Capítulo 18. Escenas familiares
ESCENAS FAMILIARES
M aeve se despertó cansada y de malhumor, pero Annie supo que era solo por la vergüenza de haberse mostrado tan vulnerable, algo que no era propio de la chica.
La había oído levantarse incluso antes de que ella lo hiciera y recorrer los tablones del suelo que crujían para preparar algo de comer y sentarse fuera, en el porche, mientras amanecía.
Había rechazado la oferta del teletransporte de corta distancia e incluso la de intentar su primera tirada de cartas del tarot, y fue entonces cuando Annie comprendió que algo iba mal de verdad.
En su lugar, parecía deseosa de dibujar.
Maeve se instaló en la mesa del comedor con sus cuadernos y lápices para dibujar con un fervor que hacía parecer que sus brazos estaban separados del resto de su cuerpo y la cabeza inclinada sobre la mesa de modo que su cabello oscuro ocultaba su trabajo.
Solo cuando volvió a incorporarse y se recostó en la silla para estirar la muñeca y observar su obra, pudo Annie vislumbrar el dibujo.
Era el mismo personaje que Maeve parecía dibujar para sentirse reconfortada: la chica de cabello oscuro que siempre aparecía en sus dibujos.
Annie se ocupó de la mantequilla y el azúcar con los que ya había empezado a trabajar mientras Maeve estaba tranquila.
En la cabaña y en el prado que la rodeaba reinaba el silencio.
Ella también se sentía ensimismada y cohibida, un poco conmocionada por la conclusión a la que había llegado sobre su futuro sin Splendidus Infernum .
Un pequeño capricho era la única respuesta posible a todo aquello.
Se sentía bien al hundir las manos en la mezcla arenosa, al hornear por placer y no bajo presión.
El tiempo parecía haberse detenido, como si observase con una pequeña y cómplice sonrisa la Cabaña Arden.
—¿Tú has dibujado eso? —preguntó Hal, deteniéndose al cruzar la casa con un cubo enorme de manzanas recién recogidas, rojas y relucientes, apoyado en el hombro.
Maeve se limitó a asentir con la cabeza, con los dedos crispados alrededor del lápiz.
Hal arqueó las cejas pidiendo permiso en silencio y, como Maeve no puso objeciones, levantó el cuaderno de bocetos y lo sostuvo hacia la ventana para admirarlo más de cerca.
—Es oficial —anunció con aspereza—. Te mandamos a la calle a ganarte el sustento, niña. Nos vas a hacer millonarios.
Maeve se sonrojó ante aquel cumplido «al estilo Hal» y soltó una risita nerviosa.
Era la primera sonrisa que mostraba en todo el día.
Había algo en la naturaleza relajada y afable de Hal que había encajado con ella tanto como con Annie.
Maeve abandonaba el secretismo en torno a su arte cada vez que él preguntaba por ello.
Hal ya había insistido en colgar sobre la chimenea el lienzo que ella había creado con su magia pictórica y le había pedido que recreara los bocetos del cielo que había dibujado entre las estrellas.
Al empezar a comprender un poco mejor su extraña y reflexiva franqueza, Annie se sentía agradecida por ella.
Parecía envolver su propia presencia, ansiosa y tensa, como una manta, para suavizar sus aristas más afiladas de un modo que no había sabido que necesitaba.
—¿Una amiga tuya? —preguntó Hal, con un golpecito en el boceto mientras se lo devolvía.
—Algo así. Supongo que sí —respondió Maeve. Él no insistió, solo hizo su característico «mmm» como respuesta. Se acomodó el cubo de manzanas de nuevo sobre el hombro y, antes de marcharse, le lanzó a Annie una mirada pensativa y persistente que la hizo detenerse.
—Deberíamos hablar —le gritó con determinación mientras salía al porche. Ella le hizo un pequeño gesto con la cabeza desde la cocina, al que él respondió con una leve inclinación de sombrero mientras se alejaba por el prado.
Annie volvió a mirar a Maeve, que golpeaba el lápiz rápidamente mientras contemplaba su obra desde todos los ángulos. La culpa sofocante que le producía darse cuenta de que el hechizo estaba causando estragos en Maeve todavía la oprimía con fuerza.
Por primera vez desde que comenzó su pacto con el Splendidus Infernum , cuando ella misma tenía la edad que su alumna, Annie había jurado no bañarse antes de acostarse.
La perspectiva de lo que se avecinaba ya la hacía sentirse un poco mal; de forma irónica, la llenaba de una ansiedad que igualaba el nivel de preocupación que solía sentir por los demás a causa del hechizo.
Las posibilidades de lo que eso podía significar en realidad, en quién podría convertirse y qué podría desmoronarse a su alrededor, eran demasiado vastas para permitirse siquiera considerarlas.
¿Quién era ella si se permitía no ser perfecta?
¿Cuál era siquiera la alternativa? Desmenuzó la mantequilla y añadió una generosa pizca extra de su tarro de canela de la serendipia.
Necesitaría toda la buena suerte posible.
—¿Qué estás preparando? —Mientras los pensamientos de Annie la transportaban a un lugar lejano, Maeve entró en la cocina y se inclinó junto a ella.
—Pastelitos de la amistad. Son principalmente para animarte, pero también pensé que podrían ser útiles para conocer a Hal un poco mejor. Todavía parece un poco misterioso, ¿no crees?
—No mucho —dijo Maeve, con los hombros encogidos.
—Ah, bueno. Quedan muy bonitas sobre un tapete, pero el glaseado es también mi mezcla de alquimia secreta para fortalecer la amistad.
Semillas del paraíso, reflejo de cuarzo rosa, leche de luna para la calma y la armonía…
—Maeve esbozó una mueca—. No te preocupes, sigue sabiendo a chocolate —explicó Annie—.
Solo ayuda a sacar a relucir el potencial de un vínculo que empieza a florecer.
Es como un libro cerrado, pero esto debería ayudar.
Ni siquiera sabemos por dónde merodea ese hechicero cada día.
—Asintió con determinación, satisfecha consigo misma por la idea.
—Yo sí lo sé —afirmó Maeve—. Va a los establos.
Annie vaciló.
—Ah, ¿sí? —Y luego volvió a dudar—: ¿Tenemos establos?
Maeve no parecía prestar demasiada atención, más concentrada en hundir una cucharita en el bol lleno de glaseado de fondant .
—¿Son como aquellos pastelitos glaseados? Los rosas son los que más me gustan.
Annie sonrió, incapaz de no tomarse aquello como un cumplido personal.
—A mí también.
Trabajaron juntas en un silencio cómodo, acompañado por la cafeína, mientras los aromas del café y del bizcocho de vainilla se entrelazaban con armonía.
De vez en cuando, Maeve soltaba alguna pregunta poco diplomática de repente.
¿Qué se sentiría al entrar en la Casa Hécate?
Miedo, pero también fascinación. ¿Cómo eran de verdad las amigas de Annie?
Divertidas. Exigentes. Impredecibles. ¿Echaba de menos a sus padres?
Cada día. ¿Iba a volver a la pastelería?
Por supuesto. Le encantaba trabajar con Faye y Pari, aunque siempre tenía que correr de un lado a otro sin parar.
Entonces, ¿por qué seguía trabajando allí?
Porque no podía empezar de cero otra vez.
«Claro que puedes», razonó Maeve. Annie no supo qué responder a eso.
—Venga, ya basta de interrogatorio por hoy —dijo Annie, con un empujoncito suave en el hombro de Maeve—. Vamos a llevarle esto al leñador-pirata-vaquero de la casa. Tú le caes mejor que yo.
Maeve arqueó una ceja con escepticismo, como si Annie hubiera dicho algo absurdo.
—Ah, ¿lo dices en serio? Entonces eres todavía menos espabilada de lo que pensaba.
—¿Espabilada respecto a qué?
Maeve resopló con desdén y luego se metió un pastelito de la amistad entero en la boca. Levantó las manos, como si fuera imposible responder con la boca llena, y se alejó hacia su obra de arte con una sonrisa.
Mientras hacía equilibrios con un platito rosa con pasteles diminutos sobre un pequeño tapete, también rosa, Annie se dirigió con cuidado hacia los establos, después de que Maeve le indicara con amabilidad que se encontraban en algún lugar entre el arroyo y…
bueno, los árboles. Annie se abrió paso por la hierba alta, soltando un chillido cada vez que sus bailarinas se topaban con un charco de barro, hasta que se rindió y utilizó un rápido hechizo para cambiarlas por sus botas rosas de agua.
Tras un pequeño encontronazo con un ejército de sapos junto al arroyo, que casi la hace echar a correr de vuelta a Londres, Annie descubrió que Maeve estaba en lo cierto.
Los establos pequeños y destartalados de la Cabaña Arden estaban bien escondidos y mimetizados con el bosque.
Situados entre los troncos de dos robles huecos y grandes hasta decir basta, los establos estaban rodeados de raíces gruesas y nudosas que formaban una especie de cerca abierta hacia el fondo del prado mientras hileras de fuegos fatuos, como llamas pequeñas, proyectaban un resplandor sobrenatural y relajante entre los abedules plateados de alrededor.
Un hermoso caballo de color marrón rojizo moteado, del tono de las castañas e idéntico al cabello de Hal, bebía con satisfacción de un arroyo cristalino que rodeaba el recinto.
Pronto encontró también al hechicero. Hal estaba repantingado en una silla de camping, con una pierna cruzada sobre la otra y el sombrero echado hacia delante, tapándole la cara.
Annie lo observó. Masticaba un trozo de manzana mientras leía un libro; después, le tendía al caballo la misma manzana para que se comiera el resto.
Parecía una rutina sincronizada a la perfección que repetían cada pocos minutos.
Cuando el semental regresó a por el siguiente bocado, Hal le acarició distraído el hocico.
La escena era tan apacible que Annie se sintió reacia a interrumpirla.
Prolongó aquel instante de calma, para apreciarlo y guardarlo en el recuerdo, antes de aclararse la garganta.