Capítulo 15. Secretos en plata #3
—Pero quiero quedarme aquí —se quejó Maeve con una chispa de vulnerabilidad en la voz que no duró, reemplazada enseguida por confianza—.
¿Me estás diciendo que un aquelarre mágico estaría encantado de saber que una chica de quince años tiene poderes extraordinarios?
¿Que se alegraría por mí y querría ayudarme a canalizarlos y probarlos todo lo que quisiera?
—Maeve negó con la cabeza, como si sintiera lástima por la mentalidad inocente de Annie—.
Sí, eso es lo que ocurre siempre en historias como la mía, ¿no?
Todo les sale bien a los raritos, ¿verdad?
Al oír la propuesta en voz alta, Annie hizo una pausa.
Le frustró comprobar que Hal estaba de acuerdo al ver su ceja arqueada.
En teoría, había permanecido en silencio, pero se había incorporado sobre los codos.
Annie podía oír con exactitud lo que trataba de decir sin escoger un bando en asuntos que no le atañían: «La cría tiene razón».
Lo miró y chasqueó la lengua, a pesar de que el hombre no había pronunciado ninguna palabra en voz alta.
—Sé que Morena querrá conocer lo maravillosa que eres —insistió Annie, persuasiva.
—Morena nunca va a considerar que algo es maravilloso —intervino Hal—.
Excepto las técnicas de tortura medieval, quizá.
Me contó una vez que le encantaría verme atrapado en un cepo de madera.
—Annie le dedicó una mirada que hizo que arqueara las cejas, inocente.
Tomó el sombrero vaquero y se lo colocó sobre la cara mientras se reclinaba, resignado—. Vale, ya me callo.
Seguro que el aquelarre quería oír lo que había descubierto sobre Maeve, pero Annie pensó con una sensación inquietante que la Sortiedad también esperaría que le compartiera esa información.
La idea hizo que se pusiera en tensión y una extraña oleada de náuseas se apoderó de ella ante la posibilidad.
—Lo que no entiendo es por qué es asunto suyo —replicó Maeve, malhumorada—. Yo no lo compartiría, al menos, todavía no.
Annie reflexionó sobre la predicción de Maeve y Hal, la posibilidad de que el aquelarre no se emocionara tanto como ella pensaba y no aplaudiera a su prometedora protegida.
Que, en su lugar, no se deleitara lo más mínimo con tal chispa de potencial.
La comunidad de brujos y hechiceros más mayores tal vez se sintiera amenazada y preocupada.
Maeve no sería más que una señal de alarma.
Selcouth siempre había dejado cristalino lo poco que le gustaban las anomalías en el sistema, y los desajustes en el uso de la magia siempre llevaban a debates intensos y polémicos.
Annie incluso había oído relatos de personas a las que les habían arrebatado los poderes.
«Atención indeseada, extrañezas, anomalías… A Selcouth no le gustan esas cosas». Nunca había sido algo que se hubiera planteado, pero la determinación del aquelarre por limitar esos aspectos no era atrevida ni valiente. Quizá se trataba más bien de cobardía.
Annie pensó en lo que había visto hacer a Maeve con su magia.
Cosas maravillosas. Preciosas. Impresionantes.
Llenas de color y vida, juventud y alegría.
Y las posibilidades que parecía albergar, tantas que burbujeaban y se derramaban, azucaradas y descontroladas.
La magia de Maeve era demasiado especial para permitir que se apoderaran de ella, justo cuando empezaba a convertirse en algo bonito.
Y lo mismo podía decirse de Glory y la Sortiedad.
Algo en el interior de Annie le informó de que, si alguna vez iba a romper las reglas, tal vez ese era el momento de intentarlo, de ir contra todo lo que se suponía que debía hacer, de elegir lo que a ella le parecía lo correcto.
También contaba con Hal, un hechicero respetado y con talento que podría ayudarla.
Y la adolescente siempre le decía que dejara de agradar a todo el mundo.
Quizá la cría…, Maeve, la consiguiera convencer de hacerlo por fin.
Annie dejó escapar un suspiro profundo y reconfortante. Hacer las cosas mal por una vez en su vida la empujó a sentirse bien de una manera sorprendente.
—Tu secreto está a salvo con nosotros —dijo antes de estrechar a Maeve contra sí.
Notó cómo el alivio destensaba los hombros de la chica, la única señal que Annie necesitaba para sentirse cómoda con su decisión.
Al menos, por el momento. Era lo bastante hábil como para controlar la magia de Maeve, siempre y cuando la adolescente permaneciera en un lugar donde se sintiera relajada y confiada.
Podían bajar el ritmo, tomarse tiempo para aprender más sobre el tema, entender su naturaleza antes de que el aquelarre irrumpiera en sus vidas.
Hal dejó escapar un gemido triunfal de satisfacción y, sin quitarse el sombrero de la cara, le tendió la mano a Annie para que le chocara los cinco.
El sonido penetró en la calma y trajo consigo una idea repentina y apremiante que se coló en el cerebro de Annie.
La luna flotaba pesada sobre sus cabezas como un péndulo elegante en un reloj celestial. No sería tan tarde, ¿no?
—¿Qué hora es? —preguntó Annie, temblorosa, a la vez que tragaba saliva con dificultad.
—Algo más de medianoche a juzgar por la luna —supuso Hal, quien levantó el sombrero para observarla con los ojos entornados en mitad de la oscuridad. Los tres solo tenían un lado de la cara iluminado por los farolillos del porche—. ¿Por qué?
Annie se puso en pie de un salto y derramó la bebida sobre los últimos picatostes antes de quitarse frenética las briznas de hierba seca del vaquero. Se giró hacia Hal y Maeve, casi sin asimilar sus expresiones de perplejidad.
—Tengo que darme un baño.
—No hueles tan mal —dijo Maeve.
—No, no, no lo entiendes. Es… —Annie tartamudeó, sin encontrar las palabras, con una mano en la frente—.
Esta noche me toca lavarme el pelo. ¡Claro!
No puedo alterar mi rutina —insistió demasiado alto, y siguió las palabras con una ligera risa histérica cuando se giró para echar a correr.
Vio que Maeve y Hal se miraban de soslayo, aturdidos, pero no tenía tiempo para aquello.
Volvió corriendo junto al mantel—. De hecho, ya hace rato que ha pasado la hora de irse a la cama. Vamos dentro, todos.
Mientras Annie los empujaba hacia el interior de la cabaña, arrancó un puñado de dientes de león que crecían en la parte delantera del porche.
Estaba bastante segura de que los dientes de león tendrían algunas cualidades que merecerían la pena, ¿no?
Al menos, mantendrían una digestión perfecta.
Le servirían para el hechizo de aquella noche.
Ya se había atenuado un poco, a juzgar por las decisiones apresuradas que la habían empujado a ser audaz y actuar mal.
No podía dejar que siguiera desvaneciéndose.