Capítulo 14. El acuerdo Bancroft #2
Annie se despertó pronto de nuevo, a pesar de no haberse permitido apenas cerrar los párpados antes de saltar de la cama.
Los espíritus del maleficio habían sido especialmente insistentes esa noche; la atormentaban con sueños de decisiones erróneas y dolorosas.
Pero debía dejar sus preocupaciones a un lado todo lo que pudiera y enfrentarse al problema inminente que, según vio desde la ventana del dormitorio, estaba tumbado en el columpio del porche con la camisa semiabierta y un sombrero vaquero sobre la cara para protegerse del amanecer.
¿Qué clase de hechicero que se respetase llevaría un sombrero vaquero?
Annie estaba decidida a ocuparse de aquello sola.
No es que dudara ni por un segundo de que Maeve pudiera gestionarlo ella misma y darle un baño de realidad al hombre hasta que se cuestionara el valor de su propia existencia, pero eso no podía ser.
Una parte de su ser se sentía incluso agradecida por una interacción en la que pudiera confiar en su hechizo de nuevo para salir airosa de la situación de una manera cortés y agradable.
Al menos, la había ayudado la noche anterior.
Hal había cedido muy rápido porque los efectos del renovado Splendidus Infernum la habían ayudado a aplacar la tensión de sus amenazas a punta de cuchara.
El recuerdo del comentario sarcástico de Hal sobre su pijama la empujó a vestirse a toda prisa y recuperar un aspecto más arreglado.
Para eso, hizo aparecer unos vaqueros y una camisa rosa antes de recogerse las ondas del pelo en una coleta y colocarse un pañuelo en la cabeza.
Luego, se dirigió escaleras abajo para hacer una ofrenda de paz en forma de café.
Aunque reticente, les había cedido su hogar, al fin y al cabo.
Después de maniobrar para abrir la puerta principal con la cadera, cruzó el porche de puntillas con dos tazas de su mezcla de especias y arce favorita y colocó una en los tablones de madera junto al columpio.
Hal seguía dormido bocarriba, con un brazo como reposacabezas.
Ni siquiera se había molestado en invocar una almohada o una manta, tan solo se había cubierto con la pesada chaqueta de lana.
Era al menos medio metro demasiado alto como para estar durmiendo en el columpio.
No obstante, lo había conseguido. Era evidente que estaba acostumbrado a dormir en lugares incómodos por el trabajo de campo.
Tras apoyarse en la barandilla del porche y observar cómo su pecho subía y bajaba al ritmo lento del sueño, Annie aprovechó la oportunidad para estudiarlo un poco mejor de lo que le había sido posible en la oscuridad.
Estaba sucio de la cabeza a los pies, como advirtió con la nariz arrugada, y, a juzgar por la manera en la que había logrado dormirse en una postura tan ridícula, debía de estar molido tras tanto analizar a las banshees .
Pero bajo el barro seco y el rastro de suciedad, tenía un pelo bonito, debía admitirlo.
Largo y desaliñado sobre los hombros, peinado hacia atrás, aunque le cayera, terco, sobre la cara mientras dormía.
Las largas y gruesas pestañas que eran un desperdicio en un hechicero, la nariz algo torcida y, tras la barba enmarañada, la mandíbula fuerte y cuadrada completaban la imagen.
—Deja de observarme mientras duermo.
Hal se levantó el sombrero y, perezoso, abrió un único ojo verde. Las primeras palabras de la mañana convirtieron su voz gruñona en un graznido extragrave y Annie se asustó y dio un respingo sobre las pantuflas.
—Deja de fingir que estás dormido —replicó, avergonzada de que la hubiera pillado.
El hombre volvió a cerrar los ojos y se removió con una mueca.
—No estaba fingiendo, pero el olor de la primera taza decente de café desde hace tres meses ha sido suficiente para sacarme de la tumba.
—En ese caso, es un envío urgente —bromeó Annie, con un gesto a la taza que había dejado a su lado.
Parecía que se hubiera arriesgado a acercarse para alimentar a un animal salvaje y luego se hubiera alejado para ponerse a salvo.
El hombre abrió de nuevo un solo ojo y le devolvió la mirada bajo un ceño fruncido.
—¿Servicio de habitaciones?
—Es lo menos que puedo hacer. —Se recostó contra el poste del porche y cambió el peso del cuerpo de una pierna a la otra, para parecer indiferente.
Hal se inclinó para tomar la taza y lanzó las piernas por el borde del columpio para sentarse con un gemido.
Con el café en la mano, usó la otra para masajearse los hombros y destensarse los músculos del cuello.
—En realidad, tienes razón —gruñó—. Deberás pagarme con cafés por el momento.
—Me parece justo, dado que hemos invadido tu casa por accidente. Por cierto, lo siento.
La miró durante un momento sobre el borde de la taza mientras soplaba el humo.
Luego, hizo un gesto con la cabeza hacia el sillón de mimbre en el extremo del porche.
Antes estaba astillado y con las trenzas deshechas, cubierto de telarañas y excrementos de animal, pero Annie había hecho un pequeño trabajo de transformación: se volvió de un brillante color marrón, con un cojín rojo de encaje a juego con las cortinas.
Lo acercó medio metro con un rápido hechizo y ella aceptó su invitación silenciosa para que lo acompañara.
—Qué madrugadora, ¿no? —preguntó Hal antes de dar un primer sorbo titubeante.
Luego, se reclinó en el asiento con los ojos cerrados y un grave gemido de placer.
Annie, aterrada al percatarse de que lo estaba mirando fijamente, desvió los ojos hacia el claro.
Por suerte, una familia entera de liebres que daba saltos entre la hierba con el rocío del alba perlándoles las orejas captó su atención.
Un erizo se abría paso por los escalones del porche y un par de murciélagos aleteó lo bastante bajo para rozar la parte superior de las flores silvestres.
Una nube de algodón en el cielo rosa y azul claro comenzaba a iluminarse tras la arbolada.
—No duermo mucho —dijo Annie.
—Aun así, pareces una mujer bien descansada que acabara de volver de un viaje con todo incluido al paraíso. Chica con suerte —comentó Hal, aún con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo del columpio. Annie culpó a su propia paranoia por el posible tono de escepticismo de su voz.
—Me tomo muy en serio el cuidado de la piel —replicó, casual—. Ahora, ¿empezamos con las negociaciones?
—Nada de negociaciones. Empecemos por qué estáis haciendo aquí, ¿vale?
—Cada vez que Hal la miraba, sus ojos permanecían fijos en ella un segundo más de lo que se habría considerado cortés, como si tuviera que obligarse a apartarlos.
El hechizo funcionaba, lo que la alivió.
Era extraño, como si fuera más potente de lo habitual, pero Annie había estado allí atrapada con Maeve y no había sentido la respuesta normal a su perfección desde hacía días.
A veces olvidaba lo poderoso que podía ser.
—Es fácil: estaré aquí hasta que Maeve ya no me necesite. Solo tiene quince años. Todo esto es nuevo para ella y ha mostrado ciertas… tendencias que no son seguras para que su magia florezca rodeada de la comunidad no bruja.
—Tendencias. —Hal asintió con una sonrisa de superioridad—. Supongo que es una manera elegante de decir que a esa cría le gusta hacer estallar cosas. Me alegra que mi casa os sea útil para esa afición particular.
—No la he visto estallar nada —se defendió Annie, mientras pasaba el dedo, pensativa, por el borde de la taza—. Eh, bueno… —Recordó la calabaza—. En general, tiende a… provocar incendios.
—Maravilloso.
—Pero estamos progresando. Llevamos una racha de… —Annie se mordió el labio mientras hacía cálculos con una mano— siete días sin ningún incendio espontáneo en la casa, por lo que debes admitir al menos que hemos avanzado bastante.
—¿Siete días enteros? Me quedo más tranquilo.
—Ay, espera… Se me olvidaba lo de la cocina.
—Eso explica lo de las cortinas chamuscadas. ¿Puedo preguntar dónde están sus padres?
—No conoce a su padre y su madre se marchó hace mucho tiempo.
Selcouth supo de su existencia con la llegada de su magia, pero no tiene ningún rastro de sus orígenes con el que trabajar ni ningún familiar brujo que nos ayude a descubrir su naturaleza.
Decidieron intervenir cuando, sin querer, desató el caos con otro incendio en su casa de acogida.
—¿Y qué tienes que ver tú en todo esto?
—Por alguna razón, Morena pensó que nos llevaríamos bien.
Creo que el problema era que necesitaba que alguien la acompañara y le diera un espacio seguro para poder pasar un tiempo lejos de su vida normal y experimentar.
Para que lanzara algún hechizo que otro, para que viera qué hacía vibrar su magia.
Hal le dedicó una sonrisa torcida.
—Muy poético.
—Gracias. Pero, como puedes ver, ahora tenemos un buen cacao.
—Siento que no tengo mucho que decir sobre él. ¿Y si no me gusta el chocolate?
—Bueno, pues te equivocarías porque el chocolate lo mejora todo. Además, son órdenes del aquelarre. No puedes negarte. —Annie se encogió de hombros, inocente, y mostró de su mejor sonrisa, la más angelical.
—¿De verdad? —Hizo una pausa—. Bueno, un hombre debe saber cuándo retirarse.
—¡Ja! —exclamó Annie, triunfal, a la vez que se reclinaba en el sillón con los brazos cruzados.
—No hace falta que parezcas tan contenta. Es obvio que no voy a echaros. Si las dos necesitáis quedaros en algún sitio, que sea en esta casa. Puedo instalarme aquí fuera hasta que Selcouth diga que es la hora de que os vayáis. Tengo una tienda de campaña en la mochila.
—No podemos pedirte algo así. Es tu casa. Debe de haber… —Annie se esforzó por pensar en una solución.