Capítulo 22. Dulce hogar
DULCE HOGAR
C eleste estaba tal y como la había dejado, lo que llenó el corazón de Annie de una mezcla de consuelo y desasosiego aquella mañana.
Un resplandor amelocotonado se extendió por el suelo de la pastelería mientras el amanecer se esparcía como una yema de huevo líquida.
Agradecía tener, al menos, una rutina familiar en la que volcarse de inmediato.
Nada la ayudaría a asimilar mejor su regreso que retomarla, sin dejar espacio para pensar en todo lo que había dejado atrás.
Todo parecía inmaculado y precioso, como siempre.
Las mesas y los mostradores estaban impecables; los apliques y la cafetera, relucientes; las ventanas y las pizarras, cubiertas con las ilustraciones de Pari.
La decoración de Halloween también estaba en pleno apogeo, con un aire acogedor y nostálgico.
Annie se abrazó a sí misma, como si su cuerpo necesitara sentir algo firme y estable, aferrarse a algo sólido antes de desaparecer por completo.
En ese momento, Celeste estaba ligada de forma intrínseca a emociones intensas que le aceleraban el corazón.
Aquello implicaba una presión que no había querido atraer, más plazos de los que nadie debería tener que asumir y unas expectativas tan enormes que solo su magia podía alcanzar.
Lo peor de todo era que Annie sabía, en el fondo de su corazón, que pronto tendría que admitir la derrota y volver a recurrir al Splendidus Infernum para salvarse de sí misma y de los estándares imposibles que se había impuesto.
Annie tragó saliva para aliviar el nudo en la garganta y comenzó a lanzar ráfagas de magia hacia sus tareas: encendió los hornos, revivió las rosas marchitas de las mesas y puso a levitar el tamiz para cernir la harina de la mañana.
Se recordó a sí misma que su jaula dorada debía mantener su brillo.
Poco después, el tintineo de la campana de la puerta se esparció por la pastelería como virutas de colores. Annie se echó hacia atrás desde su puesto en el mostrador de la cocina. Pari soltó un chillido y corrió directa hacia ella, a punto de derrapar sobre las baldosas.
—¡Estás aquí! ¡Te hemos echado de menos! —Abrazó a Annie y la apretó con tanta fuerza que esta se quedó sin aliento. Tenía la sensación de que, en cuanto Pari la soltara, se desharía como un azucarillo. Poco después apareció Faye, que dejó caer sus numerosas bolsas al suelo.
—Me alegro de que hayas vuelto —dijo, aunque Annie ya podía percibir la preocupación en su mirada. Eso la hizo ponerse a la defensiva; odiaba saber que alguien la observaba con demasiado detalle.
—Pareces distinta —comentó Pari, mientras jugaba con afecto con la coleta suelta de Annie entre sus dedos.
—Oh, lo sé —confesó Annie con timidez—. Un desastre andante, la verdad.
—¡Para nada, estás guapísima! —la reconfortó Pari con entusiasmo—. Siempre estás guapa. Como nuestro pastelito de coco con chocolate.
Annie se echó a reír; el brillo que siempre irradiaba su amiga le sentaba como un necesario rayo de sol sobre la piel.
—Gracias, cariño. De verdad que os he echado de menos a las dos. ¿Podéis creer cuánto tiempo he estado fuera?
—Me temo que no hay tiempo para cortesías.
El tiempo no espera a nadie y los pasteles tampoco, así que vamos al grano…
hay que hacer un huevo. Lo digo tanto en sentido literal como figurado —gritó Faye mientras le lanzaba un delantal a cada una—.
Annie, no te vas a creer la lista de pedidos que tenemos que sacar esta semana.
Ya puedo sentir el colapso nervioso que emana de ti. ¡Esto va a ser divertido!
Solo bastaron unos segundos para que Annie sintiera cómo la chispa temporal de alegría que le daban sus compañeras desaparecía de nuevo. Ningún Splendidus Infernum flotaba en la boca de su estómago, listo para mantenerla a flote de forma artificial.
—No hace falta que te pongas tan contenta —le espetó Faye, poniendo los ojos en blanco—. Es algo bueno. Es increíble. Celeste está conquistando el mundo, Annie, bocado a bocado. Lo tenemos controlado, no te preocupes.
—Lo sé —dijo Annie con una sonrisa tranquila. Claro que ellas lo tenían todo bajo control; ella, en cambio, no estaba tan segura de poder decir lo mismo de sí misma.
—¿Y qué tal ha ido? —preguntó Faye, mientras encendía la cafetera, se ataba el delantal y se echaba un trapo al hombro—. ¿Te ha dado una paliza la adolescente?
—Solo emocional —dijo Annie con una sonrisa cariñosa—. Fue una superestrella. Me encantó.
—Bueno, eso suena genial —asintió Pari, aunque no parecía muy convencida—. ¿Y cómo te sientes ahora que ha terminado?
Annie se mordió el labio inferior y se preguntó hasta qué punto debía ser sincera.
—Esa es la parte que me está costando procesar.
Sus primeros días de regreso transcurrieron en un torbellino de intentos: intentaba volver a adaptarse, estar presente, recordarse que ese era el lugar donde debía estar y dar lo mejor de sí misma, aunque nunca se hubiera sentido peor.
Annie disfrutaba de estar con Faye y Pari, por supuesto, pero forzar su ánimo para igualar el de ellas le exigía más energía de la que podía reunir.
También sintió un pequeño vuelco de gratitud en el pecho cuando clientes habituales como Joe y Olive la vieron tras el mostrador por primera vez desde hacía semanas.
Se aseguró de dedicar tiempo a que cada uno se sintiera especial, como siempre hacía.
Armada con dulces y pastas personalizadas para todos y cada uno de los clientes, escuchaba sus historias y formulaba las preguntas que sabía que los harían sentirse más ligeros, mientras abría la puerta para que entraran y se pusieran cómodos.
Pero, sin el hechizo, Annie descubrió que necesitaba que le recordaran cosas que antes sabía de memoria.
Los chistes que intentaba contar no siempre surtían efecto, y los silencios incómodos parecían alargarse más de lo que sería normal.
La torpeza social, al fin y al cabo, resultaba ser una sensación horrible.
No era que le importaran menos esos rostros conocidos. Por supuesto que no; Annie siempre se preocuparía mucho por ellos. Solo parecía que tuviera menos de sí misma que dar a cambio, como si su corazón se hubiera quedado atrás. De la fuente que había sido, ya casi no salía agua.
—Si nos hubieras dicho que esto era así de adorable, habríamos venido a visitarte antes.
Los ojos de Annie se abrieron de par en par.
Se dio la vuelta tan rápido que un chorro de glaseado salió disparado de la manga pastelera que estaba usando para dibujar caras en los macarons de chocolate y naranja con forma de calabaza, llenos de optimismo.
A Hal y a Maeve les habrían encantado, pero Annie los apartó de su mente, porque allí estaban Romily y Vivienne, una al lado de la otra, con los brazos entrelazados.
—¡Estáis… estáis aquí! ¿En mi pastelería? —tartamudeó Annie.
—Pues claro, cariño. No nos habríamos perdido tu regreso triunfal, ¿verdad? Te echamos muchísimo de menos —dijo Romily, con un puchero en la cara; después, tomó una de las calabazas que su amiga pintaba y la mordisqueó con delicadeza.
Annie se rio, sorprendida por la calidez del momento.
—No me puedo creer que por fin hayáis venido de visita. ¿Cómo supisteis que había vuelto?
Romily se encogió de hombros con aire despreocupado.
—Una corazonada.
—No hay secretos que se nos escapen —dijo Vivienne—.
No puedo creer que hayas pasado casi todo octubre haciendo voluntariado.
¡Por el universo, búscate una vida, Wildwood!
Podrías haberte ido a algún lugar maravilloso para desconectar e hibernar todo el invierno, en lugar de lamerle el culo al aquelarre incluso más de lo que lo sueles hacer.
—Sonrió con suficiencia, mientras examinaba su imagen en el reflejo de la parte trasera del dispensador de servilletas—.
¿Mucho trabajo, supongo? Tienes un aspecto espantoso.
—¡Harmony! —espetó Romily, y acompañó sus palabras con un chasquido de dedos, como si su amiga fuera un chihuahua al que tuviera que llamar para que volviera a su lado.
Solo entonces Annie se fijó en que Harmony, al entrar, se había distraído con un hombre guapo que se estaba comiendo un sándwich en una esquina.
Entre ellos flotaba una oleada de iridiscencia; el hombre inhalaba chispas de su encanto heredado de sirena sin darse cuenta.
Harmony asomó el labio inferior con gesto compungido y rompió el encantamiento, lo que dejó al hombre sacudiéndose la cabeza como si la tuviera llena de telarañas.
Ruby también se había unido a la visita, pero se había sumido al momento en una animada conversación con Faye sobre la diferencia entre un americano y un café largo.
Al cruzarse sus miradas, le dedicó a Annie una enorme sonrisa y un saludo algo caótico con la mano.
—Hola, Annie. —Harmony sonrió con alegría mientras se acercaba—. ¡Por el universo, tus raíces! ¿Es que has empezado ya a preparar tu disfraz de Halloween? La novia de Frankenstein sería muy divertido.
Annie se llevó una mano al pelo, insegura.
—Sí que pareces un poco desmejorada —dijo Romily con suavidad, mientras le frotaba el brazo con delicadeza—. ¿Qué te pusieron a hacer esas brujas horribles, dondequiera que te tuvieran recluida?
—El populacho del aquelarre tiene tan poco respeto por el cuidado personal… Por suerte, todo el mundo en «ya-sabesdónde» entiende que la imagen lo es todo, en este mundo y en cualquier otro, algo que en Selcouth nunca se molestan en reconocer —criticó Vivienne.
—Es que son todas más feas que Picio, es probable que sea por eso —añadió Harmony con tristeza y sinceridad, como si hablara de una causa benéfica que le partiera el alma.
Annie les dedicó una sonrisa débil, pero le costó casi tanto esbozarla como moldear el duro tofe de melaza con una cuchara para hacer caramelos.
—¿Por qué no os sentáis? La mesa junto a la ventana es el mejor sitio. Os traeré té y algunos dulces. Solo… —bajó la voz para suplicarles—: nada de magia, ¿por favor?