Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 19. Un mal día #3
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Capítulo 19. Un mal día #3

—No puedes hacer eso —replicó Annie, horrorizada ante la idea de que sacrificara otra noche de sueño por pura amabilidad.

Ya había trastornado lo suficiente la vida de ese hombre—.

No seas ridículo. Compartiremos. —La sugerencia salió en voz alta y quedó suspendida en el universo antes de que pudiera detenerla.

Él giró la cabeza hacia ella de golpe, las cejas se le arquearon con sorpresa. Había un leve rastro de pánico en su expresión.

—¿Compartir?

—Sí, compartiremos —repitió Annie, esperando sonar relajada con todo el asunto, a pesar de que su corazón dio varios vuelcos, pataleó y luego se lanzó en picado hacia algún punto cerca de sus tobillos.

Hal no dijo ni una palabra, pero ella vio que sus mejillas estaban tan encendidas como las suyas—.

No es para tanto. Llevamos semanas viviendo juntos.

Es una emergencia y solo hay una cama. Una noche.

Hal no parecía muy convencido.

—¿Estás segura?

Annie se colocó el pelo tras la oreja, frenética, y se obligó a centrarse en el asunto práctico, y no en la forma tan entrañable en la que Hal parecía preocupado por la situación.

—Está decidido —dijo ella veloz, mientras corría las últimas cortinas de la planta baja antes de acercarse a la escalera de caracol—. Me pido el lado de la ventana.

La sonrisa tímida de Hal volvió a aparecer.

—No puedo discutir las leyes del «yo lo pedí primero». Te daré algo de privacidad para…

—¡Ah! Sí. Por supuesto. Gracias, yo solo…

eh —chilló Annie, antes de subir las escaleras lo más rápido que pudo, envuelta en una combinación incomprensible de emoción y absoluta vergüenza.

¿No podría haber surgido esa situación de locos cuando ella era un rayo brillante y resplandeciente de perfección, en lugar de su estado actual de evidente desaliño humano?

Todavía olía a los ratones de campo que había traído de la pradera.

Al menos su pijama con estampado de café de calabaza no era ninguna novedad para él.

Correteó por la habitación para esconder varios bálsamos labiales, tazas de té y aperitivos de chocolate a medio comer a la velocidad del rayo.

Para cuando Hal se reunió con ella en el piso de arriba, Annie casi se había desmayado de tanto darle vueltas a las cosas.

Se sentía como si estuviera hecha de electricidad, con cada terminación nerviosa encendida, como si en cualquier momento pudiera estallar en una carcajada histérica.

Sin embargo, hizo todo lo posible por contenerse cuando él apareció en lo alto de la escalera con una manta extra bajo el brazo, unos pantalones de pijama suaves que le caían ligeramente desde las caderas y una camiseta blanca que se le ceñía al abdomen. Él se aclaró la garganta en la puerta.

—Bueno, después de ti —dijo él con voz ronca, al señalar la cama que Annie había ahuecado y alisado lo mejor que había podido, con el remordimiento de sentirse una traidora por esconder su osito de peluche favorito debajo de la almohada.

Ahora que los dos estaban a ambos lados, la cama parecía incluso más pequeña de lo que ella recordaba.

—Esto va a ser acogedor —dijo ella, con la voz chillona de puro optimismo—.

Y me encanta lo acogedor. Siempre intento estar cómoda y a gusto, es un estilo de vida…

—No podía evitar que las palabras se le atropellaran en la boca mientras forcejeaba con el edredón para meterse en la cama junto a Hal.

Ambos se esforzaban por mantener sus cuerpos tensos y rígidos, pero se rozaron los brazos mientras intentaban mantenerse lo más alejados posible.

Los hombros anchos de Hal colgaban a medias fuera del colchón, mientras que Annie dejaba una pierna colgando por su lado de la cama.

Ambos entrelazaron las manos sobre el edredón y clavaron la vista en el techo.

—¿Seguro que esto te parece bien? —volvió a preguntar Hal, con la mirada fija en la bombilla del techo.

—Por supuesto —asintió Annie—. ¿Y a ti?

—Siempre que a ti te parezca bien.

—Oh, me parece bien. Me alegra que a todos nos parezca bien.

Annie se preguntó si los latidos desbocados de su corazón podrían oírse por encima del sonido de la lluvia, que caía a cántaros sobre el tejado de paja.

—Bueno, buenas noches —canturreó ella después de que un silencio incómodo se prolongara demasiado—. ¿Podemos solo…? —Se giró sobre un costado, dándole la espalda a Hal.

—Ah, claro, claro. Buena idea —respondió él, y se giró en la dirección opuesta.

Annie intentó cerrar los ojos, pero era como si se los hubieran sujetado con alfileres para mantenerlos bien abiertos.

Sentía que no debía de respirar con normalidad y era muy consciente de cada mínimo movimiento del cuerpo de Hal, apretado contra el suyo.

Podía oír el ritmo de su respiración, cada leve roce de la manta entre ellos.

Notó el mismo aroma que había sentido el día que él llegó por primera vez: madera y ámbar, clavo y castañas, aún más cálido bajo las mantas.

No se atrevía a moverse por miedo a que pareciera que intentaba acercarse más. La sola idea era un martirio.

Esa ridícula farsa nunca habría ocurrido si el hechizo aún tomase las decisiones por ella.

Frunció el ceño en la oscuridad y maldijo su estúpida boca por haberla metido en ese lío, mientras sus pies se agitaban y daban pequeñas patadas por voluntad propia.

En cuanto a días malos, ese fue la guinda de todos los pasteles encantados posibles.

Annie pensó de verdad que enloquecía cuando sintió el cuerpo de Hal sacudirse detrás de ella. Tardó un segundo en darse cuenta de que se estaba riendo.

—¿De qué te ríes? —preguntó ella, con un tono más arisco de lo que pretendía; se sentía como una niñata mientras tiraba de las mantas. Era demasiado. No tenía ni idea de cómo manejar aquello.

—Creo que habría estado más cómodo durmiendo al lado del maldito caballo —murmuró Hal entre risas. Y ella no pudo evitar reírse también.

En algún momento, Annie debió de hacer lo imposible y se quedó dormida, porque lo siguiente que supo fue que estaba abriendo unos párpados pesados y relajados por el sueño, mientras hundía la cabeza en una cálida almohada.

Solo que no era su almohada. Su cabeza descansaba sobre algo firme, que subía y bajaba con un ritmo lento y reconfortante debajo de ella.

Al salir del letargo del sueño, Annie se quedó helada.

Estaba acurrucada, cómoda, contra el costado de Hal, con la cabeza apoyada en su pecho.

Él la había rodeado con un brazo para atraerla con fuerza hacia sí.

El sentimiento de paz y satisfacción que la había envuelto al despertar se transformó en una alerta roja.

No podía permitir que se despertara y la encontrara así, acurrucada lo más cerca posible de él, así que Annie se separó con cuidado de sus extremidades para escabullirse en silencio.

Luchó contra cada fibra de su ser para no mirar atrás y ver qué aspecto tenía Hal a primera hora de la mañana en su cama, todo adormilado y despeinado.

Esa no era una información que necesitara saber.

Sin siquiera detenerse a pensarlo, se lanzó a por su bata y bajó las escaleras tan rápido que se preguntó si se habría activado algún tipo de teletransporte mágico involuntario.

—¡Mirad quién ha decidido unirse por fin al mundo de los vivos! —Maeve sostenía una taza de café en la encimera de la cocina con una expresión de extrema diversión—. Ignoremos la ironía de que la chica que parece comunicarse sin querer con los espíritus use esa expresión.

—Buenos días, cielo —saludó Annie, a la par que se echaba el pelo hacia atrás en un intento de conservar algo de dignidad—. ¿Dónde…? —Miró a su alrededor, al darse cuenta, en medio de su estado de pánico, de que aquella no era la escena que había imaginado—. ¿Dónde están todos los animales?

—Oh, llevo despierta horas. Me he vuelto a levantar como una rosa. Ni una sola comunicación fantasmal en dos noches enteras, ¿te lo puedes creer? Así que los he visto marcharse cuando dejó de llover. Parecía que estabais ocupados, no quería volver a interrumpir.

Annie jadeó.

—Maeve, no es en absoluto lo que tú… Solo hay una cama… No teníamos otra…

—Tómate tu tiempo, disfruta de una mañana agradable y relajada. Yo me voy a dar un paseo; hace un día precioso ahora que ha pasado la tormenta.

Annie apenas pudo emitir un gemido, paralizada en el sitio.

—Es una pena que ninguno de los dos sea, ya sabes, un brujo o algo parecido —se mofó Maeve, con los hombros encogidos mientras se ponía el abrigo y salía a saltitos para reunirse con Mage en la pradera.

Se sujetó al borde de la puerta mientras se volvía hacia Annie con un destello travieso e inconfundible en los ojos—.

Ojalá… ¿eh? Tal vez la magia podría solucionar este tipo de problemas logísticos con bastante facilidad.

El rostro de Annie ardió hasta ponerse del mismo color que su bata de color rosa intenso.