Capítulo 22. Dulce hogar #3
—Sin ofender, cariño, pero en realidad no nos importa tanto el último proyecto caritativo del aquelarre. Solo queríamos escuchar todo lo que has hecho este tiempo y felicitarte por tus logros. Somos tus mejores amigas, ¿recuerdas? —añadió, con una sonrisa que hizo que Annie se ablandara.
—No tenemos por qué hablar de ella si no quieres —la tranquilizó Harmony.
—Desde luego. Como no hablemos pronto de algo más interesante, voy a acabar asfixiándome con uno de estos scones de queso. Y ya sabes cómo me pongo con los lácteos —bromeó Vivienne.
Annie se obligó a calmarse. Estaba exagerando.
Estaba agotada. El instinto protector que había desarrollado hacia Maeve se le había ido de las manos, incluso cuando la chica estaba a kilómetros de distancia.
Ya no le correspondía cuidar de ella. Annie sospechaba que haber abandonado el hechizo empezaba a descontrolar sus instintos.
Estaba haciendo casi lo contrario de todo lo que solía hacer: ponerla a prueba, fastidiarla, empujarla a volver a preparar una última pócima.
—¿Qué me he perdido? Oh, perdona, hazme un hueco, ¿quieres, amiga?
—Ruby se apretujó al lado de Vivienne en el ventanal, con lo que se ganó una mirada de puro odio—.
Annie, ¡tengo muchísimas ganas de que nos cuentes todo sobre tu tiempo fuera!
He estado charlando con tus compañeras, ¡son geniales!
Y esto… ¿lo has hecho tú? Me acabas de cambiar la vida —preguntó, con un cupcake de arce y nuez pecana coronado con trocitos de pretzel crujientes y salados en la mano.
—Cuando termines de abrirte paso a codazos por la mesa… —le soltó Vivienne a Ruby entre dientes.
—Estábamos a punto de darle a Annie la gran noticia —intervino Romily, algo más amable, aunque con un brillo afilado en la mirada.
—¡Oh! ¡Qué bien! Perdona, Viv, culpa mía. Tú vendrás, Annie, ¿verdad? Sé que no eres de las que dejan pasar una excusa para arreglarse —sonrió Ruby.
—Perdona —Annie sacudió la cabeza, algo desconcertada—. ¿Ir adónde?
—¡Al baile de Samhain! —chilló Harmony.
—Oh —musitó Annie. Con todo lo que había pasado, se había olvidado por completo de uno de los eventos de Halloween más importantes del calendario de la Sortiedad para dar la bienvenida al comienzo del invierno—. No estoy segura de estar invitada.
—Annie, no seas tan modesta. Por supuesto que estás invitada. Mamá me preguntó si tú en particular estarías allí —dijo Romily—. Finge que no te lo he dicho, pero puede que haya escuchado, o no, el rumor de que tu estatus de Medialuna forma parte de la celebración.
Harmony soltó un chillido y apretó la mano de Annie. Incluso Vivienne parecía complacida por la noticia. Ruby puso una especie de mueca pensativa, como si sopesase la revelación.
Annie estaba tan sorprendida que no lograba encontrar las palabras.
Una invitación a un baile de la Sortiedad, el más importante del año, nada menos que de Glory Whitlock, la Emisaria Suprema.
Y, por fin, la membresía de pleno derecho que siempre había anhelado.
Por fin había hecho lo suficiente para complacerlas. Por fin era lo bastante buena.
—Tienes que venir —continuó Romily con ese mismo tono entusiasta y alentador, poco habitual en ella—.
Será divertido. Bueno, no será tan divertido.
Pero mamá se ha propuesto que este año primen los lujos por encima de todo, sin reparar en gastos, así que por lo menos el teatro Tempestad estará en todo su esplendor y podremos ponernos unos vestidos espectaculares.
—Estaremos más guapas que ninguna, y eso siempre es agradable —intervino Harmony.
—Y, pase lo que pase, no faltará la bebida —añadió Vivienne.
—Sí, vamos, Annie. Tienes que venir —animó Ruby, mientras se sacudía las migas del cupcake de los dedos sin darse cuenta de que caían derechas dentro del bolso de Harmony—. Tengo unos pasos de baile alucinantes que hay que ver para creer.
Annie sonrió, conmovida de nuevo por la forma en que de verdad parecían haberla echado de menos.
Volver a su antigua vida le había parecido un desgarro en el universo: incómodo y lleno de aristas.
Pero eso tenía que ser la prueba de que había tomado la decisión correcta.
Poco a poco, todo encajaba como debía. Tenía que dejar de cuestionárselo.
—Me encantaría ir.
Nunca la habían incluido de forma tan activa; no de verdad, no desde que su padre cometió esos errores.
A lo largo de los años, incluso con el hechizo para aplacar sus sentimientos, siempre había sido ella la que tiraba del borde de la capa de Romily; la que negociaba y se comprometía a cosas para colarse en sus planes a cambio de lo que pudiera ofrecerles.
Pero aquí estaba, invitada al baile de Samhain con sus mejores amigas.
Como en los viejos tiempos. La perspectiva le provocó la misma emoción sagrada que había sentido a los quince años.
Las viejas costumbres nunca mueren. Su corazón reaccionó del mismo modo, como un animal adiestrado que responde a una llamada.
Tendría que asegurarse de estar lo más perfecta posible.