Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 19. Un mal día
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Capítulo 19. Un mal día

UN MAL DÍA

A nnie se despertó a la mañana siguiente con un sobresalto que le hizo temblar todo el cuerpo.

Extendió el brazo con un movimiento violento y golpeó la lámpara de la mesilla, que cayó al suelo.

Aún medio dormida, dejó escapar un pequeño ronquido y se incorporó de golpe.

Se humedeció los labios, los tenía secos y un poco agrietados.

Necesitaba bálsamo labial de inmediato. Los apretó entre sí, y percibió una sensación algo rancia en la boca.

También necesitaba agua. Podía oír una conversación tenue y las risas de Maeve y Hal en la planta de abajo, y el tintineo de ollas y sartenes en movimiento por la cocina.

¿De verdad se había quedado dormida? Eso casi nunca pasaba.

De hecho, no recordaba la última vez que había ocurrido.

Annie siempre era la primera en despertarse, la que se aseguraba de que el día de los demás empezara a la perfección.

Algo no iba bien. Frunció el ceño y, al estirarse, dejó escapar un pequeño hipo en forma de eructo.

Se llevó la mano a la boca al instante, avergonzada por el sonido, y fue entonces cuando se dio cuenta.

El esmalte de su meñique estaba saltado. De forma evidente. Un trocito del rosa chillón había desaparecido para dejar una línea irregular y dentada que atravesaba la uña. Annie soltó un jadeo.

Se llevó la mano a la coronilla y se la pasó por todo el pelo con cuidado.

Podía sentir que no estaba donde se suponía que debía estar.

Lo tenía… ¿revuelto? ¿Desaliñado? Su impecable trenza francesa se había deshecho y los mechones rebeldes apuntaban en todas direcciones.

Y sufría… encrespamiento. Muchísimo. Arrugó la nariz y dudó un instante antes de olerse el pijama con cautela.

De su brazo levantado emanaba un olor auténtico, genuino, humano.

Desde luego no era vainilla, azúcar ni coco.

—Ay…, no —dijo Annie, horrorizada.

Se levantó de un salto de la cama, con lo que tiró el edredón al suelo y tropezó con sus propios pies mientras se lanzaba hacia el espejo. Sus manos volaron a los cajones de debajo y se aferró al borde para estabilizarse mientras comenzaba a darse cuenta de algo horrible y nauseabundo.

—Por favor, por favor. No, no, no…

Se palpó y examinó el rostro. Bajo los ojos habían aparecido manchas moradas en forma de medias lunas, que revelaban días, meses y años de no haber dormido casi nada.

Unas ligeras arrugas de preocupación le habían aparecido en la frente, en las sienes y entre la boca y la nariz.

Tenía los ojos algo inyectados en sangre, con restos de legañas acumulados en las comisuras.

Pequeños grumos de rímel marcaban las pestañas inferiores y, por primera vez desde que cumplió quince años y había aplicado de forma inmediata la magia Cutis Lumen para estos casos, un único y solitario grano rojo había asomado en la parte superior de la mejilla izquierda.

Annie no había esperado que las cosas cambiaran de forma tan drástica y rápida.

¿Una sola y miserable noche sin el hechizo y ya estaba…

así de imperfecta? Era muy injusto. Peor que imperfecta: como si su cuerpo estuviera compensando el tiempo perdido mientras el hechizo se desvanecía de su organismo.

Estaba hecha un desastre total. Dejó escapar un gemido bajo y lastimero, que sonó un poco como el de un animal herido.

No podía permitir que Maeve ni Hal la vieran así.

Se asomó por encima de la barandilla para ver dónde estaban y bajó las escaleras con el mayor sigilo posible, evitando los peldaños que sabía que crujían durante sus incursiones nocturnas desde la bañera.

Apenas podía distinguir las cabezas borrosas de Maeve y Hal sentados juntos en el porche, bajo el sol de media mañana.

Parecían acariciar la cabeza de algún tipo de criatura peluda que se había unido a la conversación.

Annie no conseguía enfocar qué era con exactitud; su vista perfecta le fallaba.

A regañadientes, volvió a utilizar su magia para invocar sus gafas.

—¡Ay!

Una de las patillas le dio justo en el ojo al colocarse. Al menos sus poderes todavía funcionaban, pensó.

Annie continuó bajando en silencio las escaleras, pero no consiguió pasar desapercibida mucho tiempo más.

Sus calcetines mullidos resbalaron sobre la madera y cayó por los últimos peldaños, lo que armó tal estrépito que Hal y Maeve giraron la cabeza al instante hacia la cabaña.

Se levantaron de un salto y corrieron al interior, donde encontraron a Annie mientras se intentaba poner en pie como un cervatillo recién nacido sobre el hielo.

Se agarró a la barandilla y forzó su habitual sonrisa radiante.

—¡Buenos días! Tuve un pequeño accidente, no hace falta que os preocupéis —dijo de forma atropellada, con la intención de que todo pareciera normal. Maeve la miraba boquiabierta, sin disimulo alguno.

—¿Estás bien? —preguntó Hal, con una ceja arqueada.

—Sí, sí —respondió ella—. De maravilla, de hecho. No me puedo creer que me haya quedado dormida, ¿y vosotros? Siento muchísimo que hayáis tenido que prepararos el desayuno solos. ¿Lo habéis conseguido?

—Por suerte, soy un experto en el noble arte de los cereales. Y no estás aquí para servirnos. No estás trabajando, ¿sabes? —respondió Hal—. ¿Seguro que te encuentras bien? Pareces un poco…

—¿Distinta? Sí. Creo que me he levantado con el pie izquierdo. Quizá un poco débil, algo pachucha. Nada que una ducha caliente no pueda arreglar —explicó Annie, antes de salir disparada hacia el baño exterior lo más rápido que pudo. Hal y Maeve intercambiaron una mirada muda y desconcertada.

Corrió hasta el baño y se metió al segundo bajo el chorro de agua.

—¡Oh, cielos…! —chilló.

Annie retrocedió ante el chorro helado, tropezó y se agarró al borde de la bañera para no caerse, pero terminó por arrancar casi toda la cortina de la ducha del riel y enredarse en ella mientras luchaba por mantener el equilibrio.

—Esto no puede estar pasando.

—¿Annie? ¿Qué pasa ahí fuera? —gritó Hal desde la puerta trasera, entreabriéndola. Annie entró en pánico y agarró a toda prisa la toalla que colgaba del biombo—. He oído un golpe. ¿Necesitas ayuda? ¿Te has vuelto a caer?

El pelo le colgaba en mechones empapados y lacios alrededor de los hombros, y tenía manchas rojizas por toda la piel debido a la temperatura extrema del agua.

Se agitaba mientras maldecía en voz baja y se movía de puntillas en el sitio, consumida por el pánico de no saber adónde ir ni qué hacer.

No se le ocurría nada. El hechizo la había abandonado por completo.

—Voy a salir —advirtió Hal. Annie oyó sus pasos pesados acercarse por el sendero hasta el baño. Golpeó con los nudillos el biombo y esperó un momento antes de asomar la cabeza hacia la zona de la ducha—. ¿Annie?

La aludida soltó una risa incómoda y aguda y, por alguna razón inexplicable, levantó la mano y le saludó. Una idea horrible. Un momento después, se apresuró a sujetar la toalla.

—Oh, perdón, perdón. —Hal se llevó una mano a los ojos para tapárselos—. Yo solo… No quería… Es decir…

—No, no pasa nada, es que me he resbalado. Y luego, sin querer… Y entonces no he… Y yo solo…

Los dos se sonrojaron; las palabras de uno y otro se atropellaban y ambos evitaban mirarse de cualquier forma posible. Hal alzó la mirada al cielo y Annie se recompuso con una respiración profunda.

—¿Necesitas ayuda o…?

—Estoy bien —dijo ella, con la voz chillona y torpe.

Él asintió, se echó hacia atrás el pelo revuelto y se dio la vuelta para volver a la cabaña.

—Yo mejor me…

—Claro, por supuesto.

—Genial.

Una vez Hal se hubo marchado, Annie decidió que lo mejor sería recurrir a la magia para salvar su dignidad; o al menos lo que quedaba de ella. Con rapidez lanzó su confiable hechizo de vestimenta para transformar la toalla en un conjunto que la hiciera sentir mejor.

Uno de sus vestidos favoritos apareció sobre su cuerpo: un precioso vestido lencero floral que tenía desde hacía años.

Pero algo no iba bien. La camiseta blanca de debajo estaba arrugada hasta decir basta, como si no hubiera visto una plancha en siglos, como si la hubiera sacado con prisas de un montón de ropa.

Olía al perfume de la semana pasada y tenía una mancha algo inquietante, quizá algo que se le había derramado y que había pasado desapercibido.

El sombrero de terciopelo con pelito debería haber sido divertido, el toque final perfecto, pero en realidad resultaba, dicho sin rodeos, bochornoso.

El conjunto había sido perfecto en su mente, pero al observarlo en la realidad…

bueno, no quedaba bien, en absoluto. Se veía mucho mejor en su cabeza.

Annie estaba desconcertada. Otro hechizo, por lo general fiable y con buen ojo para la moda, le había fallado.

—¿Has tenido algún tipo de crisis nerviosa durante la noche? —preguntó Maeve, que le había tomado el relevo a Hal.

—¡No! No seas tan grosera —la regañó Annie—. Estoy… probando un nuevo look .

—Bueno… —Maeve se metió las manos en los bolsillos del vaquero y se encogió de hombros—. Al menos el sombrero no es rosa. Eso sí que es un cambio divertido para ti. Solo he venido a preguntarte si vas a hornear algo esta mañana.

Por fin, algo que no podía salir mal.

—¡Claro que sí! Voy a hacer cualquier cosa que te apetezca y todo será sensacional. Y lo haré con este sombrero tan divertido puesto —dijo Annie con decisión—. ¿Me pega?

—Como un puñetazo —murmuró Maeve.