Capítulo 14. El acuerdo Bancroft
EL ACUERDO BANCROFT
A nnie desvió los ojos hacia los de Maeve, como para preguntarle en silencio si había entendido de qué calderos hablaba ese hombre. La chica, todavía escondida tras el sofá, parecía igual de perpleja, pero hizo un gesto con la cabeza hacia el extraño, para animarla a seguir con el interrogatorio.
—¿Qué quieres decir con que esta es tu casa? Me parece que te interesará saber que esta casa pertenece a Selcouth, el célebre aquelarre de Reino Unido.
—Con que a Selcouth, ¿verdad? ¿Quién te ha dicho eso, eh? La maldita Morena Gowden, ¿no? Lo veo venir. Juro por el zodiaco que…
—¿Me estás diciendo que vives aquí? —Annie pretendía que su voz sonara fuerte y segura, pero se estaba volviendo cada vez más chillona.
—Vaya que sí, maldita sea. Llevo meses fuera y he vuelto con ganas de echarme una buena siesta y tomarme una cena copiosa, y voy y me encuentro con… ¿Qué diablos y tritones le has hecho a mi maldito salón? Todo es rosa.
Cuando el hombre se alejó de las sombras, Annie logró distinguir sus rasgos principales bajo la luz de las velas.
Un rostro masculino, algo curtido, con un ceño fruncido, profundas arrugas en la frente y surcos entre las cejas.
Un rocío de pecas que indicaba el tiempo que pasaba al aire libre.
Una nariz algo torcida. Ojos de color verde oscuro que la estudiaban con interés.
Una barba descuidada que parecía marrón hasta que, al aproximarse más a la luz, reveló un ligero tono rojizo.
Se pasó una mano por el pelo, largo y despeinado, para quitárselo de los ojos.
La mirada fulminante en su rostro se suavizó un poco cuando dio una zancada hacia ella, pero Annie lo imitó, retrocediendo un paso.
Al advertir la ropa sucia y las botas cubiertas de barro, arrugó la nariz.
—Bueno, está claro que ha habido algún tipo de… error administrativo —dijo.
El hombre soltó un suspiro de resignación, pasándose el pulgar por la ceja, exasperado.
—No, qué va. Debería haber sabido que Morena se tomaría la revancha. Está enfadada conmigo por no haber vuelto antes, por negarme a estar siempre a su caprichosa disposición. Es su manera de recordarme quién está al mando en ese maldito aquelarre, me guste o no.
Annie entornó los ojos.
—¿Trabajas en… el aquelarre? —tartamudeó.
—Ar. —El hombre no solo parecía una especie de leñador torpe, quizá fusionado con un pirata vaquero, sino que también hablaba como uno. Annie se obligó a fruncir el ceño con más fuerza para intimidarlo.
—Entonces, ¿por qué nunca te he visto en la Casa Hécate?
Me paso mucho tiempo allí —dijo, orgullosa.
Debía estar mintiendo. Por varias razones en las que no quería pensar, porque eran bastante inapropiadas cuando trataba de parecer amenazadora, estaba segura de que recordaría a aquel hombre si alguna vez se hubiera cruzado en su camino.
—Porque intento pasar el menor tiempo posible en ese condenado lugar —farfulló—.
La mayoría de las veces, por culpa de Bronwyn, que siempre me pide que me una a su club de ganchillo o me organiza alguna cita con una bruja.
Y, si no es ella la que se entromete en mis asuntos, es Morena quien me dice que el trabajo de campo es una pérdida de tiempo y que me asignará un puesto de oficina antes del siguiente Halloween.
Annie seguía sin negarse a bajar la cuchara que usaba como arma.
—No te creo.
El hombre soltó el aire con fuerza por la nariz mientras cerraba los ojos, como para recuperar la paciencia.
Se quitó la chaqueta, que colgó en el gancho en forma de corazón junto a la puerta que, hasta el proceso de redecoración de Annie, había sido un clavo que sobresalía de la pared.
Se detuvo, lo miró con el ceño fruncido y se giró hacia ella con las manos en las caderas.
—Tú misma. Sea como sea, esta casa es mía.
—Y ahora nosotras nos quedamos en ella. ¿Acaso los okupas no tenemos derechos, Annie? —Maeve se puso en pie de un brinco tras el sofá.
El hombre se sobresaltó y, a continuación, musitó una maldición entre dientes.
—¿De dónde demonios has salido tú? Entonces, ¿sois dos? ¿Hay alguna bruja inesperada más que esté escondida tras las cortinas?
Annie decidió que nadie necesitaba saber que sí que había estado escondida tras las cortinas hacía unos minutos. En lugar de eso, cruzó los brazos, iracunda.
—¿Quién eres?
Lo contempló con desconfianza. El hombre apretó la mandíbula y respiró hondo de nuevo; atenuó un ápice su comportamiento hosco al darse cuenta de que no le estaba llevando lejos.
—Hal —contestó con un tono más amable—. Bueno, Harry, pero nadie me llama así desde que llevaba pañal.
—O sea que… ¿desde hace un par de años? —se burló Maeve, y el hombre la fulminó con la mirada.
—¿Hal Bancroft? —preguntó Annie cuando el nombre le vino a la memoria.
Lo había visto incontables veces en los registros del aquelarre y siempre se había preguntado por qué nunca se había topado con ese misterioso hechicero, dado que se había propuesto hacerse amiga de todos y cada uno de los miembros de la Casa Hécate.
Lo único que sabía era que lideraba el trabajo de Selcouth en el departamento de Bestias Míticas y, según los rumores, prefería mucho más la compañía de los animales que la de los demás brujos.
Si se paraba a pensarlo, también había oído mencionar a Bronwyn en múltiples ocasiones que era un «demonio muy guapo».
Annie se aseguró de dedicarle un ceño fruncido aún más entusiasta al demonio en cuestión.
—Exacto. ¿Y tú? He llegado hasta el «Annie», pero no sé nada más —cuestionó, con los brazos cruzados.
—Soy Andrómeda Wildwood —contestó, a la vez que hinchaba el pecho un poco para enfatizar su dominio en la situación. El hombre solo asintió una vez, despacio.
—¿Y tu compinche?
—¡Oye! —se quejó Maeve, y el humo estuvo a punto de salirle por las orejas ante esas palabras.
—Maeve Cadmus, la recluta más reciente de Selcouth. Nos vamos a quedar aquí un tiempo hasta que tome el control de su magia, hasta que el aquelarre esté seguro de que sabe dominar sus sorprendentes habilidades.
—Maravilloso. Morena es un encanto por ofrecerles mi hogar a una cría descontrolada y al Club de las Canguro.
—¿Qué me has lla…?
—Maeve —la cortó Annie, severa, mientras estiraba un brazo para frenarla cuando la adolescente se abalanzó hacia el hombre sobre el sofá—. Es muy tarde. ¿Por qué no vuelves a la cama y ya me encargo de esto yo?
—Pero… —Maeve puso los ojos en blanco al sentir que estaría luchando en una batalla perdida si se molestaba en protestar—.
Vale. Dado que es evidente que no es un trol, un minotauro o algo más guay, he perdido todo el interés.
Pero no voy a dormirme, así que avísame si este tarado te intenta lanzar por la borda o empieza a preguntarte dónde está el tesoro.
Annie no estaba segura debido a la falta de luz, pero casi creía haber intuido una sonrisa de superioridad en el rostro de Hal tras esa afirmación tan cortante.
Le dedicó a Maeve una expresión tranquilizadora con la esperanza de que pareciera que lo tenía todo bajo control, pero sabía que pagaría por la mañana haberla dejado al margen.
Annie esperó a que la puerta de la habitación se cerrara antes de centrar su atención en Hal.
—Mira, esto no es lo ideal —dijo—. Y siento que…
El hombre soltó un gruñido.
—Dormiré en el porche. Lo resolveremos por la mañana.
—¿Qué?
—Mira, Andrómeda Wildwood, he cruzado cuatro mundos hoy y no te imaginas siquiera cuándo fue la última vez que me di una ducha.
Pero no puedo echaros y hacer que esa cría haga las maletas, ¿no?
Lo resolveremos por la mañana cuando la cabeza no me vaya a reventar y no me cueste mantener los ojos abiertos.
—¿El porche? No puedes dormir fuera —bufó Annie.
—Ah, ¿no? Preferirías tener a un extraño aquí dentro con vosotras, ¿verdad?
Sé que en la cama no entramos los dos —replicó Hal.
Incluso en la oscuridad, sus ojos emitieron un brillo verde.
Annie se ruborizó, molesta. El hombre se inclinó para levantar el pesado petate que había dejado en el suelo, del que salieron un saco de dormir, lo que parecían las riendas de un caballo y un farolillo de cristal agrietado.
Gruñó bajo el peso cuando se lo lanzó sobre el hombro—.
Es obvio. No hace falta ni pedirlo. Dormiré fuera.
—Bueno. —Annie cedió un ápice, algo perpleja por lo considerado que era para ser un rufián—. Muy comprensivo por tu parte.
Hal soltó un nuevo gruñido.
—Ni lo menciones. Es parte del acuerdo Bancroft. ¿Por qué no iba a haber dos brujas extrañas haciendo una fiesta de pijamas en mi casa después de haberme pasado tres meses en un almacén francés controlando los patrones nocturnos de las banshees ?
Se giró y estiró el brazo hacia el pomo de la puerta principal antes de darse cuenta con un sobresalto de que ya no había ninguna.
Hal hizo magia por primera vez, y envió una descarga rápida y grácil de chispas teñidas de bronce para levantar la puerta destrozada, unir los paneles y colocarla en su sitio.
Al mirar hacia atrás, le dedicó a Annie un saludo despreocupado con un solo dedo.
—Bonito pijama, por cierto.
La bruja cruzó los brazos sobre las tazas de latte dibujadas y frunció el ceño de nuevo, más resoluta que nunca. Cuando la puerta se cerró tras él, se aseguró de lanzar un hechizo para bloquear las puertas y ventanas con un doble cerrojo. Por si acaso.