Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 15. Secretos en plata
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Capítulo 15. Secretos en plata

SECRETOS EN PLATA

A nnie regresó al interior para llevarle un café a Maeve, pero sobre todo para descubrir qué opinaba sobre la posibilidad de que el inesperado recién llegado durmiera en el sofá.

Su sofá. ¿O el de él? No estaba segura de lo que opinaba ella misma, ya que su extraña combinación de amabilidad y ceños fruncidos la habían pillado con la guardia baja.

Pero buscarle otro sitio a Maeve cuando empezaban a entenderse no parecía tampoco la mejor opción.

Annie estaba cómoda porque había oído muchas veces que otros miembros de Selcouth alababan a Hal.

En una ocasión incluso Morena había admitido, reticente, que era «considerado hasta decir basta» y que su «decencia era una ofensa», aparte de quejarse de que insistía en llenar toda la Casa Hécate de barro en cada visita.

Maeve le dijo a Annie que no podría importarle menos (en términos algo menos corteses) dónde durmiera Hal, siempre y cuando le contara algunas de sus aventuras.

Ni siquiera una adolescente algo taciturna podría resistirse a las historietas sobre explorar otros mundos y dormir bajo las estrellas entre algunas de las bestias más legendarias.

Como resultado del interés genuino de Maeve por el trabajo de campo de Hal, que comenzó con la pregunta de si alguna vez había matado a un vampiro, el extraño trío se pasó la mañana conociéndose.

Aunque no rompieron del todo el hielo de su primera interacción, sí que lo derritieron un poco.

Annie, mientras revoloteaba de aquí para allá para asegurarse de que todos recibían el desayuno que deseaban, descubrió que Hal parecía comunicarse sobre todo con gruñidos y gemidos graves, excepto cuando hablaba de su amor eterno a los animales.

Compartir recuerdos de sus viajes avivó un fuego tras sus ojos y el verde se volvió más rico al dejarse llevar por una oleada abrumadora de nostalgia y aventuras.

Annie tuvo que contenerse en una o dos ocasiones cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando a la cara con demasiada intensidad mientras contaba la historia, con la barbilla apoyada en la mano, a la vez que evocaba la época en la que le habían pedido que hiciera el seguimiento del vuelo de unos dragones jóvenes que el aquelarre quería estudiar.

—Pero debió de ser muy peligroso. ¿No te dio miedo? —preguntó Maeve con los ojos como platos.

—Claro que sí, sobre todo después de que los adultos me rompieran la nariz hace unos años.

Quien diga que no tiene miedo es idiota.

Por cierto, estos están buenísimos —comentó de manera casual, mientras partía por la mitad un cruasán de pistacho y nueces pecanas de las provisiones de Celeste.

Sus modales en la mesa eran, a decir verdad, horribles y Annie se obligó a no centrarse en que se lamía el relleno que le manchaba los dedos uno a uno—.

Pero también sabía cuál era el aperitivo favorito de un dragón, aparte de la carne asada de hombre… ¿Alguna idea?

—¿Carne asada de literalmente cualquier otro animal? —se aventuró Maeve.

—En realidad, son los huevos a la escocesa.

La adolescente esbozó una mueca de asco.

—Eso quizá sea incluso más asqueroso que la carne asada de hombre.

—A los dragones les encantan los huevos a la escocesa.

Cuando son bebés, siempre quieren más. Por eso, lancé un hechizo de somnolencia sobre un montón de ellos, los fui dejando por el bosque, esperé a que estuvieran todos dormidos tras el festín y, sin ningún problema, les coloqué el localizador en la oreja.

Incluso conseguí darle a la mayoría una pequeña caricia en la barba.

Los dragones son muy monos cuando duermen. Como cachorros gigantes.

Maeve se decepcionó por aquel giro anticlimático de la historia.

—¿Huevos a la escocesa? Es el peor final para un relato sobre cazar dragones que he oído nunca.

—Has oído muchos, ¿no? —Hal sonrió antes de meterse lo que le quedaba del cruasán en la boca y limpiarse las migas de las manos en el mantel.

—Vale, venga. Tenemos que hacer magia —apremió Annie, con la intención de alejar a Maeve de esa conversación interesante, por mucho que ella misma también quisiera sentarse y seguir escuchándola—.

He pensado que hoy podemos probar con otra sección de Encantamientos.

He recordado un pequeño truco ingenioso de cuando tenía tu edad y garabateaba hechizos en los pergaminos.

Luego, los arrugaba y los hacía explotar, convirtiéndolos en purpurina. No te vas a creer…

—Por supuesto que no. Nada de purpurina —la cortó Hal, con un gesto acusatorio hacia Annie—. Si tu magia es pasable, ese maldito brillibrilli se colará en todos los rincones y nunca me libraré de él. Bastante malo es ya que hayas dejado tu marca por toda la casa.

—¿No te gusta? —replicó Annie, perpleja de verdad. Como una firme creyente de la importancia de un extra de brillantina en cualquier momento, había modificado su magia para asegurarse de que sus destellos duraran un poco más que la media.

Hal se aclaró la garganta.

—Bueno, no es que no me guste. Es solo… Uf, haz lo que quieras.

Espero que Morena comprenda que le enviaré la factura del decorador cuando hayas terminado.

—Se llevó el plato a la cocina y se remangó la camisa hasta revelar los antebrazos.

Annie ya se había fijado en ellos. Sin la suciedad (se había mantenido ocupada a propósito mientras él se daba un baño), podía ver lo bronceados que los tenía. Y grandes.

—Os dejo con… lo que sea que hagáis, pero volveré pronto —se despidió Hal mientras prendía las botas, de las que cayeron esquirlas de barro por todo el suelo de la cabaña—.

Gracias por la tarta… o lo que fuera eso.

No era beicon ni huevos, pero también estaba…

delicioso, de todas formas. ¿Te ha sobrado algo?

—¿Te refieres a los cruasanes? —le recordó Annie, aunque sospechaba que para él significaría lo mismo que si le preguntara por una berenjena.

Hizo que una escoba barriera a su alrededor mientras envolvía otro cruasán con una servilleta y se lo tendía—.

Ah, lo más probable es que deba mencionar que le añadí un toque de confianza a la compota de frambuesa.

Es una receta de Celeste, útil para menguar la magia explosiva de Maeve, pero, si hoy te sientes extrafabuloso, ya sabes por qué.

Le dedicó una sonrisa angelical a la que Hal respondió con una mirada de incredulidad. Tomó la chaqueta del gancho y, al abrir la puerta principal para marcharse, Annie advirtió que se echaba el pelo largo sobre el hombro con un ademán demasiado pomposo. Se quedó paralizado.

—Malditas bayas. —Se giró para dedicarle un último ceño fruncido y cerró la puerta a sus espaldas.

—¿Adónde crees que va? —preguntó Annie, mientras observaba cómo cruzaba el claro en dirección al bosque.

Maeve sacó la cabeza por la puerta de la habitación a la vez que se lavaba los dientes.

A medida que su magia prosperaba, no se molestaba siquiera en sostenerse el cepillo.

Levitaba con elegancia cerca de su boca mientras el del pelo le peinaba el cabello largo y negro.

Annie no pudo evitar soltar un bufido al verlo.

Maeve se encogió de hombros y habló con la boca llena de pasta:

—Seguro que a echarle el lazo a un grifo o algo así.

Los días siguientes pasaron en una neblina de gotas de lluvia y nubes de plata ahumada a medida que octubre avanzaba en torno a la Cabaña Arden, como si la mantuviera escondida con cuidado entre unas manos cálidas.

Dedicaban el tiempo a leer, hornear, hacer manualidades y crear.

Además, cuanta más confianza y calma ganaba Maeve, más crepitaba a su alrededor una corriente de magia.

Hal se pasaba el día fuera, pero volvía para cenar y dormir cada noche, y mientras Annie avivaba el fuego en la cabaña y le servía un chocolate caliente muy cremoso.

Su receta secreta siempre incluía al menos un deseo de la diminuta bolsa aterciopelada que le había comprado a un útil contacto élfico.

Durante una noche templada, al advertir que quedaban menos de tres semanas para Halloween, Annie decidió aprovechar la energía creciente y mágica que se mantenía a la espera y continuar con el progreso positivo que había presenciado cada día en la magia de Maeve.

Estaba mejorando a una velocidad impresionante y, después del comentario de Hal sobre la manera en la que Maeve parecía atraer a los seres mágicos de la zona, Annie empezó a preguntarse si tendría razón.

No lo iba a admitir ante él, claro. Pero quería retar a Maeve, llevar su magia más allá de los helados con refresco y las cajas de pintura con los colores del arcoíris.

—No quiero que te desilusiones si no consigues tejer el hechizo tal y como lo deseas —dijo Annie, mientras le colocaba a Maeve entre los brazos un mantel de pícnic con borlas rosas, un cesto rosa con tentempiés para tomar como cena y el cojín rosa favorito de Karma, así como dos telescopios.

Por desgracia, estos últimos no eran de color rosa—.

Es una magia muy complicada. Muchos brujos de la Casa Hécate tendrían problemas con este encantamiento.

Maeve solo la contempló y dijo:

—Probemos.

Dado que Hal aún no había vuelto de lo que fuera que lo mantenía ocupado aquel día, las brujas se encaminaron por el prado ante la casa mientras la noche impregnaba la larga hierba con una tonalidad plateada que hacía que el jardín entero pareciera pintado de trazos de acuarela de luz lunar.

Había sido justo esa idea la que había inspirado los planes de Annie para aquella noche.

Desde que habían llegado a la aislada cabaña, el cielo parecía revelar sus propias constelaciones cada noche, estrellas que nadie más podría ver, y era la hora de aprovecharlas.

—Vamos a intentar algo brillante.

—Ay, otra vez no —gimió Maeve—. ¿No lo pillaste cuando hice explotar tu calabaza de princesa?