Capítulo 19. Un mal día #2
Hornear algo lo arreglaría todo de nuevo.
Era lo único que tenía sentido cuando nada más lo tenía.
Annie se sumergió de lleno en la tarea, aliviada de tener, por fin, una manera de demostrar que su perfección no dependía por completo del Splendidus Infernum .
Algunas de sus habilidades mágicas de verdad eran fruto de su propio talento, y ese era el caso en lo que a preparar dulces se refería.
No había nada que no pudiera hacer cuando se trataba de la magia azucarada.
Tras batir la masa hasta convertirla en una masa esponjosa (lo que, de paso, ayudó a descargar sus miedos y frustraciones), dio forma a unos rollos de canela, un pan de calabaza fermentado y preparó la masa para dónuts de azúcar.
Luego lanzó su magia hacia los fogones para empezar a calentar el aceite.
Maeve, que se había apropiado del sombrero y observaba la escena por encima de una pila de cuadernos de dibujo y lápices esparcidos sobre la mesa del comedor, soltó un gritito.
—¿Qué pasa? —preguntó Annie, distraída, antes de notar que Maeve señalaba los fogones, frenética. Ambas gritaron al unísono.
Toda la sartén había estallado en llamas, que lamían las paredes de la cocina y se avivaban amenazadoras hacia las cortinas de cuadros.
Otra vez. Maeve salió disparada para sacar a Annie de la cocina, mientras Hal entraba a toda prisa desde el porche para apagar las llamas con magia.
Los tres se quedaron un momento en silencio, en shock , mientras observaban cómo una nube de humo negro flotaba desde el bajo de las cortinas hasta salir por la ventana.
—Creo que estoy teniendo un mal día —dijo Annie con total naturalidad, mientras un mechón rebelde le caía sobre la cara.
—No sabía que tuvieras de esos —comentó Hal, mientras se secaba el sudor de la frente con la manga de la camisa remangada.
—¿No se supone que prender fuego a las cosas por aquí es mi trabajo? —preguntó Maeve seca, con una expresión de clara satisfacción.
Hal insistió en que Annie se alejara de cualquier cosa que tuviera que ver con aceite hirviendo, incluidos los dónuts de azúcar, y se sentara a la mesa mientras él le preparaba una taza humeante de té fuerte.
Ella se sentó rígida, con las manos en el regazo, todavía conmocionada por todo lo sucedido. Era un desastre andante.
Mientras tanto, Maeve parloteaba sin inmutarse, a todas luces satisfecha con el cambio respecto a su rutina habitual. Mientras usaba su magia para esparcir acuarelas al azar por una página con unos resultados preciosos, algo llamó su atención y la hizo detenerse.
—¿Has oído eso? —preguntó.
—¿Oír el qué? —respondió Annie, con un tono cortante que no solía tener. Sentía… frustración. Puede que incluso sufriera un cabreo monumental—. Si algún espíritu tempestuoso y malhumorado pretende ponerse en contacto contigo hoy, justo hoy, se va a arrepentir, y mucho.
—¡Eso! —dijo Maeve, más alto esta vez, mientras la silla rechinaba contra el suelo de madera al echarla hacia atrás y se ponía en pie de un salto.
Esa vez, Annie también lo oyó: un maullido débil y furioso que reconocería en cualquier parte. Eso bastó para devolver un poco de vida a su mente entumecida.
—¿Es Karma? —preguntó, mientras corría a reunirse con Maeve en la puerta principal.
Podían ver movimiento entre la hierba alta y oír los maullidos de clara indignación de Karma en algún punto cercano, pero la gata se negaba a dejarse ver.
A ambos lados del porche, las dos juntaban los dedos, chasqueaban la lengua y hacían el típico «pst, pst, pst», probando todos los trucos habituales para que Karma apareciera, pero ninguno parecía surtir efecto; la gata seguía decidida a mantenerse escondida en el prado.
Ni siquiera una cucharada de natillas dio resultado.
—Se está haciendo la importante —dijo Maeve con un chasquido de lengua.
—Karma, ¿qué pasa? ¿Qué te ocurre? —preguntó Annie, desconcertada ante el extraño comportamiento de su familiar. Fue entonces cuando se dio cuenta del problema, al ver por fin la parte superior de las orejas de su gata. Parecían… empapadas.
Karma estaba mucho menos arreglada de lo habitual.
De hecho, tenía el pelaje revuelto, erizado en todas direcciones como si hubiera recibido una descarga eléctrica, y empapado por completo.
Su brillante manto blanco estaba mojado de agua oscura y fangosa, y su característico lazo rosa y el cascabel manchados de gris y marrón.
Cuando Annie corrió para recogerla en brazos, soltó un grito ahogado.
Habría jurado que las perfectas y suaves orejas de la gata habían crecido un poco y ahora parecían demasiado grandes y peludas para su cabecita.
Annie no era la única que había cambiado de un día para otro.
—Te has caído en el arroyo, ¿verdad? —susurró Annie, sin querer humillar a Karma delante de los demás, y recibió un maullido de vergüenza a modo de respuesta.
Los grandes y redondos ojos de la gata brillaban con curiosidad y desconcierto; miraba a Annie con indignación, como si le preguntara qué se creía que hacía al renunciar a la perfección sin consultarlo antes con su familiar. Se la veía compungida sin remedio.
—Oh, Karma, ¿también te ha afectado a ti? No te preocupes, todo irá bien. Hasta las princesas se caen a los arroyos de vez en cuando.
Karma dejó escapar un maullido lastimero y le dio un cabezazo en la barbilla a Annie para dejar claro que debía renovar el hechizo de inmediato o atenerse a las consecuencias.
—Me temo que no va a poder ser, cariño —se lamentó Annie—. Es por el bien de Maeve y sé que la quieres lo suficiente como para hacer el sacrificio. Los errores y los tropiezos, por desgracia, forman parte del trato. Vamos a estar así un tiempo.
La tormenta que se avecinaba no podía ser consecuencia de que Annie hubiera dado la espalda al hechizo.
Su magia no era lo bastante poderosa como para influir en los elementos: ese tipo de brujería solo se manifestaba en circunstancias extremas y de gran intensidad.
Pero el tiempo sombrío contribuía, sin duda, a la sensación de pérdida y desesperanza que la habían atormentado todo el día.
Parecía el escenario dramático adecuado y reflejaba a la perfección su estado de ánimo, como si el fin del mundo estuviera a punto de cernirse sobre ellos de forma literal, además de la manera figurada en la que ella sentía que ya lo hacía.
—¿Alguien más se apunta? —gritó Hal con voz áspera desde el umbral de la puerta hacia el prado. Esperó unos instantes más, para permitir que un par de caracoles demasiado lentos terminaran de cruzar el umbral y se acomodaran detrás del zapatero.
Annie no había tenido mucha elección al respecto, dado que en teoría seguía siendo la casa de Hal, cuando él le preguntó si le importaría abrir la casa a los animales del bosque mientras el tiempo fuera tan adverso.
No es que ella fuera a protestar de todos modos, pero tuvo que armarse de valor al ver toda la planta baja de la cabaña abarrotada hasta los topes con lo que parecía ser hasta el último habitante de la red de bosques británicos.
Ardillas rojas, zorros, tejones, corzos, erizos, nutrias y quién sabe qué más; incluso habían llevado a Mage bajo la escalera de caracol para que se echara a dormir, y en ese momento miraba a Karma con mucha desconfianza.
El caos por fin había empezado a calmarse un poco, después de que Hal echara un potente somnífero en un comedero de bayas y grosellas, con el principal objetivo de asegurarse de que nadie se comiera a ninguno de los otros huéspedes bajo su techo.
Maeve se había sentido muy reconfortada al saber que estaría rodeada de compañía durante la noche, y había animado a toda una familia de cachorros de lobo a compartir la cama con ella.
Había sido la primera vez que Annie había visto a la chica más o menos animada por irse a dormir.
Ya estaba profundamente dormida, con la barbilla apoyada en un cachorro que dormitaba; verla disfrutar por fin de una buena noche de sueño fue suficiente para que Annie pensara que aquel día tan espantoso quizá había valido la pena.
—Esos eran los últimos —dijo Hal, con las manos en las caderas y aspecto satisfecho—. Gracias de nuevo por tu comprensión. Todos saben que pueden venir cuando hay relámpagos. A los conejos, en particular, les horrorizan los truenos.
—Faltaría más —contestó Annie, que hacía todo lo posible por ignorar el cosquilleo que sentía en el estómago mientras él hacía un recuento rápido de los nuevos invitados para asegurarse de que nadie se hubiera quedado fuera.
Nunca había conocido a nadie como Hal. Se quedaron uno al lado del otro, mientras contemplaban el salón con el fuego crepitando y lo que debían de ser un centenar de criaturas felices—.
Creo que es maravilloso. Eres muy amable.
Hal soltó un suspiro.
—O muy tonto.
—¿Y dónde duermes cuando el sofá está ocupado por martas que roncan?
La verdad es que es una pregunta que nunca me había planteado —bromeó Annie, mientras lanzaba una pizca de magia sobre la escena para hacer aparecer unas cuantas mantas sobre las criaturas más pequeñas y arroparlas.
A su lado, sintió que el lenguaje corporal de Hal se tensaba apenas una fracción—. ¿Qué pasa?
—Bueno, suelo dormir en mi habitación —dijo él en voz baja, con la mirada fija en Mage, que por fin empezaba a relajarse un poco ante la presencia de Karma mientras esta amasaba su costado—, pero justo ahora caigo en que hay una invitada ahí dentro.
Annie se tensó también al darse cuenta.
—Ah. Claro. Ya veo.
—No es un problema. De ninguna manera vas a quedarte aquí abajo con toda esta tropa. Seguro que encuentro algún sitio. Ya se me ocurrirá algo. Quizá Mage me haga un hueco. Ronca como un demonio, pero… —Hal se frotó la nuca y se le escapó un suspiro de resignación.