Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 20. No la abras
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Capítulo 20. No la abras

NO LA AbrAS

U na vez Maeve dejó de reírse ante aquel giro de los acontecimientos, Annie logró improvisar lo que esperaba que fuera una historia algo creíble que explicara su transformación: de la perfección absoluta a ser la definición de imperfecta.

—Había dado por hecho que era la crisis de los cuarenta, pero dejar la cafeína también lo explica —comentó Maeve con desenfado, mientras sacaba las tripas de una calabaza y las echaba en un bol—. Yo también perdería el norte antes de que acabara la primera mañana tras una decisión así.

Annie había decidido que vaciar calabazas era algo que podría calmarle los nervios y le permitiría descargar su frustración contra una hortaliza inocente.

—¿Crisis de los…? Pero… ¿¡cuántos años te crees que tengo!

? Mira, mejor no contestes —dijo Annie de malhumor; ya se las había apañado para volcar un bol de cereales, romper la aspiradora y golpearse la cabeza contra la estantería antes del mediodía.

Parecía que el hechizo se había encargado de tapar buena parte de su torpeza natural, además de todo lo demás—.

No creo que mi ego pueda soportar la respuesta.

Aunque su nivel de alerta parecía estar por las nubes, había sido la propia Maeve quien le había sugerido a Annie que, tal vez, deberían dejar que Hal se encargara de la tutela mágica por un tiempo.

En los días posteriores a la tormenta, Hal y Annie se limitaban a comunicarse a base de miradas esquivas y rubores descontrolados.

Ninguno de los dos se había atrevido aún a mencionar lo más mínimo sobre la comprometida situación en la que se habían despertado.

Una tarde tranquila de domingo, Hal apartó a Maeve de sus cuadernos de dibujo para que le ayudara a buscar una variedad de orquídea fantasma bastante rara que empezaba a escasear en su reserva de alquimia; una propuesta que recibió una respuesta de lo más apática.

Pero, gracias a ello, Annie se encontró con una inusual tarde a solas para relajarse.

Al principio no sabía muy bien qué hacer consigo misma, y fue de una habitación a otra como un alma en pena, pero pronto descubrió que acurrucarse en el sillón con libros y tazas de chocolate caliente que recalentaba una y otra vez le traía, de hecho, bastante paz.

Solo cuando el hechicero le sugirió a Maeve que lo único que le faltaba a su acogedor escenario otoñal era una hoguera, alrededor de la cual pudieran charlar sobre los fundamentos de la magia curativa, Annie abandonó a regañadientes su fuerte de cojines.

Puede que Annie se sintiera distinta a quien era antes, pero seguía siendo incapaz de resistirse a los malvaviscos tostados y pegajosos. Era, sin más, una regla del universo.

Para protegerse un poco más del frío de la noche, se puso una camisa de cuadros que había por allí encima de su vestido rosa de organza.

Puede que ya no fuera perfecta, pero su color siempre sería el rosa.

Se cubrió las manos con las mangas, un gesto reconfortante que la hacía sentir como una criatura pequeña y delicada.

Era justo la sensación calmante que necesitaba para aplacar el cúmulo de sentimientos que se acumulaban en su pecho: temor, arrepentimiento, frustración y una duda egoísta sobre si no debería acabar con aquello de una vez y regresar a las garras del hechizo…

Todas eran emociones nuevas, desconocidas para ella y ardían como ascuas al rojo vivo.

Con un bufido malhumorado, se sentó en un fardo de heno que Hal había colocado alrededor de la pequeña hoguera, que escupía una espectacular lluvia de chispas arcoíris, cortesía de la magia de Maeve.

Esta había insistido en tirar fuegos artificiales, pero Hal le había rebatido que Annie era un factor de riesgo demasiado alto como para introducir cualquier tipo de cohete esa noche.

Ella se inclinaba a pensar que lo más probable fuera que tuviese razón.

Los rasgos oscuros de Hal se iluminaban y oscurecían con el resplandor del fuego.

Annie notó cómo su nuez se movía al tragar cuando se sentó frente a él y extendió las manos para calentarlas.

—Eso es mío —dijo él con la voz pastosa.

—¿La camisa? Oh, perdón. La he encontrado por ahí y hace mucho frío. ¿La quieres? —Hizo ademán de quitársela de los hombros.

—Quédatela —gruñó él, y se detuvo un momento mientras aplastaba un malvavisco derretido entre dos galletas—. De todos modos, te queda mejor a ti.

Bañados por la tenue luz del fuego, se dio cuenta de que Maeve ponía los ojos en blanco con tanta fuerza que casi se cayó de espaldas del fardo de heno.

Bajo la plateada lupa de una luna creciente que los observaba desde arriba, Annie comprendió que ya no sentía esa obligación de correr a medianoche.

La hora ya no importaba. No tenía por qué pasarse la velada mirando el reloj, contando los minutos en lugar de disfrutarlos.

Esa noche y todas las que aún le aguardaban en la Cabaña Arden, podía simplemente ser ella misma.

Hal estaba haciendo que Maeve se riera a carcajadas con la imitación de un trol que se había encontrado en las profundidades de Devon hacía varios veranos, y Karma estaba acurrucada a su lado.

Los sentimientos sombríos y pesimistas no desaparecieron del todo.

Sin embargo, Annie se sorprendió un poco al darse cuenta de que, por primera vez en lo que alcanzaba su memoria, todo en su interior se sentía…

vivo. Despierto. Variado. Armonioso. Su alegría era como una manta que hubiera sacado de una caja en el desván: poco familiar, con un aroma que traía recuerdos, pero algo suave y reconfortante que redescubrir.

Un mundo alejado del vacío contra el que solía luchar cada vez que se quedaba quieta.

Aunque esos primeros días sin el hechizo habían resultado difíciles, la silenciosa orquesta de flora y fauna que inundaba el prado nocturno era una banda sonora apaciguadora para reflexionar sobre el hecho de que, si bien muchas cosas parecían no poder haber salido peor, ese momento con Maeve y Hal, de alguna manera, le parecía del todo correcto.

—¿Quieres un malvavisco? —preguntó Maeve, apenas capaz de articular palabra por el pegote de golosina derretido que le mantenía los labios casi pegados. Esbozó una sonrisa llena de chocolate y Annie soltó una carcajada.

—En realidad, me gustaría comerme varios. Estos malvaviscos están a punto de solucionar todos y cada uno de los problemas de mi vida. —Annie convocó con magia uno de los palos largos que Hal había recolectado para tostarlos.

—¿Por qué no cenamos esto todas las noches? —preguntó Maeve.

—Porque, al contrario de lo que se cree en esta casa, hay que comer algo de verdura de vez en cuando —respondió Hal con voz gruñona—. Vuestra pasión compartida por el azúcar es alarmante.

—Es que me apasionan todos los dulces, en todas sus formas —se defendió Annie, mientras daba vueltas a su palo sobre las llamas—. Además, el de malvavisco es el mejor sabor de brillo de labios que existe, así que mi interés aquí es doble.

—Ni siquiera sabía que eso existía —dijo Maeve con tono de asombro.

—Ay, aún tengo tanto que enseñarte, niña.

La respuesta de Maeve fue un toque en el brazo de Annie con una golosina medio derretida, ya fría, que tenía en el extremo de su palo, lo que le provocó un chillido.

De repente, Hal saltó del fardo de heno y rodeó la hoguera a toda prisa.

—¡Annie! ¿Quieres hacer el favor de…? —Situándose tras ella, le rodeó la cintura con una mano para apartarle el brazo del fuego y quitarle el palo, que había comenzado a arder mientras Maeve la distraía.

Annie soltó un grito ahogado; no estaba del todo segura si era por las llamas o por la cercanía de Hal pegado de nuevo a ella.

El hombre suspiró aliviado una vez logró apagar el malvavisco.

La miró con un leve rictus en los labios—.

Quizá esté un «poco» quemado. ¿No tienes tú una pastelería?

—En realidad, así es como me gustan —respondió Annie altiva; hacía todo lo posible por no reírse—. Todavía se puede comer, solo tiene un… toque ahumado.

Pero cuanto más se resistía, más insistía la risa en brotar de su interior.

Y, como siempre ocurría allí, la risa resultó ser contagiosa.

La visión de la golosina negra y chamuscada de Annie, que humeaba triste en el suelo, hizo que Maeve resoplara y luego se riera tan fuerte y con tanta libertad que envolvió toda la Cabaña Arden en un eco.

Un momento después, Hal también estaba doblado por la mitad, soltando una risa profunda y afectuosa que le llenaba los ojos de arruguitas.

Pronto, Annie se reía tanto que las lágrimas empezaron a brotarle.

Lágrimas de felicidad. Reales, de pura felicidad.

Era un momento que parecía envolverla en un abrazo cálido.

Un destello, un fulgor, un recuerdo que echaría de menos incluso antes de que terminara. Algo precioso y perfecto de verdad.

«Sí —pensó para sí entre risas—. Esto es. Así es como se supone que debe sentirse la vida».

Una ráfaga de ceniza salió disparada desde lo alto de la hoguera y cayó como si fueran luciérnagas.

Annie tardó un segundo en calmar su risa y percatarse de la forma en que las cenizas titilaban al posarse sobre la hierba.

Al principio pensó que era la brisa fresca de la noche, que prendía los fragmentos como luces de ámbar.

Pero entonces volvieron a moverse. Más lejos, con más determinación.

No eran simple ceniza. Poco a poco, cada fragmento translúcido se fue uniendo, y los bordes chamuscados se fundieron de nuevo los unos con los otros entre finos hilos de humo.

Por último, una hoja de papel entera se desprendió sin quemarse para revelar la ilustración de una intrincada estrella plateada, mientras una lluvia de chispas mágicas se dispersaba ante sus zapatillas.

Era una carta. Miró con incertidumbre a Hal y luego a Maeve. Las risas habían cesado.

—¿Eso es…?