cohibida, para comprobar que el color había quedado como quería—. Claro que es rosa. Un poco diferente, pero… —vaciló—. ¿No os gusta?

—Supongo que está bien —respondió Romily con tono seco—. Si te gusta ese tipo de cosas.

—Quizá sea algo excesivo —reflexionó Annie; de repente deseaba haber optado por algo menos llamativo. Otra decisión equivocada que sumar al resto. Cruzó los brazos sobre el cuerpo, como si ese gesto pudiera hacerla retroceder, desaparecer hacia otro lugar.

—¿Desde cuándo no damos el visto bueno a los vestidos de las demás antes de un baile? —le preguntó Harmony a Vivienne; quizá con la intención de que fuera un comentario privado, pero sin bajar el volumen ni un ápice.

—Por lo visto, la señorita Andrómeda se siente un poco más segura de sus propias decisiones estos días. —Los ojos de Vivienne brillaban a la luz de las velas—. Vaya, vaya… Las cosas han cambiado mucho mientras estabas fuera, ¿no?

Annie no estaba segura de cómo responder a eso. Se colocó el pelo tras las orejas, con una sonrisa de disculpa.

—No sé en qué estaba pensando. Lo siento. Todo ha sido un poco caótico desde que volví. No soy del todo yo misma.

—Ya nos hemos dado cuenta —espetó Romily, mientras hacía girar el tallo de la copa entre los dedos.

—Estáis espectaculares —dijo Annie, de forma atropellada para desviar el foco de atención. Era increíble lo rápido que la habían puesto en su lugar aquellas tres. Había vuelto a su papel como si de un guion aprendido de memoria se tratase.

—Para sorpresa de nadie —se mofó Vivienne, mientras desviaba la atención para observar la sala—. Es un Vespertine vintage —añadió con aire despreocupado, sin siquiera mirarlas.

Annie contuvo el aliento, consciente del valor de una pieza así.

Fascinada, tuvo que contenerse para no alargar la mano y tocar la seda suave como mantequilla que se ceñía a la figura de Vivienne y caía a su alrededor como chocolate fundido.

Unas pequeñas mangas con remate ondeaban sobre sus hombros, unidas por un hilo casi imperceptible del que pendía una hilera de diamantes negros.

Lo había combinado con un brazalete en forma de serpiente que se deslizaba por su brazo derecho, con una lengua de víbora que parpadeaba con un rubí brillante antes de descender de nuevo hacia su muñeca.

—Exquisito —se maravilló Annie, con una admiración imposible de disimular, y Vivienne pareció aplacarse de forma momentánea con el cumplido.

—¿Y el mío? —intervino Harmony mientras se abría paso hacia delante.

Vivienne y Romily se miraron, y la primera se desplazó al otro lado del círculo para que pudieran cuchichear.

Era el único momento en el que Annie sentía siempre una afinidad sincera con Harmony: cuando quedaba claro que había clases incluso dentro de las Cuatro de la Fortuna.

—Un poco más refinado que el tuyo, Annie, ¿no? Mucho más elegante —se jactó Harmony, antes de darse cuenta de que quizá había ido demasiado lejos—. No es que el tuyo no sea precioso también.

La afinidad estalló como una burbuja.

Annie se detuvo un momento a admirar el vestido de Harmony, un conjunto espectacular que poseía toda la grandiosidad del de Vivienne, pero no su naturalidad.

Sin duda también era caro; la combinación de seda naranja, que caía en una falda larga con volante hasta el suelo, y el forro de encaje negro brillante debajo era un poco…

de Halloween. Aun así, el corpiño tipo corsé era impresionante, al igual que los guantes de ópera y los enormes pendientes.

Annie pudo ver que, en cierto modo, Harmony se esforzaba tanto como ella por defender su posición.

—Es precioso, Harm.

La aludida pareció encantada con la valoración de Annie y enseguida se enganchó a su antebrazo en señal de aprobación, apoyada en su hombro como si fueran almas gemelas.

—¿Dónde está Ruby? —preguntó Annie, mientras la buscaba con la mirada por la sala—. Creía que vendría esta noche.

Aunque en realidad solo había sentido determinación por impresionar a las Cuatro de la Fortuna y afianzar su favor, lo cierto era que tenía ganas de ver a Ruby, sin más. Vivienne resopló y Annie frunció el ceño.

—¿Me he perdido algo?

—Con un poco de suerte, no volveremos a verla por aquí. Esa bruja lleva zuecos, por todos los astros. No pueden verme cerca de unos zuecos —se quejó Vivienne antes de apurar su bebida, con un tono tan venenoso que habría quemado el suelo bajo sus pies de haber caído una sola gota.

—Espera, ¿qué quieres de…? —Antes de que Annie pudiera terminar, sin entender a qué se refería exactamente Vivienne, Romily la interrumpió:

—Vaya si te estás perdiendo algo, cariño. ¿Qué te parece mi vestido? —preguntó Romily con una sonrisa imperturbable, y levantó la cola de su capa para asegurarse de que captara la luz en el momento justo.

Siempre era la mejor vestida del grupo, pero aquella noche se había superado.

El vestido, de un tono champán pálido, estaba cubierto de delicados destellos, con un diseño de hojas y zarcillos que se enroscaba alrededor del cuerpo y un escote de vértigo.

Era atrevido, ajustado y lo completaba una capa translúcida color crema que caía desde los hombros hasta el suelo.

Tenía algo casi nupcial, como si fuera a casarse con la magia misma.

—Rom, es increíble. La reina del baile.

—Lo sé —se jactó Romily con una risita, acompañada de un guiño a Annie tan entrañable y sincero que a su amiga le dieron ganas de atraparlo y guardárselo.

Aquel era, sin duda, su lugar: junto a estas chicas que la habían acogido hacía tanto tiempo y le habían mostrado el camino. Ese era el mundo al que estaba destinada. Cuanto antes lo aceptara y aprendiera a vivir con ello de la mejor manera posible, mejor para todos los que la rodeaban.

Había una cosa que haría que todo fuera más fácil de retomar, que acallaría ese anhelo punzante de algo superior que sentía en el pecho.

Harmony le hizo una seña para que se acercara y le apartó el pelo antes de inclinarse hacia ella.

—Tengo un secreto —susurró emocionada con un hipido tras beber otra copa de ponche.

—Harm, acordamos no decírselo. No queremos que su reacción sea rara —le recordó Vivienne para regañar con suavidad a su amiga, que no sabía guardar un secreto.

—¿Decirme qué?

—Mi madre tiene que hacerte una pregunta muy importante. Le diré que ya estás aquí —le informó Romily con un guiño mientras se alejaba.

—Eres la comidilla de la Sortiedad, Annie —dijo Vivienne con complicidad, con esa voz de clase alta que delataba que manejaba información privilegiada.

Señaló con la copa teñida de negro hacia un círculo cerrado de brujas y hechiceros; la serpiente dorada se deslizaba hacia su mano mientras se movía.

Annie se percató de que se trataba de una reunión de los Emisarios, los miembros más importantes de la Sortiedad, entre ellos Glory Whitlock.

Se turnaban entre sí para observarla. Hablaban de ella.

Annie tragó saliva con dificultad. Era lo que tanto había esperado.

Despertó algo en su interior, aunque no sabía decir si inquietud o felicidad.

Fue más bien un golpe en el estómago que una caricia.

El recordatorio de la presión por consolidar el hecho de que de verdad pertenecía a ese lugar, de que se había ganado su sitio, era algo monstruoso.

Se aferraba a ella, hacía que su vestido pesara diez veces más, como si necesitara apartarse el pelo de la nuca.

Tenía que estar perfecta esa noche. Para que la aceptaran de una vez por todas, para que todo valiera la pena.

La atracción hacia el Splendidus Infernum crecía a cada momento y le envolvía los brazos con dedos fríos.

Quizá era imposible existir en el mundo sin el hechizo.