Capítulo 17. La confesión de Maeve
LA CONFESIÓN DE MAEVE
E l agua perfumada y embriagadora del baño se aferraba a la piel de Annie con una capa húmeda que le sonrojaba el rostro y le pesaba en los párpados.
Los tentáculos mojados de cabello se le pegaban a la frente, por lo que se los apartó, junto con las últimas lágrimas que le había provocado el maleficio.
La miríada de voces que le había presentado el hechizo esa noche había sido muy dura.
Todo parecía mucho más extremo allí, al aire libre, que en el baño de su casa.
Incluso así, se había asegurado de duplicar algunos ingredientes de la poción para fortalecerla todo lo posible después de que el hechizo le hubiera fallado tantas veces con Hal esa misma tarde.
Splendidus Infernum solía ser impredecible en ese sentido.
En ocasiones, los espíritus parecían más arrepentidos que de costumbre y, con Halloween a la vuelta de la esquina, su pasión se había reforzado dado que el velo entre los vivos y los muertos se volvía cada vez más fino.
Esa noche, una joven que la visitaba a menudo la había acosado; hizo que las estrellas se nublaran ante sus ojos llenos de lágrimas mientras oía sus lamentos por asuntos abrumadores sin terminar.
Su decisión más imperfecta, el corazón roto más irreparable.
Annie necesitaba arrastrarse escaleras arriba e intentar al menos dormir un poco.
Como trato para que la adolescente se metiera en la cama, le había prometido a Maeve que probarían el teletransporte a una pequeña distancia en el bosque.
Annie sospechaba que su terrible orientación, unida al mareo que el hechizo le provocaría a Maeve, resultaría en una lección desafiante.
Le reconfortaba saber que Hal estaría cerca para ayudarle a arreglar la situación si fuera necesario.
Tomó un poco de agua entre las dos manos y observó las gotas de líquido color bermellón que se filtraban entre sus dedos como el vino tinto, las pequeñas ondas que inundaban la superficie una tras otra. Aún se oía un sollozo que flotaba por el aire del claro. Era un sonido infantil y afligido.
Annie tardó un segundo en entender entre la neblina somnolienta del hechizo que el llanto no era residual de los espíritus visitantes, sino que procedía del interior de la cabaña y se colaba por una ventana abierta.
Annie nunca había salido tan rápido del baño.
Tomó el camisón, se lo enfundó y corrió dentro, con algún resbalón por culpa de los pies descalzos mientras se encaminaba a la cabaña para entrar en la habitación de Maeve.
—Maeve, ¿qué pasa?
La adolescente estaba sentada en la cama con la espalda rígida contra el cabecero, abrazada a las piernas, con la frente sobre las rodillas.
El crepitar de una magia rebelde se aferraba al pijama y a su coronilla, y agitó una mano para deshacerse de las chispas al darse cuenta de que Annie la había descubierto.
Levantó la mirada con los ojos tan hinchados como los de su mentora.
—No quería contártelo. —Su voz no se parecía a la de Maeve. Reflejaba miedo.
—Puedes decirme cualquier cosa —contestó Annie por instinto, a la vez que se apresuraba al borde de la cama y le tendía una mano a la chica, quien la aceptó agradecida.
—Hay alguien aquí.
Annie negó con la cabeza.
—¿Has tenido una pesadilla? Hal está dormido en el sofá, ¿recuerdas? Seguro que lo has oído moverse.
Maeve se secó los ojos con el dorso de la mano y se sorbió la nariz.
—No es Hal ni eres tú. Siento… siento algo, Annie. En este sitio.
Al otro lado del cuarto, alguien se aclaró la garganta con un gruñido. Hal estaba apoyado en el umbral.
—Perdonad, no quería interrumpir. He oído que se abría la puerta trasera de golpe y quería asegurarme de que las dos estabais bien. ¿Preferís que me vaya?
Annie le dedicó una media sonrisa de agradecimiento, pero se giró hacia Maeve para permitirle tomar la decisión. La chica negó con la cabeza.
—Puedes quedarte. Quizá sepas algo.
Annie le frotó el antebrazo, que todavía le envolvía las piernas.
—¿Puedes intentar explicarnos qué sientes?
Maeve se mostró reticente a contestar, pero respiró hondo.
—Sé que va a parecer que estoy loca. Por eso no quería decir nada, pero… siento algo. Por la noche. Todas las noches. Desde que llegamos.
—Debías habérmelo dicho —replicó Annie, y estrechó a Maeve contra su pecho sin hacer más preguntas—. Siento que lo hayas tenido que soportar tú sola.
La chica apoyó la cabeza contra su hombro.
—Alguien… o quizá más de una persona… no me deja dormir por la noche y me pone de los nervios. —Parecía frustrada, molesta consigo misma por haber permitido que la afectara—. Tan pronto como nos vamos a la cama, siento náuseas. —Musitó la última parte como si le avergonzara admitirlo.
—¿Desde cuándo? —preguntó Annie.
—Lo noté desde que entramos por la puerta principal por primera vez, como si mi instinto se aguzara de repente. Fue como si me cayera un cubo de agua fría encima.
Annie recordó su llegada a la Cabaña Arden.
La visión inesperada que las había recibido la había distraído, aunque no lo suficiente como para pasar por alto el estremecimiento que había recorrido el cuerpo de Maeve en cuanto había cruzado el umbral.
Sus cambios repentinos e impredecibles de humor.
Las súplicas constantes por quedarse despierta lo más tarde posible.
Annie había supuesto que era el comportamiento habitual de cualquier adolescente, pero quizá había en juego algo más siniestro.
—Pensaba que te gustaba estar aquí. Lo siento mucho, Maeve.
—¡Me encanta! Aquí estoy muy feliz, al menos durante el día. He intentado ignorarlo y decirme a mí misma que son cosas de cría estúpida, pero no desaparece. Los oigo y los siento. A todas horas. Como una presencia o algo así. —Los brazos de Maeve se tensaron alrededor de sus piernas aún más.
—¿Oyes a alguien? ¿Te habla? —preguntó Hal, con la curiosidad y la preocupación perceptibles en su voz, cuando se acercó varios pasos a la cama.
Maeve asintió. Luego, se colocó el pelo tras la oreja para mirar a Annie en busca de consuelo, como si intentara entender si la estaban tomando en serio o no, si era un lugar seguro para mostrarse sincera y vulnerable.
—Sí, los oigo —afirmó—. A veces, siento que están cerca también por el día.
Y esta noche, por primera vez, juraría… juraría que he visto a alguien sentado en el extremo de la cama.
Como si se volviera más fuerte. Justo donde estás sentada tú, Annie.
Siempre ocurre a la misma hora —musitó—. Justo después de medianoche.
Annie notó cómo el hielo fluía por sus venas, pero el rostro se le tornó incandescente. Una coincidencia. Debía serlo.
De ninguna manera podría sentir Maeve las repercusiones del hechizo, un encantamiento con el que no tenía nada que ver y que Annie usaba sin ninguna intención malévola contra ella.
Splendidus Infernum estaba ligado a una rutina de Nigromancia ensayada de manera inmaculada que había perfeccionado tras años y años de disciplina y reglas.
Era imposible que interfiriese donde no era bienvenido.
—Solo es tu magia asentándose —contestó Hal con calma—. Al principio, actúa de manera extraña. Tener quince años ya es bastante duro la mayoría de las veces, niña, pero al añadir magia a la mezcla es inevitable que sea perturbador.
—Creo que es algo más. Hay una brisa que se cuela por la ventana desde el jardín y se me pega a la piel, incluso cuando estoy bajo las sábanas.
Cada medianoche. No consigo desprenderme de ella.
Hace que me sienta fatal, como si no fuera a ser feliz nunca más.
Lo único que hacen es decirme lo mucho que sienten los errores que han cometido.
Es agotador —confesó Maeve, mientras tiraba de un hilo de la colcha—. No he dormido mucho estos últimos días.
Entonces, era cierto. Annie no lograba sostenerle la mirada a ninguno de los dos.
Los pensamientos se le retorcían en formas inciertas.
Siempre había tenido cuidado de no elaborar la poción en entornos desconocidos.
Y, dado todo lo que Hal había advertido sobre los poderes de Maeve apenas unas horas después de conocerla, tendría sentido de una manera desafortunada que la adolescente atrajera elementos de la propia magia de Annie como si fuera un imán, lo que quizá incluyera espíritus arrepentidos y atormentados procedentes de su acuerdo con el Splendidus Infernum .
—Suena fatal, Maeve —se compadeció Annie, a la vez que tragaba con fuerza un pánico tan sólido que las palabras se le escaparon, ahogadas y graves. La culpa, oscura y sombría, le provocó náuseas—. Lo siento mucho.
Le sostuvo la mirada a Hal, quien la estaba contemplando con los ojos verdes entornados.
¿Intuía que ella sabía algo más? Era imposible.
El hechizo le aseguraba que sus palabras siempre le parecieran creíbles y reconfortantes.
Con Hal, el maleficio se ocupaba del peso de su secreto y lo mantenía escondido.
—Soy feliz, de verdad. Me lo estoy pasando muy bien aquí —añadió rápido Maeve—, pero esta sensación que siento cada noche lo estropea.
Además, cuando los murmullos se detienen y puedo dormirme por fin, me paso todo el día con la sensación de que intento recordar un sueño.
Lo único que me viene a la mente es la tristeza de sus voces, y se queda conmigo a todas horas.
—Eres muy valiente al contárnoslo —la reconfortó Hal, con la voz grave cargada de ternura—.
Sin embargo, te prometo que este lugar es seguro.
Hay muchos encantamientos protectores alrededor de la Cabaña Arden.
Suelen mantener alejados a los demás porque, bueno…
, odio a la gente, pero también a cualquier tipo de magia negra.
Siempre me mantengo atento a lo que pasa por aquí —continuó, con la mirada clavada en Annie.
Maeve se encogió de hombros y tiró de las mangas del pijama.
—Como he dicho, no entiendo qué es. ¿Creéis que este sitio está encantado o algo? Sería muy guay.
—Nadie te atormentará mientras yo esté presente, niña. —Hal le dedicó un guiño a Maeve.
Annie esbozó una tenue sonrisa y le colocó una mano tranquilizadora sobre el puño con el que Maeve no dejaba de tirar de los hilos de la manta.
—¿Vais a hacer que me vaya? —musitó. Parecía que se estuviera retando a preguntar algo así, a prepararse para escuchar una respuesta que no deseaba. Annie sintió que la aprensión de Maeve se replegaba sobre sí misma como un corsé en torno a sus costillas.
—No voy a obligarte a hacer nada que no quieras —aseguró Annie—. Por favor, no te preocupes por eso, ¿vale? Déjamelo a mí. Ya me encargo yo de inquietarme por las dos.
—¿Y qué tal si lo hago yo por los tres? —añadió Hal.
Annie sabía lo que significaba la revelación de Maeve.
Una idea aterradora se había cimentado en su mente y entendió lo que debía hacer.
Tendría que dejarlo. Después de haberle dado el control de cualquier aspecto de su vida durante tantos años, de haberle permitido que manipulara las cuerdas como un titiritero, de depender de él para alcanzar el culmen del perfeccionismo con el que mantener a todos felices… , tendría que renunciar al hechizo.