Capítulo 20. No la abras #3
Hal no respondió, solo arqueó las cejas para invitarla a explicarse.
Annie se pellizcó una cutícula hasta que se dio cuenta de que estaba estropeándose la uña. Entonces desvió la atención hacia el fardo de heno mientras intentaba hacerle entrar en razón, sin permitirse aún mirarlo a los ojos, a la vez que tiraba de briznas sueltas.
—Ahora puede parecer que todo está bien, pero unos días más y acabaremos volviéndote loco. Los coleteros de Maeve tirados por todas partes, mi purpurina por cualquier lado… —Annie soltó una risa vacía—. Ya piensas que soy lo peor.
—A veces. —Hal se echó hacia atrás y se pasó una mano por la barba con brusquedad —. Otras veces… —Hizo una pausa, que atrapó su mirada, sin dejarla escapar—. Otras veces, pienso que podrías ser, ni más ni menos, perfecta.
Todo a su alrededor se detuvo; las motas más diminutas de las brasas quedaron suspendidas en el aire como chispas frescas de magia.
El crepitar de las llamas rompía el silencio.
Annie fue la primera en apartar la mirada, que desvió de nuevo hacia la hoguera a la vez que esperaba que el rubor de sus mejillas pareciera solo fruto del calor.
Aquello no formaba parte del plan. Se puso en pie de un salto, apretando los puños y cerrando los ojos con fuerza.
Hal lo intentó de nuevo con suavidad; la miraba con las manos aún entrelazadas, como si no se atreviera a moverse por miedo a asustarla y que saliera huyendo.
—No solo por Maeve, aunque creo que hacemos muy buen equipo con la cría. Esto… esto está bien. ¿Por qué no le das una oportunidad?
No podía soportar oír ni una palabra más.
Annie giró sobre sus talones y siguió el rastro que el torbellino de Maeve había dejado en la hierba de vuelta a la cabaña.
Al llegar a la cocina, se aferró a la encimera para intentar estabilizarse mientras la cabeza le daba vueltas.
Tenía los nudillos blancos otra vez; hacía semanas que no le pasaba.
—Es una pregunta razonable, Annie —dijo Hal en voz baja a su espalda. La había seguido al interior, pero mantenía las distancias, apoyado en una de las vigas de madera con los brazos cruzados—. Dame una sola razón que sea buena de verdad y lo entenderé.
—Porque esta no es la vida que se supone que debo tener.
Mi verdadera vida está en Londres, mi vida real está en Celeste, mi vida real está en la Sor…
en la ciudad —respondió ella con brusquedad, mientras golpeaba la encimera con el dedo—.
Hay mucha gente que cuenta conmigo y no puedo abandonarlos sin más. No puedo fallarles.
—Claro, por supuesto —aceptó él con calma—. ¿Y qué clase de felicidad recibes tú a cambio de eso?
Dio un paso hacia ella por la cocina. Annie tragó saliva y se mantuvo firme, levantando aún más la barbilla.
—Eso no importa. Estoy bien.
Hal se limitó a asentir, con los ojos tan fijos en los de ella que parecía escrutar su alma.
—Tienes derecho a hacerlo, ¿sabes? ¿Por qué no ibas a empezar de nuevo, por ti misma? —Otro paso más cerca. Ella retrocedió—. ¿Por qué conformarte con estar solo «bien»? ¿Por qué no deberías ser feliz?
Annie se sobresaltó al retroceder de nuevo y sentir la pared en los omóplatos.
Se fijó en cómo se tensaban los músculos de la mandíbula de Hal mientras acercaba con lentitud la mano a su cara y le colocaba un mechón suelto detrás de la oreja; algo que nunca habría ocurrido si ella siguiera bajo el hechizo.
Un gesto tan perfecto y tierno que él ni siquiera habría tenido oportunidad de hacer.
—Eres demasiado buena para encadenarte a la gente por miedo en lugar de por amor.
—Su voz era un susurro denso y ronco—. Sé que es una locura pedirte que te quedes.
Sé que eres demasiado buena, inteligente y brillante para una vida tan insignificante como la mía.
Pero tengo que ser egoísta e irracional y pedírtelo de todos modos.
Quédate, aunque sea por ahora, y ya lo resolveremos día a día.
Sus miradas parecían imantadas mientras él se inclinaba sobre ella, con un brazo apoyado en la pared por encima de su cabeza.
Annie sabía que debía apartar los ojos y romper el momento, pero había sinceridad en su rostro.
No había sarcasmo ni rudeza; nada más que una confianza sincera y un ápice de vulnerabilidad que, al venir de él, parecía un mundo entero.
Pero eso no era lo que debía suceder. Aquel plan era desordenado, imprevisible y caótico. Ni siquiera podía llamarse plan. No era así como ella hacía las cosas.
—¡Esto no es la vida real! —exclamó Annie irritada, mientras algo en su interior se encendía sin control.
—Lo más probable es que esto sea lo más real que has vivido nunca, Annie.
Hal se contuvo y tomó aire con los ojos cerrados en señal de derrota. Annie lo miró con expresión vacía y dejó que años de disciplina tomaran el control.
—Esto no puede ser real para mí —sentenció Annie con sencillez—. De lo contrario, todo lo que he hecho, todo lo que he sacrificado, habrá sido en vano.
Habló con tanta calma y suavidad que el entumecimiento volvió a recorrerla de la cabeza a los pies.
Era como si el duro recordatorio de su antigua vida hubiera despertado los últimos restos del hechizo.
Como si hubiera prendido algo en la boca de su estómago para arreglar las cosas en su nombre, dentro de los confines de sus huesos.
Se deslizó bajo el brazo de él y se dirigió a la escalera.
—No te vayas.
Hal lo intentó una última vez. Ella se volvió y vio que el hombre seguía mirando el lugar que acababa de abandonar, con la cabeza baja. Con un suspiro, dejó caer el brazo, pero se negó a girarse para verla desaparecer escaleras arriba.
Annie solo pudo responder con la verdad.
—Tenemos que hacerlo.