Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 15. Secretos en plata #2
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Capítulo 15. Secretos en plata #2

—Creo que esta idea va más con tu estilo. Maeve, quiero que aproveches las estrellas —contestó Annie, que intentaba mantener una expresión impasible, aunque el corazón le dio un vuelco, emocionado, cuando advirtió la manera en la que se le iluminó la cara a la adolescente.

—¿Las estrellas? ¿Te refieres a las estrellas de verdad? ¿Cómo…? ¿Qué…? Supongo que suena bastante guay —dijo Maeve con una sonrisa gigantesca que casi le dividió la cara en dos.

Las dos brujas se tumbaron bocarriba, una al lado de la otra, en el mantel, con Karma envuelta alrededor del cuello de la chica como si quisiera incordiar tanto como le fuera posible.

Cuando la noche llegó a su punto álgido, con su extenso y complejo patrón de cielo color zafiro, Annie le entregó a Maeve un lápiz.

—Lo he sacado de tu estuche.

—¿Sí? No lo reconozco.

—Vale, quizá lo haya vuelto rosa. Pero ha sido un efecto secundario accidental del encantamiento, lo prometo. He encerrado en su interior un hechizo de Caelum Adambratio para comenzar, para encerrar la luz de las estrellas, pura y plateada, en la punta. Ahora lo único que tienes que hacer es…

Annie estiró la mano hacia el cielo y, sobre la oscuridad, intentó hacer un esbozo rápido y terrible de sí misma, lo que la avergonzó, aunque se esforzó para que no fuera así. Cada vez que movía el lápiz, trazaba una línea de plata para grabar su retrato en el cielo.

—Como es obvio, se me da fatal. Ni lo mires. Pero tengo la sensación de que estás a punto de hacer algo maravilloso.

Sin dudarlo, deleitada con la idea, Maeve tomó el lápiz y se pasó las horas siguientes uniendo los puntos celestiales para pintar el lienzo nocturno con sus propias ilustraciones.

Al descubrir una alineación de estrellas, lunas y planetas mientras dibujaba, las constelaciones parecían cobrar vida.

Maeve llenó cada centímetro de aquel vasto espacio con sus dibujos, perdida en su mundo tanto como en el cielo.

—¿Cómo funciona? Es increíble —se maravilló Maeve antes de sacar la lengua para concentrarse en el esbozo.

—Ingenioso, ¿eh? —dijo Annie, encantada consigo misma por haber encontrado algo que mostrara tan bien la naturaleza de la magia de Maeve—.

Si la bruja así lo decide, puede transmitirle sus poderes a un objeto.

Quizá desee hacerlo por muchas razones distintas, tal vez para dejarles un ápice de protección a sus seres queridos cuando cruce el velo o si pretende utilizar una varita, en lugar de hacer gestos físicos.

Por supuesto, esos usos son más permanentes, pero también pueden ser temporales.

—Como la otra noche, cuando llegó Hal y moviste la cuchara de madera de aquí para allá.

Annie se sonrojó.

—Exacto, aunque no pretendía encantar la cuchara de madera.

Quizá no fuera la mejor decisión, pero me dejé llevar por el momento y mi magia se coló en ella.

En tu caso, estás usando la magia de las estrellas, que se restituirá cuando hayas terminado, pero de esta forma el lápiz se convierte en una especie de varita con la que canalizar dicha magia.

Me pareció muy adecuado para ti, con tus muchos talentos.

Sin embargo, tengo que decir que es una magia complicada y no esperaba que le pillaras el truco con tanta facilidad.

Las estrellas parecían susurrarle historias a Maeve, al mismo tiempo que sus bosquejos de plata líquida y magia decoraban el cielo como filigranas.

Annie podría haber estallado de orgullo al ver cómo las habían unido los hechizos y el arte de la chica.

Vibraba al darse cuenta de que aquello confirmaba su sospecha de que la magia de Maeve era un tesoro único y prometedor.

Por fin, Hal regresó.

—Me preguntaba si vosotras dos seríais las responsables de esas obras de arte —comentó, asombrado, mientras dejaba caer el petate al suelo para unirse a ellas.

Se tumbó en la hierba, con las dos manos tras la cabeza, para ver cómo Maeve terminaba un dibujo impresionante de Karma luchando contra una pelota de hilo que se desprendía del Cinturón de Orión.

—No puedo atribuirme ningún mérito. Lo ha hecho todo Maeve —dijo Annie, feliz de observar cómo el rastro de plata del lápiz cruzaba el cielo sobre su cabeza como una estrella fugaz.

Los tres no habían tardado en disfrutar de la compañía que se ofrecían.

Annie fue la que más se sorprendió al descubrir que se sentía, quizá no relajada, pero al menos un diez por ciento más tranquila ante la presencia reconfortante de Hal.

Casi todos los hombres con los que se había encontrado en su vida la habían hecho sentir lo opuesto: incómoda, rígida y muy cohibida.

Pero la aliviaba y la emocionaba ver que volvía a la seguridad de la cabaña, como prometía cada mañana.

Además, suponía que cualquier hombre que permitiera que Karma se sentara en su cabeza como un gorro ruso era un hechicero bastante decente.

Mientras Maeve estaba distraída con un complejo retrato de ellos cuatro entre las estrellas, Annie se percató de que Hal trataba de llamar su atención en silencio, con las cejas arqueadas y los ojos muy abiertos.

Le resultó fácil entender lo que significaba, incluso antes de que articulara las palabras «esta cría» con un guiño que pretendía ser alentador, pero que hizo que Annie se sintiera agitada, como si su estómago se comiera a sí mismo.

La estaba animando a sacar el tema con Maeve.

Desde que Hal había dicho que era «la elegida», Annie había evitado adrede la posibilidad de tener una conversación sincera con Maeve sobre las cualidades magnéticas y extrañas que su magia parecía revelar.

A primera vista, sería una locura dejar que una adolescente supiera que quizá se encontraban ante unas habilidades tempranas más poderosas de lo habitual.

Pero, tras conocer a la chica en profundidad en tan poco tiempo, Annie sabía que no debía preocuparse porque tuviera un ego arrogante e insolente.

Además, ¿por qué no iba a ser adecuado contarle a una joven que era increíble?

No era una idea peligrosa. Annie habría vendido su alma a cambio de que alguien se lo hubiera dicho en serio.

Maeve se merecía saber que era más especial de lo que habían pensado en un primer momento.

Le dedicó a Hal un asentimiento breve y sutil.

—Maeve —la llamó Annie, mientras se tumbaba sobre el costado para mirarla de forma directa—. Es fascinante. Tu magia… Empiezo a darme cuenta de lo poderosa que es. De hecho, es muy muy poderosa.

Como era de esperar, y Annie debería haberlo sabido, Maeve solo se encogió de hombros.

—Lo sé.

—¿Sí?

—Claro —musitó la chica indiferente, aún concentrada en los retratos que remataba con detalles meticulosos como la nariz de Annie o el pelo facial de Hal—.

Llevo diciéndoselo a cualquiera que me quisiera prestar atención desde que adquirí los poderes.

Sin embargo, ese es el problema, la gente no me escucha.

Te dije que sentía que todo era abrumador.

—Es verdad, sí. —Annie recordó su paseo por el bosque—. Pero creía que solo estábamos hablando de las emociones.

—¿Las emociones? No, Annie —contestó Maeve, con los ojos en blanco—.

Mis emociones se descontrolan, pero solo son eso, emociones.

Vienen y van, es lo normal con quince años.

Lo que es demasiado potente es la magia.

—Anunció como si fuera obvio, como si Annie tuviera que haberlo entendido hacía muchos días.

—Ah, bueno… Me alegro por ti. Maravilloso. Y he estado pensando… —decidió aventurarse Annie.

—A ver si se te van a cansar las neuronas —se quejó Maeve con un bufido.

Annie le dedicó una mirada sarcástica. Luego, arrancó un diente de león junto al mantel de pícnic y pasó el dedo por la esfera aterciopelada que formaba la flor.

—Quizá deberíamos contactar con el aquelarre para contarles qué tal nos va. Sé que se supone que deberíamos esperar a que ellos nos dieran el visto bueno, pero de verdad creo que les interesaría saber que…

—No. —Maeve tensó la mano en el aire y el lápiz dibujó una raya plateada e inesperada por el cielo.

—Maeve, ni siquiera sabes lo que voy a proponerte. —Annie se echó a reír—. Si el aquelarre supiera que tu magia es extraordinaria y que no deja de mejorar, quizá…

—¿Quizá qué? ¿Me organice una fiesta? ¿Me ponga al mando?

Maeve dejó caer el lápiz en el mantel. Su preciosa ilustración celestial se desvaneció a medida que el hechizo perdía fuerza, como si alguien la hubiera borrado con una goma.

Las emociones que emanaban de Maeve agitaron la boca del estómago de Annie cuando esta las captó.

La sensación creciente de preocupación y pavor se mezclaba con el rápido arrebato de ira que Annie absorbió junto con el aire frío del prado.

Maeve negó con la cabeza y desvió los ojos del cielo a sus uñas, que comenzó a toquetearse.

—Vamos, Annie, ni siquiera tú eres tan inocente como para pensar que lo raro recibe elogios en alguna parte. No encajo, ni siquiera en el mundo brujo.

Annie pestañeó, confusa, pero se deshizo de la perplejidad con una carcajada de incredulidad.

—El propósito del aquelarre es celebrar la magia en todas sus formas.

Les encantará ver lo especial que eres, como hemos hecho Hal y yo.

Hasta ahora, todas mis sugerencias han sido igual que ponerle de deberes a un genio un dibujo en el que unir números.

¡Eres demasiado buena! Quizá tengan alguna idea sobre cómo podríamos utilizar tu magia para otros asuntos con los que potenciar tu talento.

Esa vez, el resoplido indignado de Maeve se vio enfatizado por un bufido similar de Hal.

Annie lo fulminó con la mirada y el hombre no tardó en centrar los ojos en el cielo, manteniéndose callado.

Aunque sabía que no le correspondía a él contribuir, era evidente que había estado prestándoles atención y que opinaba lo mismo que Maeve.

—¿Ves? Incluso el vaquero cree que tengo razón.

—No os aliéis contra mí. Maeve, podrían proponerte retos más adecuados que yo.