Capítulo 21. Hora de irse
HORA DE IRSE
P arecía que a la Cabaña Arden se le rompía el corazón del mismo modo que a Annie; una lluvia incesante cayó con tanta fuerza desde el amanecer hasta el anochecer en su último día juntos que el golpeteo contra los cristales se transformó en un suspiro constante y doloroso de fondo.
Karma no se separaba del lado de Maeve mientras esta recogía sus cosas, centrada por completo en su maleta a excepción de miradas asesinas puntuales a Annie, de las que ni todas las natillas del mundo serían capaces de salvarla.
Annie se sentía como si la hubieran atrapado dentro de una bola de nieve; como si alguna mano enorme y no deseada hubiera sacudido toda su vida de forma brusca e inesperada, y de repente los fragmentos de esta cayeran a su alrededor a cámara lenta.
Y ella solo podía quedarse allí, en medio de la ventisca, impotente y sin palabras, para observar cómo todo se desvanecía a sus pies.
Lo único que había intentado siempre era hacer lo correcto para los demás.
Pero, de algún modo, eso había acabado por provocar que dos personas muy importantes ya no quisieran hablarle, ambas decepcionadas sin solución aparente y dolidas por unas decisiones que, en teoría, eran las correctas, las que debía tomar. Annie nunca se había sentido peor.
Maeve terminó de hacer la maleta entre el estruendo de cajones que cerraba con furia, ropa metida a la fuerza y, para mayor consternación de Annie, unos cuantos sollozos disimulados que, sin duda, no debería haber escuchado.
Maeve rechazó cualquier tipo de desayuno: dejó intacta una pila de sus tortitas favoritas con pepitas de chocolate, y ni siquiera aceptó un café.
En su lugar, salió un momento de su habitación para preparárselo ella misma, e ignoró todos sus intentos desesperados y edulcorados por tratar de reparar la grieta que se había abierto de manera tan repentina entre ellas.
Como era de esperar, Annie no había pegado ojo, pero esa vez no podía culpar a ningún hechizo retorcido, siniestro y heredado.
Su propia culpa y sus sentimientos enredados y complejos le impedían conciliar el sueño, así como el dolor y el rechazo que Maeve desprendía desde la habitación de abajo, y que se propagaban hacia arriba hasta llegar a su corazón.
Había oído a Hal pisar los tablones del porche mientras salía el sol, mientras ella miraba el techo con los ojos cansados.
Había tenido la esperanza de que él aceptara una taza de café con sirope de arce como ofrenda de paz, tal y como había hecho aquella primera mañana.
Podrían recuperar ese momento y terminar lo que hubiera entre ellos de una forma pacífica y comprensiva.
Pero en cuanto bajó uno de los peldaños que crujían de la escalera y reveló que ella también estaba despierta, Hal se alejó veloz hacia el bosque con el sombrero echado hacia delante.
A lo lejos, oyó el galope de los cascos de Mage.
Hal no quería hablar con ella, ni siquiera quería verla.
Lo más probable es que no volviera a hacerlo nunca más.
Pero ¿qué otra opción tenía? Él la olvidaría pronto. Ambos estaban de acuerdo: no encajaban ni estaban hechos el uno para el otro.
Tras una respuesta apresurada a la carta de Selcouth, para evitar cambiar de opinión, Annie acordó con Morena que, a las tres en punto de la tarde, ni un segundo antes ni después, recogería a Maeve mediante un teletransporte por invocación.
Igual que Annie había traído a Morena semanas atrás, cerca del colegio, la Bruja Sabia se aseguraría de que Maeve y su magia, ya estabilizadas, se teletransportaran de forma instantánea a una nueva casa de acogida predispuesta por el aquelarre.
Annie le explicó el plan con toda la delicadeza de la que fue capaz, pero Maeve se limitó a lanzarle una mirada que la habría matado si hubiera conocido un hechizo asesino adecuado para la ocasión.
Por suerte, Maeve se conformó con apartarla de un empujón con el hombro al marcharse y salir al porche para pasar sus últimas horas en la Cabaña Arden en el columpio, con los ojos vidriosos clavados en el prado y Karma acurrucada con melancolía en su regazo.
Por supuesto, la gata sabía que algo iba muy muy mal; los familiares siempre lo sabían.
La devastadora idea de que apartaran a Maeve de su cuidado y de que tuviera que empezar de cero en otro lugar desconocido fue casi suficiente para que Annie se desmoronara.
Quizá podría provocar que Maeve causara algún tipo de incendio mágico «accidental», lo justo para que con un suspiro dijeran al aquelarre que sería mejor dejar que se quedaran un par de semanas más en la cabaña…
Eso podría mantenerlas unidas un poco más, pero no sería más que retrasar lo inevitable.
Nada tan bonito como eso podía durar. Y lo más probable era que fuera mejor para todos romper esos vínculos hoy mismo, antes de que su extraño y pequeño lazo se hiciera aún más fuerte y doloroso de romper.
De todos modos, ¿quién decía que se había roto para siempre?
Maeve acabaría por entenderlo, tarde o temprano. Aún podrían ser amigas.
En el fondo, por supuesto, Annie sabía que el fiero orgullo de la chica garantizaría que eso nunca sucediera.
Se cruzarían en la Casa Hécate dentro de unos años, cuando ella se hubiera convertido en una joven a la que Annie no reconocería.
Se saludarían con educación desde ambos lados del atrio y las dos intentarían no recordar los momentos que habían compartido en la Cabaña Arden.
Para la chica, no había vuelta atrás después de esa decisión.
Annie logró por fin cerrar las cremalleras de su pila de maletas, que se habían ido acumulando mediante hechizos de invocación a lo largo de las semanas (incluso a la magia le costaba cerrarlas), y lanzó el encantamiento de equipaje sin peso que tanto había impresionado a Maeve en el comedor.
Tras retirarse de la cara de un soplido su pelo revuelto y lacio, que ya no tenía volumen ni vida, sino que estaba recogido a toda prisa con una pinza, se dio cuenta de la hora con un sobresalto.
Faltaban apenas unos minutos para las tres.
Había deseado con todas sus fuerzas que Maeve viniera a despedirse por voluntad propia, que aceptara una tregua para que sus últimos momentos juntas fueran felices.
Pero eso no era muy propio de ella. Todavía le quedaban tantas cosas por decirle antes de separarse para siempre…
Annie bajó corriendo las escaleras de caracol, pero tropezó con sus propios pies y se precipitó por ellas a toda velocidad; se deslizó por los tablones del suelo tan rápido que casi levitó (puede que incluso lo hiciera un poco) antes de salir disparada por la puerta principal.
—Gracias al universo, todavía estás aquí —soltó de golpe.
Tras dejar a Karma en el suelo a regañadientes, Maeve se levantó del columpio.
—No sé por qué. Debería haberme largado anoche.
Las dos brujas se quedaron frente a frente, incapaces de expresar con palabras lo que sentían. Annie, que había planeado decir tanto, no lograba encontrar ni una sola palabra que le pareciera correcta.
—Por favor, no me obligues a irme —lo intentó Maeve una vez más; dejó que las lágrimas cayeran por fin.
—Las dos tenemos que volver a casa.
—Pero este es mi hogar.
Los hombros de Maeve se agitaban al ritmo de su respiración.
Soltó un suspiro para serenarse, intentaba mostrarse fuerte como siempre hacía, pero un sollozo ahogado se transformó en un hipo, que a su vez se convirtió en un suspiro frustrado y resignado.
Mientras el sol, de un amarillo intenso como un botón de oro, se deslizaba hacia abajo entre un grupo de nubes oscuras, la mirada de Maeve atravesó a Annie con todo el dolor de una chica que había creído encontrar, por fin, su hogar.
—Maeve, lo siento muchísimo. Pero, por favor, escúchame…
Mientras los rayos de sol perfilaban la silueta de Maeve con un halo dorado, la chica soltó un suspiro de resignación y derrota.
Un destello leve de magia la volvió translúcida, con un vaivén como el de una cascada, y las tres en punto cayeron sobre la Cabaña Arden.
Annie solo pudo observar a través de las lágrimas cómo esa joya accidental y asombrosa que había encontrado, como un tesoro enterrado, se le escapaba de las manos para pasar a las de otra persona.
Un parpadeo más y Maeve se había ido.
Annie y Karma se quedaron solas en el porche, con la única compañía de la brisa fresca y terrosa de octubre, que cobró fuerza a través del prado como si intentara perseguir a esa chica tan especial que había venido para quedarse.
El viento atrapó el pelo de Annie en una ráfaga repentina y se llevó consigo el aroma de lo que finalmente sentía como un hogar: un crujir dorado, el humo de la chimenea y el azúcar con canela más dulce del mundo.
La brisa agitó la hierba alta y pálida, y Annie habría jurado que el eco lejano de sus risas en el corro de brujas aún viajaba en el viento, y envolvía la cabaña como una pulsera de amistad eterna.
Annie esperó a que Hal regresara hasta que se puso el sol.
Ya ni siquiera podía llorar mientras observaba el horizonte, acurrucada en el columpio.
Dejó que el movimiento relajante la meciera con suavidad, con los pies recogidos bajo la falda y Karma en su regazo, a la vez que el crepúsculo se ocultaba tras los árboles y envolvía la Cabaña Arden con el gris lila del anochecer.
—No va a volver —murmuró, con el rostro hundido en el pelaje húmedo y desordenado de Karma.
Le dio un pequeño beso, que dejó un rastro de pintalabios rosa, y luego posó las patitas de la gata en el columpio para comenzar sus últimos preparativos.
Hal se había marchado lejos, embarcado en otra aventura más grande, mejor y más auténtica de lo que ella podría ser jamás.
Annie echó una mirada cariñosa a la cabaña: libros de hechizos a medio leer abiertos sobre las estanterías, vasos olvidados con agua teñida de pintura multicolor, lápices de colores esparcidos, un tarro de galletas siempre abierto, montones de mantas, zapatillas a juego, sombreros tirados por ahí y platos de tarta cubiertos de migas.
Hal querría su casa tal como estaba antes de que ella y Maeve llegaran y la pusieran patas arriba.
Annie movió los dedos de su mano izquierda para reunir un hilo de magia; una ristra de chispas de color rosa pálido recorrió la cabaña en un bucle resplandeciente.
La magia se coló por los huecos de las tablas del suelo y entró y salió de cada armario de la cocina.
Recorrió las estanterías, atravesó las alfombras, bordeó la mesa y las sillas, y subió por la escalera.
Un último rastro cayó de las vigas del techo y borró las palabras «Habitación de Maeve» que ella había escrito en la puerta del dormitorio.
Un recordatorio de que algo tan precioso y dulce era también efímero, imposible de conservar para ella. Las estrellas se llevaron hasta el último rastro.
Momentos después, Annie se quedó sola en medio de la cabaña vacía, que tenía el mismo aspecto que antes de que ella hubiera desplegado su magia.
Lo único diferente era la ventana de la cocina, que había estado tan llena de calidez y promesas cuando llegaron por primera vez.
Pero en ese momento, su resplandor se había ido.
Al salir al porche y cerrar la puerta tras de sí con un suave clic, Annie respiró por última vez el aire del prado; se esforzó por recordarlo tal y como era cuando aún era un lugar feliz.
Tomó en brazos a Karma, que se paseaba entre sus tobillos.
Su familiar dejó escapar un único maullido lastimero.
—No me mires así —respondió en voz baja—. Esto nunca fue para nosotras.
Como Maeve le había dicho una vez, tal vez lo único que quedaba por hacer era dejarlo ir, como un globo. Tenía que intentarlo, olvidarlo.
Annie movió los dedos de los pies dentro de sus zapatos de charol, al sentir despertar su magia de teletransporte. Levantó una mano para lanzar el hechizo, casi como un gesto de despedida, mientras la punta de sus dedos brillaba con un destello rosa. Un instante más y la casa quedó vacía.
La Cabaña Arden pareció soltar un suspiro curioso y decepcionado, vacía de verdad por primera vez en semanas, como si las paredes de madera se preguntaran adónde se habían llevado de repente aquel amor recién florecido que la había llenado hasta el techo.
Se oyeron cascos al galope, que golpeaban con fuerza el suave prado antes de detenerse junto al porche.
El caballo se irguió sobre sus patas traseras mientras dos botas tocaban el suelo con una prisa desesperada.
La puerta principal se abrió de par en par, con palabras sinceras listas para salir, pero cayeron en un hogar vacío.
No había nadie que las escuchara, solo el persistente aroma a azúcar de vainilla que se posaba en el suelo en un disperso rastro de destellos rosados, como nieve.