Capítulo 18. Escenas familiares #2
Hal tiró el libro a un lado de inmediato y se puso en pie de un salto tan brusco que el caballo se encabritó sobre las patas traseras con un relincho sobresaltado. Al darse cuenta de que era Annie, Hal bajó la guardia y carraspeó con voz ronca. Luego se volvió para calmar al animal.
—Lo siento, no pretendía interrumpir vuestro «club de chicos» —bromeó ella—. Traigo regalos.
—¿No te dijeron nunca que es mala idea acercarte sigilosamente a un hechicero y a su familiar? Te estás buscando problemas.
Annie no sabía muy bien qué se había imaginado como familiar de Hal (¿quizá un tejón melero malhumorado o un burro un poco cascarrabias?), pero desde luego no un majestuoso y noble semental.
—¿Este es tu familiar? —Dio unos pasos vacilantes para acercarse.
—No estoy seguro de en qué maldita aventura de una vida pasada me metí para ganarme a este gran bobalicón, pero sí. Este es Mage. Quizá sea guapísimo y presumido, pero también es un miedica. ¿A que sí, colega?
Hal sacó otra manzana del bolsillo del chaleco de cuero desgastado que llevaba sobre la camisa y la lanzó al aire, lo justo para que el caballo diera un pequeño salto para atraparla. Satisfecho con su destreza, Mage sacudió la crin de color borgoña, pavoneándose descarado ante Annie.
—¿Por qué no lo acercas más a la casa? —preguntó ella, maravillada por cómo el pelaje del caballo captaba el brillo de la luz del sol a través de los árboles—. Aquí está solito, ¿verdad, Mage? —El caballo agitó la cola con dramatismo.
—De normal, lo verías todo el tiempo por el prado.
Tiene vía libre para andar por donde quiera.
Y no sería la primera vez que se cuela por la puerta de atrás cuando huele a salsa.
Pero creo que está un poco molesto, hay demasiadas criaturas invadiendo su prado para ver a Maeve.
—El brujo acarició con el pulgar el puente del hocico del caballo—.
Estás enfurruñado, ¿verdad, Mage? Y además le dan miedo los gatos, así que habrá detectado a Karma a kilómetros.
—¿Puedo? —preguntó Annie, más tímida de lo habitual mientras extendía con cuidado la mano hacia el enorme lomo de Mage.
Hal le hizo un gesto para que siguiera adelante y dio un paso atrás para que ella pudiera acariciar el pelaje aterciopelado del caballo.
Mage respondió a su contacto con un resoplido satisfecho y relajado, a modo de aprobación.
—Mage, eres todo un bellezón. ¿Qué haces juntándote con este tipo y su sombrero ridículo?
Hal sonrió con aire burlón.
—Ahora que ya están hechas las presentaciones, ¿a qué debo el placer? —preguntó con voz áspera, a la vez que lanzaba el sombrero sobre el poste bajo de madera del establo y se echaba el pelo hacia atrás.
Fue entonces cuando Annie se dio cuenta de que Mage había robado dos de los tres pastelitos de la amistad del plato. Eso explicaba por qué se había encariñado tan rápido de ella.
—Pensé que quizá te apetecería un dulce —explicó Annie con un suspiro. Le tendió a Hal el único pastelito que quedaba; por sí solo, parecía una ofrenda algo patética.
—¿Seguro que puedes prescindir de él? —rio, antes de tomarlo con dos dedos y comérselo de un bocado. Él y Maeve eran dos caras de la misma moneda—. Gracias —añadió con una sonrisa y la boca llena de pastel, lo que hizo que se le marcara un hoyuelo en un lado de la cara.
Annie también se rio.
—De nada. Además, dijiste de forma un poco ominosa que teníamos que hablar.
—Sí, eso dije —respondió Hal. Volvía a llevar los antebrazos al descubierto, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos.
Annie desvió la mirada con rapidez hacia Mage, que le daba un empujoncito en el hombro con el hocico para llamar su atención, ansioso por más mimos o, con toda seguridad, más manzanas.
—Quería saber qué opinabas de las revelaciones de Maeve.
Tenías tantas ganas de irte a la cama que apenas tuvimos oportunidad de hablarlo.
Podríamos decir que confirmó nuestras sospechas: atrae la magia, absorbe energía sobrenatural.
Es extraordinario. No me extraña que a la cría le haya costado tanto guardárselo para sí misma —continuó mientras recogía del suelo el libro que había tirado antes y lo metía de nuevo en la bandolera.
Annie reconoció el título, Elixires de lo más arcano , uno que ella misma había tomado prestado varias veces de la biblioteca de la Casa Hécate para ayudarla a modificar el hechizo.
—Es una niña muy especial —dijo Annie, su rostro oculto de los ojos curiosos de Hal al permanecer girada hacia Mage.
—Lo sé. Pero tienes que admitir que todo ese asunto de los espíritus es de lo más extraño.
En todos mis años aquí, jamás ha habido ni un atisbo de problemas en la Cabaña Arden.
—Hal se apoyó de espaldas en la puerta del establo, con los brazos cruzados y una pierna flexionada contra el tronco ancho del árbol—. Y eso me ha hecho pensar.
— A ver si se te van a cansar las neuronas —dijo Annie. Le había robado la frase a Maeve.
—¿Has notado tú algo así por aquí? —prosiguió Hal; se inclinó un poco para intentar que ella volviera a mirarlo—. ¿Hay algo que te gustaría compartir con la clase? Ya sabes, ahora que todos estamos desahogándonos.
Annie evitó de forma deliberada el contacto visual; se esforzó por mantener el rostro inexpresivo y soltó una risita desconcertada.
—¿Yo? ¿Qué secretos iba a tener que compartir? Por si no te habías dado cuenta, soy una persona de lo más sencilla.
—Ah, ahí tengo que discrepar —dijo Hal, con una sonrisa enigmática que le marcaba ese mismo hoyuelo en el que Annie acababa de fijarse por primera vez.
—Es cierto. Azúcar, especias y todo lo bueno. Eso es lo único que tienes que saber —refutó con indignación. Se volvió por fin para mirarlo, ahora que sentía la necesidad de defenderse.
Hal respondió con su característico «mmm» grave, pero esa vez sonó un poco más dubitativo de lo habitual.
—Admito que la mayor parte de mi magia e intuición están sintonizadas con la naturaleza de los animales y las bestias, pero hay algo en ti, Annie Wildwood.
Aún no sé qué es, pero… —movió un dedo en el aire, estudiándole el rostro; sus ojos la recorrieron, un poco más atrevidos— lo haré.
Lo averiguaré. Hay algo en ti que es… —Se encogió de hombros y dejó la frase en el aire.
Annie maldijo el leve revoloteo que su estúpido corazón le provocó.
Sabía a la perfección a qué se refería: los efectos seductores de Splendidus Infernum garantizaban que siempre hubiera un aura de atracción a su alrededor.
Ese magnetismo que captaba la atención de todo el mundo y la colocaba bajo la mejor luz posible para actuar.
El cumplido resbaló sobre ella y la hizo sentir vacía.
A partir de mañana, él se sentiría muy distinto.
—Y no lo digo solo porque seas guapa —añadió Hal de pronto. En cuanto lo dijo, se sonrojó de una forma poco habitual en él. Cerró los ojos con fuerza, lo que delató su incomodidad—. Es obvio que lo eres. Eso ya lo sabes. No hace falta que te lo diga. Pero lo eres. Aunque no importa. En fin.
Annie se echó a reír al sentir una incomodidad no del todo desagradable entre ellos. Sacudió la cabeza.
—¿Gracias? Supongo.
—Volviendo a la cría. Creo que deberíamos hablarlo. Sobre todo, porque… Bueno, antes de que se disgustara anoche, la oí responderles.
Annie se tensó. Su sonrisa estalló como un globo.