Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 13. Una llegada inesperada #3
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Capítulo 13. Una llegada inesperada #3

—Pero es tu vida y permites que la gente te haga sentir infeliz —dijo Maeve, alzando la voz con tanta pasión que Karma abrió un ojo y lo entornó, poco impresionada—.

¿Y si no haces lo que se espera de ti? Mantener a los demás contentos, agradarlos a todas horas…

es un juego ingrato en el que debes apagar un fuego tras otro.

—Karma dejó escapar un suspiro pasivo-agresivo porque la arenga de Maeve había resultado en el cese de sus continuas caricias—.

Es inútil, ¿verdad, Karma? Primero deberías avivar tu propio fuego.

La vida con Maeve Cadmus era un baño de realidad constante. Annie soltó un profundo suspiro. Luego, se estiró a por un cojín del sofá y le dio a Maeve un golpe suave en la cabeza con él.

—¿A qué ha venido eso?

—Por ser demasiado listilla, brujita.

—No es justo —añadió Maeve, su malhumor firme de nuevo—. Y sí, reconozco la ironía de que justo yo hable de fuegos cuando es lo que nos ha llevado a acabar aquí encerradas.

Era tarde. Tras la batalla nocturna con Maeve sobre que sí, debía irse a la cama a una hora medio razonable, y no, no podían pasarse la noche en vela, un denso manto de oscuridad cubría el claro y el bosque de su alrededor en una penumbra sombría.

Annie se ató la toalla tras el biombo que rodeaba la bañera de estaño mientras las últimas lágrimas le humedecían aún el dorso de la mano.

Las estrellas salpicaban el cielo como faros dispersos y la luna se había abierto paso entre ellas, tímida, apenas un hilo de plata que oteaba entre las cortinas de la noche.

El cansancio se había aferrado con fuerza a los hombros de Annie y el peso agotador de las voces conocidas del hechizo se había filtrado en su cuerpo antes de que la magia le aportara su recarga de energía interminable.

Los destellos nebulosos y espectrales de todo un cúmulo de visitantes habían aparecido ante ella, desesperados por compartir sus secretos, por dejar su carga en manos de Annie. Estaba agotada de tanto escucharlos.

Cerró los ojos medio dormida mientras se recogía el pelo húmedo.

Al mismo tiempo que daba los últimos pasos de su ritual, el ruido de las gotas al colarse por el desagüe de la bañera flotaba, ensordecedor, por el jardín, acompañado de una orquesta de grillos ocultos en la hierba, que inundaba el ambiente.

Observó cómo los retazos del líquido carmesí desaparecían, su secretismo aún presente.

Luego, recogió los ingredientes para guardarlos; con un sencillo encantamiento de invisibilidad, Caecus Abscondo , hechizó cada botella para que se colocara tras una caja vacía, como medida de precaución.

Mientras se secaba el pelo y se hacía trencitas con un Capillus Aura , un fuerte crujido captó su atención.

Entre la hierba alta, el sonido le pareció misterioso y tosco.

Titubeó, aguzando el oído para darle sentido a aquel ruido que había cesado tan pronto como había surgido.

Entonces, volvió a escucharlo. Debía de ser algo grande, un ciervo o un zorro que pasaba cerca.

El flujo de la fauna había sido casi constante desde que habían llegado a la Cabaña Arden, potenciado por la insistencia de Maeve de dejarles a los animales los platos con los restos de la cena cada noche.

Esa segunda vez el crujido había cambiado.

Estaba un poco más cerca, parecía algo que se arrastraba.

Lo que fuera que andaba por ahí no dejaba de rozar la hierba, como si unas patas pesadas cruzaran el prado.

Se abría camino hacia la parte delantera de la casa, cada vez más cerca y más ruidoso con cada zancada.

Serpenteaba con pesadez por el suelo. Y…

¿había sido eso un gruñido? ¿Habría osos en la campiña inglesa?

A Annie le gustaba imaginarse que los osos eran bebés grandes y adorables y que podría gestionar cualquier problema con ellos con los tarros de miel suficientes, como hacía con Karma y las natillas, pero no era algo que quisiera probar.

Una voz. Grave y profunda. La había oído, sin duda.

El maleficio se había completado, los espíritus residuales se habían marchado por el desagüe con los posos de la poción y Maeve nunca habría salido de la cama a esa hora.

La voz parecía demasiado grave. Le resultaba hosca, apenas audible desde aquel punto de la cabaña.

Annie se quedó paralizada en el acto, sin saber qué hacer.

Allí estaban demasiado vulnerables. Nadie sabía su localización, excepto Morena.

Ni siquiera Annie tenía claro dónde se encontraba exactamente la Cabaña Arden, tan apartada del mundo «real».

Una cosa estaba clara: no podría enfrentarse a un intruso envuelta en una mullida toalla blanca, por lo que se apresuró a entrar en la casa de puntillas, con movimientos de una lentitud exasperante para asegurarse de que el chirrido de las bisagras no la delatara.

En silencio, se acuclilló tras las cortinas y se enfundó lo único que había sacado para vestirse: su pijama con botones y estampado de pumpkin latte .

No era la opción más amenazadora para pelear contra un intruso, pero tendría que servir.

Annie ahogó un grito agudo cuando la hilera de farolillos del porche delantero se movió, lo que aportó luz suficiente para revelar una silueta.

Alguien intentaba espiar por la ventana.

Una mano bastante grande se acercó al cristal.

Una mano de hombre, aunque la oscuridad ocultaba el resto de sus rasgos.

Annie intentó mantener la calma, pero un miedo intenso le cortó la respiración.

El corazón se le subió a la garganta mientras permanecía escondida tras la cortina, sin atreverse a moverse mientras la mente le iba a mil por hora.

Lo único que tenía claro era que mantendría a Maeve a salvo.

Se preguntó cómo podría llegar hasta su cuarto sin revelarle su presencia al intruso.

Y supuso que también tendría que despertar a Maeve con delicadeza para no asustarla.

Quizá podría inventarse que había una emergencia, que debían teletransportarse a toda prisa, enseguida.

Ni siquiera se enteraría de que alguien estaba intentando entrar.

—¿Lo oyes? —siseó Maeve en la oscuridad; estaba de pie en mitad de la cocina con un vaso de agua en la mano. Annie se sobresaltó con un chillido amortiguado y se llevó una mano al pecho, aterrorizada.

—Pensaba que estabas dormida. Claro que lo oigo. Intentaba asegurarme de que tú no lo oyeras —susurró, apremiante.

—Aquí no duermo demasiado bien. Oigo ruidos en el exterior a todas horas. Pero eso es…

—¿Un hombre? ¿Un hombre de carne y hueso? —dijo Annie con los ojos como platos.

—Cierto. —Maeve asintió despacio, mucho menos segura de lo que solía parecer. Paseó los ojos de Annie a la puerta principal varias veces antes de tragar saliva—. ¿Qué hacemos?

Tras dudar apenas un segundo más, su mentora cruzó la cocina agachada, y sacó su cuchara de madera favorita del recipiente con forma de magdalena para los utensilios. Se colocó ante Maeve y estiró el brazo para protegerla.

—Quédate detrás de mí —jadeó.

—¿Qué vas a…?

—Te protegeré. Quizá no parezca demasiado fuerte, pero lo soy —afirmó, más para convencerse a sí misma, mientras se echaba hacia atrás las trenzas adornadas con cintas con las que solía dormir.

Después de retener a Maeve tras ella, se arrastraron juntas hasta el salón, Annie con la cuchara de madera preparada para el ataque.

Unas pesadas pisadas repiquetearon por el porche y algo aún más compacto se golpeó contra el borde de los peldaños de madera una y otra vez, como si arrastrasen algo con gran esfuerzo hacia la puerta.

—¿Crees que es un cuerpo?

—Maeve, ¡no digas eso!

Annie y Maeve dejaron escapar un grito ahogado involuntario cuando el pomo vibró una vez. Luego, volvió a hacerlo con más fuerza.

—No pinta bien —admitió la adolescente, tragando saliva con dificultad.

—Podemos con él —dijo Annie con un temblor poco convincente—. Somos brujas. Quizá no tengamos armas, pero sí hechizos. Muchos hechizos.

—¡Yo no sé ninguno! —le recordó la chica, malhumorada—. ¿Qué voy a hacer? ¿Pintarlo hasta que se rinda? ¿Convertirlo en un batido?

Las trenzas de Annie se agitaron de nuevo con decisión.

—A la de tres, voy a abrir la puerta —anunció, tranquila.

—¿Qué? No, no hagas eso. ¿Por qué vas a abrirle la puerta a alguien que está intentando matarnos?

—Una, dos…

—Annie, ¡no!

—¡Tres!

Tras canalizarla a través de la cuchara de madera que hacía las veces de varita, en esta ocasión para añadir un énfasis dramático, Annie lanzó su magia contra la puerta principal y un revoloteo de valientes chispas fucsia cruzó la cabaña.

Las bisagras cedieron y la puerta aterrizó en el suelo del pasillo con una explosión (por suerte) controlada.

Maeve y ella se agacharon tras el sofá a toda prisa, con el cuerpo de Annie como escudo de la adolescente, que se tapó los oídos con las manos.

Una figura se perfiló contra el cielo nocturno en el umbral, lo bastante alta como para tener que agachar la cabeza al pasar, con unos hombros anchos e intimidantes en comparación con la estructura de la pequeña cabaña.

Tiró del enorme petate que llevaba al hombro y lo dejó caer en el suelo con un último gruñido de esfuerzo.

—¿Quién diablos eres tú? —dijo.

Annie se puso en pie; aún blandía la varita de madera. Maeve permaneció agachada, dudando entre si debería seguir a su tutora en señal de apoyo moral o permanecer escondida, mientras esta rodeaba el brazo del sofá para confrontar al intruso.

—Debería hacerte la misma pregunta, sinvergüenza. ¿Quién te piensas que eres, irrumpiendo en mi casa así? Sal de aquí. Ahora mismo. O te…

—¿Qué? ¿Vas a matarme con la cucharita?

—No voy a hacer nada de eso, bribón —gritó Annie, horrorizada por la propuesta.

—Pues vaya… Ay, ¿puedes bajar esa cosa de una vez y dejar de moverla antes de que me saques un ojo? Creo que te interesará saber que esta es mi casa.