Capítulo 16. Más brillante #2
—Es muy distinto estar con personas de las que no tengo que desconfiar.
Siento que a veces cuidáis de mí, aunque se suponía que debía ser yo quien se encargara de esa tarea.
Por aquí no tengo que moverme con pies de plomo.
—Annie intentó soltar una carcajada mientras lo decía.
Mantuvo los ojos fijos en el fregadero, lleno de burbujas.
Hal también parecía fascinado de una manera poco habitual por su plato ya seco.
—Diría que es lo menos que te mereces. —Se produjo una breve pausa entre los dos antes de que continuara—: Y puedes moverte por donde quieras y con toda la fuerza que desees en mi casa.
Aunque mi compañera de piso es bastante estricta, así que deberías quitarte primero las botas.
—Annie le lanzó un puñado de burbujas jabonosas y él no tardó en devolverle el ataque—.
Las reglas son las reglas. Yo solo soy el inquilino.
Annie se echó a reír.
—Mi amiga Vivienne dijo una vez que, si me encontrara en una situación sin reglas, inventaría alguna para sentirme mejor.
Hal pareció sorprendido.
—¿Vivienne? ¿Vivienne Cinder?
—¿La conoces?
—Para nada. Hice mi misión personal asegurarme de no juntarme nunca con ella después de que me preguntara si era el mozo de cuadra en su ceremonia de Obscuración.
Me exigió que le pidiera un taxi, un té sin azúcar y que hiciera algo para arreglar la corriente que había en el vestíbulo.
Una corriente… en una sede antigua, mágica y subterránea —dijo con expresión neutra.
Annie se estremeció y le dedicó una sonrisa de disculpa en nombre de Vivienne.
—No creo que mis amigos brujos fueran de tu agrado. Sus vidas son muy distintas a la tuya. —Se echó a reír, pero el comentario fue como dejar caer un cristal al suelo. En cuanto oyó las palabras, odió lo que parecían implicar.
Hal se aclaró la garganta y se centró de inmediato en la bandeja, cuya superficie ya había secado centímetro a centímetro.
—Supongo.
—Mmm —contestó Annie con una sonrisa serena en el rostro para no revelar sus ganas de llevarse una mano mojada a la frente.
Al darse cuenta de que su observación no había sido acertada, una losa se le instaló en el pecho.
El hechizo había fallado y había dejado de funcionar, toda la magia en el aire tras el día de encantamientos estaba afectando a su equilibrio—.
No son mejores ni peores —farfulló, desesperada por disipar la incomodidad que había creado sin querer—.
Solo diferentes. No entenderían qué te atrae de este lugar.
—¿Tan malo es?
—Ah, no, para nada. —Annie titubeó—. Solo digo que… Bueno, tú y yo somos casi opuestos, ¿no? Es gracioso. No pegamos. Es raro incluso que estemos en el mismo sitio, tan cerca el uno del otro.
—Claro. —Hal tragó saliva—. Es cierto.
Las salpicaduras de agua contra los lados del fregadero y el suave olfateo de alguna criatura en el porche fueron los únicos sonidos que se oyeron hasta que Hal volvió a hablar.
—Sin embargo, te ha venido bien este cambio de ritmo, estar aquí conmigo y la cría.
Necesitabas un descanso, pero te alegrará volver a tu mundo de brillantina —espetó con brusquedad.
Annie negó con la cabeza mientras colocaba una bandeja en el escurreplatos y se desprendía de las burbujas de las manos.
—Hal, no quería que sonara así. Este lugar es muy especial. Parece salvaje y es precioso. Es mi mayor aventura. Bueno, la única, pero…
—Pero no es tan bonito y refinado como para cumplir tus estándares.
Ningún candelabro ni torres de champán burbujeante, ningún fuego artificial, excepto cuando algo explota de forma accidental en el caldero mientras cocino…
o si la cría tiene algo que ver con él. —Hal soltó una carcajada entre dientes—.
Tu mundo es mucho más brillante que este sitio. Necesitas todas esas cosas.
Annie lo estudió con atención, dejando de lado los platos.
—¿Eso crees?
—Es lo que parece.
En privado, Annie había empezado a preguntarse durante los últimos días si era así de verdad.
Su vida había sido una serie de caminos marcados y encerados para llevarla a habitaciones resplandecientes.
Había supuesto que ese era su sitio. Pero desde que había llegado a la Cabaña Arden, apenas había sentido una pizca de nostalgia por cualquier aspecto de ese mundo.
—Lo estoy haciendo bien, ¿no? —preguntó, dubitativa—. Sí, quizá me sorprendiera descubrir que debía cruzar un riachuelo para llegar al baño, pero… me quedé, me estoy enfrentando a todo esto.
—Vas genial, sobre todo con Maeve —la animó Hal con una sonrisa de resignación—. Pero tú también te irás —añadió—, como deberías hacer, porque te mereces lo mejor. —Se sorbió la nariz—. Sería como mantener a un cisne en un gallinero —gruñó para sí, lo que hizo que Annie se echara a reír.
—Estoy descubriendo que tu mundo tiene su propio tipo de brillo —susurró. Se produjo un segundo de pausa en el que Annie trató de averiguar qué decir a continuación. ¿Por qué el hechizo no estaba encargándose de ese momento tan lioso y complicado?
—¿Te imaginas dejarlo todo atrás, empezar de cero?
—preguntó Hal, estudiándola con ternura en los ojos.
Deseó que el hechizo diera el siguiente movimiento, formulara la respuesta correcta, la contestación adecuada, pero no se le ocurrió nada.
Se quedó en blanco. ¿Por qué fallaba? Annie abrió los labios antes incluso de saber qué decir, pero Maeve apareció tras la esquina de la cocina.
A la vez, Hal y Annie se separaron unos pasos.
—Annie, Karma no aparta la cabezota de mi tarta de crema —gimió Maeve, con el plato de aperitivos a un brazo de distancia—.
La llevo guardando desde el desayuno para comérmela en la cama mientras dibujaba y…
Ah. —Maeve retrocedió, con la gata colgada del hombro, al mismo tiempo que le presionaba la pata contra la cara para tratar de robarle el dulce con su propio hocico peludo—.
Perdonad. No me había dado cuenta de que interrumpía algo.
—No, nunca. Claro que no. Por supuesto que no. Para nada —replicó Annie, frenética. Se dio media vuelta para apoyarse en el fregadero, lo que hizo trizas el momento. Su rostro se había tornado tan brillante como sus pantuflas fucsia. Incluso Karma se había quedado inmóvil al sentir la tensión.
—Nos estamos quedando sin leña para la chimenea.
Será mejor que corte todo lo que pueda —musitó Hal como excusa y acarició las coronillas de Karma y Maeve al pasar arrastrando los pies.
Tomó la chaqueta del gancho y la puerta principal se cerró de golpe tras él antes de que Annie pudiera preguntarle si necesitaba ayuda.
Sin embargo, si se paraba a pensarlo, tenían mucha leña. Annie recordaba haberle visto cortarla a primera hora de la tarde. Había sido una gran distracción.