Capítulo 16. Más brillante
MÁS brILLANTE
P ronto, el trío inesperado de la Cabaña Arden vio cómo llegaba mediados de octubre y los tres establecieron una rutina cómoda y agradable.
El primer vértice del triángulo era un dulce azucarado, el segundo, unos ojos en blanco y cortinas de pelo oscuro y el tercero, gruñidos constantes y desaliño.
Pero todos debían admitir que la combinación de optimismo y positividad aportados por Annie, la determinación y franqueza sin límites, contribución de Maeve, y la presencia calmante de Hal parecían procurar el equilibrio perfecto que unos necesitaban de otros.
Como si fueran pociones maravillosas, cada ingrediente encerraba un poder limitado, pero juntos producían algo mágico de forma asombrosa.
Tras una ardua jornada de sumergirse en los niveles más profundos de la teoría de los Encantamientos (ardua solo porque Maeve no dejaba de hacerle a Annie preguntas muy complejas para las que su mentora no tenía respuesta), la confianza de Maeve resplandecía con fuerza.
Después de lograr invocar un fuego de forma voluntaria por primera vez en su vida al usar una ligera voluta de Ignis Candela para iluminar todas las velas de la cabaña, en lugar de permitir que la guiara su temperamento explosivo, Annie declaró que era un progreso que debían celebrar.
Durante todo el día, había estado soñando con un asado enorme para cenar, seguido de un postre espectacular, y dejó que su magia fluyera con libertad por la cocina.
Annie tarareaba en los fuegos con la radio puesta mientras las chispas revoloteaban para mantener las cucharas en movimiento dentro de los cazos y las bandejas se deslizaban dentro del horno, a la vez que una olla de sidra de manzana especiada hervía a su lado.
Un olor maravilloso a calabaza asada y verduras glaseadas con sirope de arce inundaba la cabaña junto con el suave humo amaderado de la chimenea.
Los tres se sentaron juntos a la mesa (Hal solo pudo unirse cuando se hubo aseado de la cabeza a los pies debido a la insistencia de Annie de que no se acercaría al mantel blanco si no lo hacía) y se abalanzaron sobre las bandejas a rebosar.
Estaban llenas de zanahorias con hierbas, cubiertas de un dulce glaseado brillante, patatas asadas doradas que crujían al clavarles un cuchillo y una salsa densa y oscura con la consistencia perfecta.
Esa última había sido contribución de Hal, quien se había empeñado en que no confiaba en que nadie más la hiciera bien, ni siquiera Annie.
Maeve había estado involucrada en la importante tarea de usar su fuego brujeril recién dominado para quemar algunas nubes de chuche que habían añadido a la tarta.
—No voy a volver a comer en mi vida —dijo Hal, reclinándose en la silla y acariciándose el estómago tras la cena.
—¿Postre? —preguntó Annie, alegre.
—Bueno, venga.
Incapaz de reprimir una sonrisa radiante al saber que se sentiría orgullosa por lo que había hecho, Annie fue a buscar la obra maestra en la que había empleado horas y con la que había agotado su magia.
Se trataba de una imponente tarta de chocolate tan alta que se balanceó cuando levitó hacia la mesa.
El cacao del color de la medianoche estaba decorado con un glaseado tan delicado y elaborado que Maeve declaró que debía considerarse la mejor obra de Annie.
Remolinos de crema de mantequilla de un profundo púrpura caían en cascada desde cada piso y unas flores comestibles encantadas brotaban una a una en cada borde.
Las estrellas de chocolate en miniatura, un tributo al exitoso hechizo de Maeve con la luz de las estrellas, salpicaban la parte superior y rodeaban un caldero encantado de chocolate del que surgía un río aterciopelado de cálido chocolate blanco.
Solo para añadir un toque extra, calabazas diminutas de chocolate adornaban el último piso, donde las nubes quemadas por la mano experta de Maeve se habían convertido en pequeños fantasmas perfectos.
—¿Es demasiado? —preguntó Annie, algo cohibida de repente. Maeve ya se abalanzaba sobre la tarta para servirse un trozo, con el ceño fruncido por la presión de hacer el primer corte.
—Nunca —contestó Hal, quien pareció estupefacto durante unos segundos al asimilar toda la situación, aunque no por ello menos impresionado. Annie le dedicó una sonrisa tímida de aprecio por su respuesta.
Más tarde, todos le daban sorbos a un café solo mientras se quitaban de los dedos los restos del chocolate.
—Ahora entiendo por qué esa pastelería tuya tiene tanto éxito.
Y por qué todos en la Casa Hécate se pelean por quedarse con las sobras —comentó Hal mientras tiraba de la servilleta que se había atado al cuello y la convertía en una bola sobre la mesa, derrotado—.
Seguro que tus amigos no dejan de autoinvitarse a casa para probar todo lo que cocinas.
Annie soltó una suave carcajada.
—Mis amigas no brujas me acompañan mientras horneo. Y los demás… no están tan convencidos.
—Pues vaya —farfulló el hombre, dándole su propia interpretación al silencio incómodo cuando Annie no dijo nada más—. No saben la suerte que tienen, ¿no? —Se rascó la barba y evitó sostenerle la mirada a toda costa.
Maeve fue la primera en abandonar la mesa.
—Lo mejor de Annie hasta el momento —afirmó mientras utilizaba su magia para apilar los platos de la tarta.
Su mentora se sonrojó con fuerza, pero le dedicó una ronda de aplausos, encantada, porque hubiera usado un hechizo de levitación sin problemas.
Incluso Hal le dedicó un «Nada mal, niña» antes de que Maeve se disculpara y se encerrara con sus lápices, blocs de dibujo, Karma y, por increíble que pareciera, un plato de aperitivos.
Annie y Hal comenzaron a despejar el resto de la mesa sin hablar demasiado hasta que se encontraron de pie ante el fregadero, juntos e incómodos.
—Tú lavas, yo seco —musitó Hal. Annie no estaba del todo segura de por qué habían decidido seguir uno al lado del otro, limpiando la vajilla, cuando se había demostrado que por estadística lavar los platos era el uso más común de la magia.
Lo único que sabía era que sentía calma.
Seguridad. ¿Estaba… relajada? La impactante idea acabó de inmediato con esa posibilidad porque una tensión descontrolada se le posó en la espalda ante el pensamiento.
—La cría parece feliz —comentó Hal—. Nunca he conocido a nadie como ella. O como tú, la verdad.
—Podría decir lo mismo de ti. —Annie se echó a reír—. Está encontrando su lugar. Es divertido estar con alguien que ve lo que hay más allá.
—¿Más allá de qué? —preguntó Hal. Durante una milésima de segundo, Annie casi se atrevió a contarlo, a confesarlo, a sacar a la luz su secreto más oscuro: que el Splendidus Infernum lo controlaba todo, fuera lo que fuese.
—De nada. En ese sentido, tú eres igual. Los dos parecéis estar a gusto aquí —dijo, deseosa de cambiar de conversación—. Llevo un tiempo pensando en preguntártelo: ¿cómo acabaste en esta cabaña? Está en mitad de la nada, con la única compañía de los animales.
Hal se echó a reír.
—Dan buena conversación. —Al ver que Annie esperaba una respuesta de verdad, soltó un suspiro—.
Mi padre murió hace unos años. Lo era todo para mí.
Me mantenía alerta, pendiente de él y de su corazón roto tras la pérdida de mi madre.
Entonces, cuando él también se fue, sentí la necesidad de empezar de cero, de entender qué me venía bien, por primera vez en mucho tiempo.
Ralentizó el movimiento del trapo sobre el plato que estaba secando. Luego, se aclaró la garganta para recomponerse.
—Me gusta la paz que hay aquí. Se puede pensar y vivir con calma.
Y los animales se alegran de tenerme cerca, lo que no siempre me pasa con humanos.
Este lugar me llamó desde el principio. El claro se encuentra en un cruce de líneas místicas, por lo que hay una magia potente en el aire, lo que significa…
—Que tienes tu propia colección mágica de bestias —canturreó Annie.
—Exacto. Me siento más en casa cuando el cielo se extiende sobre mi cabeza y el terreno bajo mis pies es sólido.
Puedo seguir con mi investigación, rodearme de todas estas criaturas increíbles.
Es más seguro que siga aquí si alguna vez traigo alguna bestia impredecible tras un viaje.
Y puedo irme durante mucho tiempo con la seguridad de que nadie va a aparecer en mi puerta…
Al menos, hasta que llegasteis vosotras.
Le dedicó una mirada de soslayo y Annie esbozó una sonrisa tímida que hizo que Hal perdiera su hilo de pensamiento.
—¿Sabes? Es una pena que tus condenados amigos no sepan apreciarte como deberían.
Las manos de Annie se quedaron inmóviles por voluntad propia, aún llenas de espuma. Hizo todo lo posible por disculparlos.
—Sí que lo hacen, sé que es así. Hay distintas partes de mi vida que existen en secciones diferentes y es mejor que sigan así.
—Secciones, ¿eh? ¿Y qué sección te gusta más?
—Quizá mi tiempo en la Casa Hécate. Aunque, a decir verdad, me someto a mucha presión allí porque siempre intento impresionar al aquelarre…
O en la pastelería… Bueno, en realidad, ahí también me presiono demasiado.
Quizá la noche de chicas, entonces, aunque pueden ser un poco…
—Interrumpió el balbuceo—. Lo que te puedo asegurar es que no es mi vida amorosa.
—Parece que no hay nada que te cause demasiada felicidad estos días, ¿no? —dijo Hal, mientras tiraba del extremo húmedo de la manga antes de lanzarle una nueva mirada.
—Las últimas dos semanas han sido la primera vez en mucho tiempo que he sentido algo similar a la felicidad real, creo. Me siento… libre.
La confesión se derramó de entre sus labios tan rápido que Annie juraría que había notado cómo el hechizo se encogía, algo sorprendido por no haber podido filtrar sus palabras, como si le hubiera arrebatado el permiso.
Las conversaciones en la Cabaña Arden no dejaban de pillarla con la guardia baja de una manera que no creía posible.