Capítulo 14. El acuerdo Bancroft #3
—No hay problema. Tampoco hay espacio suficiente en este sitio para hacer aparecer nuevos muebles.
Como he dicho, es lo que necesita Maeve.
No quiero que ninguna de las dos se sienta incómoda por la presencia de un hombre extraño.
—Hal sonrió y continuó—. Considéralo parte del acuerdo Bancroft.
Mi padre solía decir eso cuando mi madre se salía con la suya y en realidad él no ganaba nada con el trato.
—Su media sonrisa no tardó en convertirse en un ceño fruncido, como si no estuviera seguro de por qué había dicho aquello—.
Además, asumo que tampoco os quedaréis demasiados días.
Si seguís aquí en Año Nuevo, quizá le pida a una banshee que vaya a por vosotras.
—No creo que necesitemos tanto tiempo, pero… Mira, si Maeve se siente cómoda con la idea, y digo cómoda de verdad, créeme, sabré si miente, entonces, deberías al menos dormir en el sofá.
Se reclinó de nuevo en el asiento y estiró un brazo por el columpio.
—Esta cama no está mal.
—A menos que seas contorsionista en secreto, eso no es cierto. He oído que muchos brujos ponen la mano en el fuego por ti. Y confío en que cualquiera que haya conocido a Morena Gowden no se atrevería a enfadarla. Quédate en el sofá —insistió Annie.
Hal la miró directo a los ojos, reflexivo, como si intentara leerla mejor. Luego, se dio una palmada en los muslos cubiertos por el pantalón vaquero para zanjar el asunto.
—Bueno, la chica —farfulló—. Supongo que hasta ahora solo ha conocido a las Brujas Sabias, ¿no? ¿Por qué te eligieron a ti para la misión y no lo hicieron ellas mismas?
—Buena pregunta. Fue idea de Morena. Creo que sabía que no me negaría.
—Aaah. —Hal esbozó una sonrisa—. Ambos podemos culpar a Morena por habernos arruinado la vida. Ahora todo tiene sentido.
—Perdona, a mí no me han arruinado la vida.
Me lo estoy pasando bien con Maeve —contradijo, ofendida por su manera directa de hablar.
No estaba acostumbrada a rodearse de hombres como él.
Los que conocía de la Sortiedad siempre eran muy correctos y controlaban sus reacciones ante todo.
Aunque quizá «controlar sus reacciones» era una manera optimista de considerar a las personas deshonestas, complicadas e incluso manipuladoras.
—Vamos. —Hal se echó a reír—. Seguro que Morena está encantada con traer aquí a una princesa como tú, igual que estará deleitándose porque haya llegado yo a casa y me haya encontrado con una utopía llena de algodón de azúcar.
Sabía lo que estaba haciendo. ¿Me estás diciendo que de verdad te alegra estar aquí tras haber puesto tu vida en pausa por esa cría?
No me pareces una vieja consejera con artrosis que disfruta de estar al aire libre y ser mentora de la elegida.
—¿Y qué te parezco entonces? —Cruzó una pierna sobre la otra y movió el pie de arriba abajo, impaciente.
Hal frunció el ceño y la estudió con interés.
—Aún no lo sé. A decir verdad, eso de que seas doña Perfecta… es un poco desconcertante.
Annie titubeó. No era el adjetivo que hubiera esperado.
La había tranquilizado saber que el hechizo funcionaba en segundo plano, pero la red de seguridad que le provocaba una satisfacción maleable y apacible, consecuencia del maleficio, no parecía encontrarse ahí.
En lugar de eso, Hal no sabía qué pensar de ella y viceversa.
—Pues te equivocas conmigo —replicó, molesta—. Y con Maeve también. Deberías mejorar a la hora de juzgar a los demás.
—No he dicho ni una palabra sobre la cría.
Me cae bien. Parece valiente. Además, dijo que era un pirata y siempre me tomaré algo así como un halago.
—Por primera vez, Hal fracasó al intentar reprimir una sonrisa tras una línea tensa y un brillo travieso le inundó la cara.
Annie pestañeó con fuerza y se obligó a permanecer centrada en el asunto que se traían entre manos.
—Has dicho que era «la elegida» —contestó con una imitación sarcástica de su voz grave—. No me gusta ese tono —se quejó.
—No he usado ningún tono —dijo Hal, indiferente, y se bebió los posos de la taza antes de dejarla en el suelo del porche. Se echó hacia atrás en el columpio, lo que lo convirtió en un lento péndulo—. Lo decía en serio. ¿De verdad no te has dado cuenta?
—Llevo intentando caerle bien desde que nos conocimos. Hay poco sobre Maeve que haya pasado por alto.
—Y, sin embargo, crees que todo esto es normal, ¿no?
—Señaló con la barbilla al prado, donde un puñado de lobeznos acababa de aparecer entre los árboles de camino a la cabaña, seguidos de su madre, quien hizo todo lo posible por animarlos a avanzar tras lamerles la cabeza para asearlos.
Miraron a la cabaña y olfatearon el aire, como si se sintieran atraídos por su olor, intrigados por lo que habría al otro lado.
Hal se inclinó hacia Annie, con los antebrazos sobre los muslos, lo que acabó con el corto espacio entre ellos. El brillo le había vuelto a los ojos y la sonrisa se le había teñido de una intriga que antes no estaba ahí.
—Porque tengo que decírtelo, rubita, no es normal.
Annie se echó a reír.
—No seas dramático. Somos brujos, estamos en el bosque y usamos la magia concentrada de forma activa. Una magia fascinante, debo añadir. Los animales siempre se van a sentir atraídos. —Titubeó—. ¿No?
—Claro, hay criaturas y bichos alrededor de la cabaña a todas horas.
Por eso me asenté en ella. Pero ¿tantos?
¿Y a la vez? —Hal se levantó del columpio y, tras estirar el pecho, se giró y se apoyó en la barandilla que rodeaba el porche para observar un lateral de la casa. Le hizo un gesto para que se acercara.
Annie se puso en pie para acompañarlo y posó las manos en la barandilla al lado de las suyas.
Advirtió el olor de Hal por primera vez, oculto bajo la naturaleza y el aire libre que se le aferraban a la ropa embarrada.
Una especie de aroma envolvente, una chimenea crepitante en invierno, amaderada y ámbar, con clavo y castañas.
Le avergonzó darse cuenta de que, de forma involuntaria, se había acercado a él para intentar descifrarlo.
Se alejó una larga zancada para compensarlo.
En ese momento, un par de cervatillos estaba mirando por la ventana abierta de la habitación de Maeve.
Su brazo, cubierto por un montón de pulseras de abalorios, se apreciaba sobre el alféizar, extendido para ofrecerles algunos trozos de manzana y una caricia en el hocico.
Se presionaron felices contra sus dedos, aunque luchasen por ocupar una posición privilegiada contra Karma, quien se había unido a la reunión de la ventana para reclamar sus propias caricias como una prioridad por derecho propio.
No dejaba de mover el rabo ante las caras de los ciervos para asegurarse de que lo sabían.
—Los animales siempre se sentirán atraídos por la magia, eso seguro.
Pero no hay duda: no les interesa ni la tuya ni la mía —sentenció Hal, con un golpecito con las manos en la barandilla, como si estuviera satisfecho de haber encontrado pruebas de que tenía razón—.
Se sienten atraídos por ella. Necesitas prestarle más atención a esa cría.