Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 20. No la abras #2
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Capítulo 20. No la abras #2

Maeve se tragó el final de la pregunta. El silencio se extendió entre los tres mientras la carta levitaba sobre la hoguera; el sobre reflejaba su resplandor con tal aire de importancia que Annie sintió un repentino odio hacia él.

Hacía alarde de su poder para interrumpir el momento. Por fin, Hal rompió el silencio.

—No la abras.

Quizá fuera el humo de la hoguera, o el conocimiento de lo que contenía el sobre, lo que hizo que los ojos de Annie se llenaran de lágrimas punzantes y ardientes.

—Tengo que hacerlo —repuso ella en voz baja.

—No, no tienes por qué. ¿Quién ha dicho que tengamos que hacerles caso?

—La voz de Maeve era ligera y burlona, pero Annie reconoció ese leve y revelador temblor que solía oírle cuando se conocieron semanas atrás.

La chica se había quedado inmóvil, con una golosina a medio comer todavía entre los dedos.

En un caso normal, el Splendidus Infernum entraría en acción en cualquier momento, para difuminar la escena y suavizar de manera agradable la situación. En su lugar, Annie podía ver la realidad sin ningún filtro de color rosa.

Annie extendió la mano hacia la carta, con un movimiento rápido para evitar las llamas. Las hojas se desplegaron por sí solas y la caligrafía brilló con la misma intensidad que el fuego que ardía detrás.

Andrómeda:

El departamento de vigilancia mágica me ha informado de que no se han registrado picos significativos en el uso de la magia de la señorita Cadmus desde hace algún tiempo; veintiuna noches, de hecho.

Como resultado, envío el decreto oficial para que ambas regreséis mañana mismo a vuestra situación habitual dentro del reino no brujo, bajo la confianza de que Selcouth mantendrá una estrecha vigilancia sobre ella y su magia en una nueva ubicación para el proceso de Obscuración.

Por favor, considera esto como la conclusión inmediata de tus responsabilidades de tutela.

Ciertas lecturas han correlacionado un uso de magia particularmente intenso con las coordenadas de la Cabaña Arden, pero he informado a nuestro vigilante de que esto se debe a que tres integrantes de la comunidad de brujas y hechiceros residen bajo un mismo techo y de que, por supuesto, me habrías informado de cualquier cosa extraña.

Asumo que estoy en lo cierto, como siempre es el caso.

Morena

P. D.: Espero que la llegada sin previo aviso del señor Bancroft no haya causado demasiados problemas y que no haya insistido en agobiarte con las mismas peticiones absurdas —por lo general, relacionadas con grifos— con las que tanto disfruta en importunarme a mí.

Annie tragó saliva y miró a los demás.

—Es de Selcouth.

Hal se limitó a negar con la cabeza y volvió a sentarse en su propio fardo de heno.

—El aquelarre dice que tu magia está bajo control.

Nosotras… tenemos que volver a casa —anunció Annie con un nudo en la garganta.

Decirlo en voz alta resultaba irreal e incierto, como si sintiera el escozor de una bofetada en la mejilla.

Los recuerdos de su otra vida, su vida real, la vida que se suponía que debía llevar, regresaron de golpe.

La seguridad de que tendrían más tiempo se esfumó. Había sentido que aquello podía ser infinito, algo para siempre.

Maeve resopló; aquel sonido incómodo fue como una tirita puesta a toda prisa sobre una herida abierta y reciente.

—Bueno, es una decisión estúpida. Y, obviamente, errónea. ¿Así que paso unas míseras semanas sin hacer explotar nada ni convertir a alguien en una mandarina y ya creen que estoy lista para volver al colegio con toda esta… esta magia? —Casi escupió la última palabra.

Annie se giró hacia ella.

—En teoría, tienen razón.

De repente, las fauces de la obligación y la expectativa volvieron a cerrarse con fuerza sobre ella.

Las había abierto sin darse cuenta en algún momento entre ese instante y tres semanas atrás.

Pero en ese momento, sus brazos cedían ante el peso de mantenerlas a raya.

Pensó en la Sortiedad. En el aquelarre. En su trabajo. En todas las expectativas.

Maeve vaciló; aquella respuesta traicionera no era, por supuesto, lo que esperaba oír.

—Lo que quiero decir es que hemos visto a tu magia hacer cosas asombrosas durante las últimas semanas.

—Annie dio un paso hacia Maeve—. Has avanzado muchísimo.

—Su voz sonaba demasiado aguda. Hizo todo lo posible por que sonara como una buena noticia, pero sentía como si las palabras fueran a ahogarla—.

Estoy muy orgullosa de ti. Lo has conseguido.

—Entonces, ¿por qué me echas?

—Maeve. —Annie se rio, o al menos lo intentó. Fue una risa seca, áspera—. No te echo a ninguna parte. No digas eso. Tenemos que volver a casa.

—Pero… pero esto se parece más a un hogar que cualquier otro sitio donde haya vivido nunca.

Annie tuvo que cerrar los ojos un momento para impedir que el desconsuelo se apoderara de ella. En su lugar, se llevó las manos a las caderas en un intento de aparentar autoridad y trató de dar una respuesta desenfadada.

—Bueno, no podemos quedarnos aquí para siempre, ¿verdad? Para empezar, esta es la casa de Hal, y él no nos quiere aquí.

—Eso no es verdad —contradijo el aludido, que permanecía muy quieto, con los ojos fijos en Annie. Había una fría determinación en su rostro.

—¿Ves? —Maeve se cruzó de brazos. Los dos se lanzaron una mirada conspiradora por encima del fuego. Annie se rio ante la ridícula sinceridad de la respuesta de Hal, pero lo que le salió fue más bien un suspiro de incredulidad y enfado.

—Ah, ¿así que se supone que los tres vamos a abandonar nuestras vidas y quedarnos a vivir juntos en esta casa? Estáis locos. Si ya queremos estrangularnos la mitad del tiempo. Es imposible.

—¿Por qué no? —replicó Maeve.

—Porque la vida no funciona así, ¿vale? —La voz de Annie fue subiendo de tono; ese genio que había mantenido bajo llave durante tantos años eligió justo ese momento para despertar con el bostezo impaciente de un león.

No era justo—. Esto no es la vida real; nosotros tres aquí metidos en una cabaña acogedora como la familia más dispar y disfuncional de todos los reinos.

Yo tengo un trabajo y responsabilidades de verdad.

Ya tengo una vida, una en la que no estáis vosotros dos haciendo que todo resulte tan sumamente confuso y…

—Vaya, qué bonito, ¿verdad, Hal? —interrumpió Maeve.

Él hizo una mueca.

—Tenía una misión que cumplir para el aquelarre. Y mira, lo hemos hecho.

Annie agitó la carta en el aire, pero Maeve se la arrebató de las manos y, sin pensárselo, la arrojó al fuego.

—Yo no soy una misión —espetó Maeve. Annie volvió a percibir la chispa de magia desenfrenada entre los dedos de la chica, algo que no había visto desde sus primeros días.

Pero Maeve se contuvo a toda prisa y el arrebato de su poder se apaciguó—.

Annie, vamos —continuó Maeve, con un tono más conciliador—.

Tú misma has dicho que no eres feliz con la situación en la que estás.

Yo tampoco lo soy. Sé que desearías poder volver atrás y cambiar las cosas por ti misma. Quizá así es como nosotros…

—Aquí no existe un «nosotros», Maeve. Tú tienes que volver a casa y yo también. Y Hal tiene que recuperar su vida normal sin que nosotras dos se la arruinemos.

Maeve la miró, boquiabierta. Se volvió hacia Hal en busca de apoyo.

—Vamos, vaquero, échame una mano.

Incluso al otro lado de la hoguera, Annie oyó el profundo suspiro de Hal mientras se ponía de pie para hablar.

—Annie tiene razón, Maeve.

La chica vaciló.

—¿Desde cuándo me llamas Maeve?

—Desde que estoy de acuerdo con tu tutora en esto, niña. Ninguna de las dos pertenece a este sitio, encerradas aquí conmigo. Así es como tiene que ser. Así es como se suponía que debía acabar esto desde el principio.

Annie deseó haberse imaginado cómo se le quebraba la voz. Se armó de valor para decir la última palabra. Le pareció antinatural y desagradable saber que era la causa de algo distinto a la felicidad para alguien a quien quería. Y no a alguien cualquiera, sino a Maeve.

—Lo siento, cielo, pero el asunto está cerrado. Nuestro tiempo aquí ha terminado.

Maeve parecía haber recibido una bofetada; Annie apenas podía creer que fuera ella misma quien hablaba o actuaba así. Se sentía como si la hubieran metido en un cuerpo que no era el suyo. Se secó con rapidez una lágrima rebelde que se había escapado a pesar de sus esfuerzos.

—Ve a hacer las maletas, por favor.

Sintió que el corazón se le hacía añicos al notar que el labio inferior de Maeve temblaba por una fracción de segundo, vacilante como las sombras de las llamas de la hoguera.

Pero la chica se armó de valor a toda prisa, como hacía siempre.

Maeve se marchó furiosa y Karma se levantó de un salto para seguir a su amiga.

Momentos después, el sonido de una puerta que se cerraba de golpe resonó por toda la cabaña con tanta fuerza que la casa se estremeció.

Annie soltó un suspiro pesado y se dejó caer de nuevo en el fardo de heno; se dobló sobre sí misma para abrazar sus piernas y apoyar la frente en las rodillas. El silencio, salpicado por el crepitar furioso del fuego, pesaba como una losa.

Al final, Hal se atrevió a romperlo.

—Quédate.

Él también estaba encorvado, con los ojos fijos en sus propios dedos entrelazados y los codos apoyados en los muslos. Uno frente al otro, sus cuerpos parecían un reflejo a ambos lados de la hoguera, que perfilaba sus siluetas en naranja y rojo.

—Pero acabas de decir…

—Bueno, tenía que apoyarte delante de la cría, ¿no? Pero hablo en serio, deberías quedarte. Todo el tiempo que quieras. —Hal se inclinó hacia ella, con el rostro iluminado por las llamas—. ¿Qué es exactamente lo que intentas demostrar, Annie?

Ella apretó los labios y luchó contra la tentación de decir la verdad, pero acabó cediendo; la respuesta se formó por sí sola, sin maleficios ni maldiciones ni hechizos que la suavizaran para convertirla en una verdad más digerible y menos impactante.

—Ya ni siquiera lo sé.