Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 23. El baile de Samhain
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Capítulo 23. El baile de Samhain

EL BAILE DE SAMHAIN

L a noche antes de Halloween se cernió sobre Londres, oscura y misteriosa, como un nubarrón cargado de tormenta. El aire parecía impregnado de magia.

Annie siempre había considerado su casa un santuario.

Pero ahora que conocía una alternativa, que había experimentado cómo podía y debía sentirse un hogar de verdad, apenas soportaba estar allí.

El silencio y el aire estancado, que no había sido exhalado por pulmones llenos de amor, parecían rebotar contra las paredes para desestabilizarla.

Karma se enredaba entre sus tobillos, de un lado a otro, como para recordarle que no estaba sola.

De vuelta en su baño, Annie se aferraba a la colorida colección de frascos que tintineaban; hacía malabares con cada ingrediente y los sostenía a distancia, como si no estuviera segura de poder confiar en ellos otra vez.

¿De verdad había sido tan mala su vida antes, cuando el hechizo marcaba el camino?

Desde luego, no había resultado más fácil sin el control del Splendidus Infernum para dirigirla.

De hecho, su vida se había vuelto mucho más difícil desde que había regresado de la Cabaña Arden; la desgarraba en más direcciones de las que podía contar.

Annie dio un paso cauteloso hacia la bañera a medio llenar; de ella se elevaba el vapor en volutas y espirales que empezaban a arrullar su mente de forma tentadora.

Cumplir las expectativas era lo más sencillo, en muchos sentidos.

La empujaba sin cesar, con un dedo acusador y señalador, pero hacia delante.

¿Acaso había sido tan difícil vivir una vida junto a esos susurros de dolor y arrepentimiento?

Siempre había logrado soportarlo todo; nunca se había derrumbado.

Quizá había sido exagerada al considerarlo tan agotador.

Pero la voz de Maeve persistía como un eco, una y otra vez, esa voz tan molesta con la que le encantaba regañarla: «Es tu vida y permites que la gente te haga sentir infeliz».

Los frascos chocaron contra el suelo con estrépito. Los charcos de poción se extendieron por las baldosas, mientras los polvos de hierbas trituradas y fragmentos de pétalos caían a sus pies. El influjo de las voces embrujadas que acompañaban al hechizo empezó a desvanecerse en la distancia.

—No, Annie —se dijo con firmeza.

Le debía a Maeve al menos eso: dejar que su propia alegría importara, ver hacia dónde la llevaba el corazón. Debía intentarlo por el camino difícil un poco más.

Si no iba a recurrir al hechizo esa noche, al menos eso le daba un poco más de tiempo para pensar en el vestido que se pondría para el baile.

Tenía que acertar de pleno y, sin la ayuda del hechizo, tuvo que aferrarse a la esperanza de que su propia magia natural fuera suficiente.

Annie dejó el desastre por recoger para más tarde (aunque cerró la puerta del baño para evitar que unas patitas curiosas se pasearan por los charcos) y se sentó, en pijama, con cierta inseguridad ante su mesa de costura.

Frunció el ceño. Lo normal hubiera sido que el Splendidus Infernum actuase por su cuenta en estas situaciones, que surgiese desde su interior.

Le tiraría de los brazos como si fueran hilos de marioneta, subiéndolos y bajándolos sin necesidad de pensar, hasta crear la combinación perfecta de ropa y accesorios.

Annie tamborileó con los dedos sobre los muslos.

¿Qué quería permitir que hiciera su magia?

Silencio, salvo por el segundero del reloj de la repisa, que sonaba con una fuerza imposible.

Por una vez, sin verse atormentada a medianoche por los sentimientos y pensamientos de los demás, podía oír su propia respiración.

Su propio pulso. Su propio fuego. Apenas se atrevía a respirar, pero entonces Annie sintió un impulso que le resultó familiar: la necesidad de crear, de dejar que su magia fluyera y floreciera.

Antes de que pudiera dudar de sí misma, puso en marcha su fiel máquina de coser.

Metros y metros de tela caían a su alrededor como si estuviera atrapada en un ciclón de tul.

Los carretes de hilo volaban y las cintas se desplegaban como helechos para bailar y revolotear por su espacio de trabajo.

De vez en cuando, Karma perdía toda dignidad y se abalanzaba sobre ellos con contoneos del trasero y las orejas inquietas, todavía sin recuperar su tamaño normal.

Sus patas aterrizaban sin ceremonia, con un pequeño maullido, pero Annie apenas le dedicaba una breve caricia de felicitación.

Estaba absorta en un torbellino de concentración: disfrutaba de ver cómo su propia magia, su propio talento, daba vida a una creación que hasta entonces solo había imaginado.

Un pensamiento se le cruzó mientras cosía la tela en ondas y pliegues.

¿Había tenido el Splendidus Infernum tanto poder sobre ella como siempre había creído?

¿Cuántos elementos de su personalidad perfeccionada hasta el último detalle eran, en realidad, suyos de verdad?

Consideró la posibilidad de que, en ocasiones, su creatividad hubiera sobrepasado al hechizo y hubiera tomado las riendas por sí misma con la confianza y seguridad de que alguna otra fuerza podría reconducirla si algo salía mal.

¿Había sido así todo el tiempo? ¿Podría parte de su yo perfecto haber sido real y auténtico?

La magia le recorría las yemas de los dedos con un leve cosquilleo ante aquella idea tan tentadora.

Horas más tarde, tras pasar por última vez la delicada tela bajo el pie de la máquina de coser, Annie se recostó contra el respaldo de su silla, como si despertara de un sueño.

Sostuvo el vestido frente a ella entre pulgares e índices, como si hubiera aparecido por arte de magia, enviado desde algún otro lugar.

—¿Qué te parece? —Annie se mordía el interior de la mejilla—. ¿Será suficiente para el baile de Samhain? Esas brujas no se andan con tonterías en esta época del año.

Karma saltó a su regazo con un tintineo del cascabel y apoyó las patas con delicadeza sobre los muslos de Annie.

Miró el vestido y ladeó la cabecita hacia un lado, pensativa.

Tras un par de segundos de reflexión, volvió a lamerse la parte superior de la pata izquierda y a ahuecarse el pelaje tras las orejas.

—Tienes razón. Le falta algo.

Con un leve giro de muñeca, Annie añadió lo que intuía que podría ser el toque final.

Había perdido su chispa; la había dejado atrás en la cabaña, entre las flores silvestres y la hierba alta.

Necesitaba un recordatorio de que, tal vez, algún día volvería a ella.

Una fina capa de su magia cubrió el vestido de arriba abajo, que dejaba un destello de luz estelar cada vez que la tela se movía.

Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

Según la experiencia de Annie, pocas cosas podían animarla tanto como estrenar un vestido.

Era cierto que, en ese momento, su ánimo parecía haberse quedado atrapado en algún lugar cercano al inframundo, pero aquel era un vestido especial, capaz de obrar un pequeño milagro.

Las capas de tul delicado se deslizaban sobre su piel y flotaban alrededor de su figura, para caer en suaves pliegues hasta el suelo.

Era, por supuesto, de un tono rosa pálido que le sentaba perfecto, pero se difuminaba en la cintura y a lo largo de las mangas en una mezcla de plata salpicada de azul marino.

Annie sabía que su corazón había buscado el recuerdo del amanecer que florecía sobre el bosque cada mañana en la Cabaña Arden.

Desde la parte superior del vestido, que rozaba sus hombros de forma sutil, un ribete de flores silvestres, tallos rastreros y estrellas estaba bordado con su magia, lo que daba vida propia al conjunto.

Se echó el pelo tras los hombros y decidió que el resto del conjunto sería discreto. Todo lo discreto que pudiera llegar a ser con un vestido maravilloso y mágico, claro. Era un vestido que hablaría por sí solo, y Annie conocía las reglas de la moda mejor que nadie… con hechizo o sin él.

Los escalones del auditorio del teatro Tempestad estaban salpicados de restos de hojas arrastradas por la tormenta que se avecinaba, pero Annie se permitió disfrutar de su momento de princesa en la gran escalinata.

Bajar con aquel vestido era una tentación demasiado irresistible como para ignorarla.

Se tomó su tiempo y descendió despacio, a la vez que deslizaba la mano por la barandilla de latón.

A pesar de los nervios que le burbujeaban en el estómago y del peso de la inquietud que le oprimía el pecho antes de cada reunión de la Sortiedad, por un instante se permitió olvidarlos. Como siempre, apenas pudo contener la risita nerviosa que se le escapó.

Ya en el escenario, mientras la bola de espejos giraba sobre su cabeza, Annie rozó con los dedos las teclas de marfil del piano de cola. La melodía tintineó bajo su piel, y atravesó la densa atmósfera hasta posarse sobre las butacas del teatro como otra capa de polvo y alas de polilla.

La transformación fue, como siempre, a cámara lenta a la vez que instantánea; la magia que se extendía por el teatro parecía doblar el tiempo a su antojo y traer consigo una marea de encantamientos.

Con ese familiar giro de las butacas y los destellos de plata sobre el escenario, el teatro Tempestad se sacudió el sueño y reveló, una vez más, su esencia más auténtica y majestuosa.

Las noches de gala eran dignas de contemplar incluso para las brujas, hechiceros o gente mágica que ya se habían acostumbrado al esplendor habitual del teatro. Esa noche, para celebrar la llegada de Halloween y el cambio de estación, su belleza resultaba cegadora.