Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 22. Dulce hogar #2
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Capítulo 22. Dulce hogar #2

—Ni se me ocurriría —asintió Vivienne con una sonrisa serena.

Mientras Ruby charlaba con Faye y Pari, las Cuatro de la Fortuna se acomodaron junto a la ventana con elegancia y aplomo; Romily susurró algo al sentarse que hizo que Vivienne resoplara y Harmony soltara una carcajada.

Aunque se sentía cohibida y, por alguna razón, segura de que el comentario había sido sobre ella o sobre su pastelería, Annie tuvo que admitir que estaban hermosas mientras el sol de la tarde entraba y las bañaba con la luz dorada del atardecer.

Uno de los muchos trucos que Romily guardaba bajo la manga era un hechizo para encontrar siempre la iluminación más favorecedora allá donde fueran.

La visión de su resplandor volvió a despertar en Annie ese gusanillo: el anhelo de regresar a lo de antes, de volver a ser perfecta.

Lo bastante como para encajar entre ellas.

—Cuéntanoslo todo, entonces —pidió Romily con voz melosa, sin apartar la mirada de Annie mientras sorbía de la delicada taza de porcelana (Annie les había sacado lo mejor de su colección vintage ).

Su amiga sintió que se le arqueaban las cejas por sí solas ante la realidad de que Romily Whitlock le estuviera haciendo otra pregunta sincera sobre su vida y su paradero que no implicaba ningún tipo de cotilleo.

Sonrió, sorprendida y conmovida. De vez en cuando, Romily dejaba entrever destellos de la persona que había sido, aquella con la que Annie había crecido.

Resultaba emocionante y reconfortante, como redescubrir un juguete favorito que creías perdido.

—Fue… —Annie se esforzó por encontrar las palabras que no hicieran que las chicas chillaran entre juicios y risas—.

Maravilloso. Gratificante. Estuve cuidando a una adolescente, ya sabéis…

, que tenía problemas para refrenar su… «confianza» —explicó, antes de articular en silencio la palabra «magia» para una Harmony algo desconcertada.

Recibió un prolongado «aaaah» como respuesta.

—Vaya, mírate. ¿Deberíamos haber traído una manzana para la profesora? —bromeó Vivienne con sequedad, mientras añadía una cucharada de edulcorante a su taza.

—¿Cómo era la chica? ¿Una auténtica pesadilla? Seguro que una brujilla de cuidado. —Harmony sujetaba el antebrazo de Annie sobre la mesa con una simpatía desbordante.

—¿Qué? —Annie se echó a reír para contener el repentino impulso de defender a Maeve—. Para nada. A ver, no es la niña más fácil del mundo, pero nunca he conocido a nadie con un corazón de oro tan grande. Bueno…, quizá solo a las dos chicas con las que trabajo aquí.

—¿Ah, sí? ¿Y nosotras qué somos? ¿Belladona podrida? ¿Hígado de tritón en escabeche? —se quejó Romily, ofendida.

—Y vosotras tres, por supuesto. Eso ni hace falta decirlo —contestó Annie con una sonrisa. Sintió cómo su paciencia se tensaba de una forma extraña, incómoda.

—¿Y qué tal su magia? ¿Lograste mantenerla bajo control? —preguntó Vivienne.

—Hicimos grandes progresos. Tiene talento y es muy lista.

No tardamos mucho en darnos cuenta de que cualquier cosa creativa parecía hacer que su magia floreciera, así que realizamos todo tipo de actividades para combinar el arte con su magia.

Es una chica muy especial. —Annie se dejó llevar por los recuerdos de aquellos días felices antes de poder contenerse, como solía hacer cuando estaba con ellas.

Tan pronto hubo compartido aquello, se arrepintió.

—Una «chica especial», ¿eh? Cualquiera pensaría que de verdad te lo pasaste bien, recluida con una espantosa adolescente sin modales ni dinero.

A Annie le dolió el comentario y, para distraerse, volvió a doblar la servilleta sobre su regazo.

—La verdad es que sí, Viv. Creo que al final consiguió enseñarme mucho más de lo que yo le enseñé a ella.

—¿Como qué? ¿A preparar fideos instantáneos y a aplicarte demasiado eyeliner ?

—Era bastante extraordinaria. —Annie quería defender a Maeve de sus duros prejuicios. El juicio de las chicas le dolía aún más sin el hechizo que suavizara sus respuestas.

—Sí, sí, muy especial. Maravillosa. Un encanto, según dices. ¿Y dónde está ahora? —preguntó Vivienne con rapidez—. ¿Han encontrado a alguien más a quien encasquetarle a la pequeña Maeve?

Annie abrió la boca para responder, pero la cerró de nuevo, al tropezar con un pensamiento desagradable y molesto. Un pensamiento que hizo que se le tensaran los hombros y que su sangre pareciera dejar de circular.

—Yo… —tragó saliva con dificultad—. Creo que no he mencionado su nombre.

Los ojos de Vivienne brillaron, pero solo por una fracción de segundo.

—Ha sido suerte. —Se encogió de hombros con precisión.

—Oímos cómo la mencionaban en el primer simposio, después de que aceptaras el puesto —explicó Romily veloz, en nombre de Vivienne—. No puedes pretender que una joven bruja cause un pequeño desastre en el colegio y que eso no acabe siendo noticia de primera plana en el club, Annie.

—Pero no es asunto de nadie. Quizá del aquelarre, a lo sumo, pero…

—La Sortiedad siempre se entera de los asuntos mágicos. Ya lo sabes.

Annie se sintió reprendida, un poco tonta. Por supuesto que lo sabía.

—Claro. Es verdad.

—¿Su magia era tan extraordinaria como todos dicen?

—apremió Harmony, con la voz un poco ronca.

Annie dejó que el momento se alargara en el aire por un segundo.

Esa pequeña pausa fue todo lo que necesitó para darse cuenta de que las tres chicas estaban, por una vez, pendientes de cada una de sus palabras. Algo no iba bien.

—¿Solo habéis venido para preguntar por Maeve? —preguntó, insegura.

Romily se rio.