Capítulo 13. Una llegada inesperada #2
Annie suspiró. La traición de Griffin había marcado a Cressida hasta dejarla casi irreconocible.
Parecía haberse desvanecido ante los ojos de Annie, cada vez más traslúcida, obsesionada con el rechazo de la Sortiedad y, sobre todo, con la necesidad de que la volvieran a aceptar.
No había logrado ignorar la idea de que los otros brujos hablaran de ella, desgranando los detalles de su vida personal y resquebrajando su honor.
A medida que avanzaba el tiempo, los intentos por fingir interés por cualquier otra cosa, incluida su hija, habían desaparecido por completo, igual que su contacto con la realidad, pero Annie había hecho todo lo posible por ignorarlo.
Se le daba bien ignorar lo que fuera cuando era necesario.
La caída de Cressida no había sido culpa suya; su magia se había visto envuelta en el desastre que Griffin había dejado tras él, por lo que Annie sentía compasión por la animosidad y la amargura que aquello le había provocado a su madre.
Cuando Griffin Wildwood abandonó no solo sus principios morales, su juicio y su decencia, sino también a su familia, Annie y Cressida acabaron atrapadas en una especie de red venenosa, un telar que las mantenía unidas, pero que al mismo tiempo causaba cada vez más dolor a medida que se enrollaba sobre sí mismo, una urdimbre de confusión y dudas sobre dónde estaría y cómo habían podido pasar por alto lo ocurrido.
No era justo sentir rencor por Cressida, después de todo por lo que había pasado. Su madre solo quería lo mejor para ella. Tenía buenas intenciones. Y le debía demasiado. Todo lo que había perdido había sido a su vez un paso hacia delante para Annie.
Por suerte, el hechizo era lo único que su madre le había dejado. Aplacaba la ira para mantener las reacciones a raya. No era una emoción bonita.
Annie arrastró su mente de vuelta al presente.
—¿Adónde fue? —preguntó Maeve. A su mentora le conmovió percibir un toque de dulzura en su tono.
Un día, había ido a hacerle un recado a su madre y, al llegar a casa, había encontrado un cigarrillo aún encendido y una nota garabateada a toda prisa.
Las palabras eran concisas y despreocupadas, pero confirmaban todo aquello que Annie había empezado a creer.
En algún punto, tarde o temprano, todos la dejarían sola. No merecía que nadie se quedara.
«He ido a buscar a tu padre. Espero que lo entiendas. Besos».
—¿Lo sabes tú? Porque yo no. Hace tiempo que dejó de enviarme postales navideñas y nunca recibo respuesta a los hechizos de comunicación.
Es una mujer complicada que ha pasado por mucho —se lamentó Annie con tristeza, mientras los recuerdos de aquellas personas en las que intentaba no pensar se abrían paso con timidez —.
Pero, antes, apreciaba los detalles bonitos y elegantes.
Necesitaba que la cuidaran y la quisieran para sentirse especial.
Disfrutaba gastándose nuestra fortuna en cualquier cosa…
Maeve inhaló con brusquedad.
—¿Fortuna? Espera, ¿me estás diciendo que nos encontramos recluidas en este sitio cuando en realidad eres rica? ¿Por qué no estamos ahora mismo en un yate brujeril de última generación?
—Te equivocas, antes era rica. —Annie soltó una carcajada—.
Cuando era pequeña, sí, mi padre era un hechicero importante que se mezclaba con otros brujos más importantes incluso que él.
Mi madre tenía una herencia inmensa porque nuestra familia se movía en los círculos correctos… Nuestras circunstancias cambiaron.
—Más complicaciones —dijo Maeve con las cejas arqueadas—. Para ser alguien que parece perfecto, tienes una mochila bastante grande, ¿no?
Annie volvió a echarse a reír.
—Eso es decir poco. Pero no creo que ninguna relación familiar sea fácil, ¿no te parece?
—No sé mucho del tema.
Annie se tensó. ¿Por qué le había preguntado algo así?
—¿Recuerdas a tu madre? —preguntó, titubeante.
Su relación se volvía más íntima a medida que se entendían entre sí, pero ninguna de las dos brujas se había atrevido a tratar el tema de la familia de Maeve hasta que ese terreno irregular y mutuo se había revelado ante ellas.
No estaba segura de cómo recibiría la pregunta, en la que deseaba ahondar más de lo habitual.
Annie se preparó para que una llamarada de fuego mágico cruzara el aire hasta su entrecejo.
Pero Maeve tan solo removió la taza de café, con los ojos fijos en su contenido oscuro.
—A mí la mía también me dejó sola. No recuerdo demasiado de ella. De nada, en realidad.
Annie dejó que Maeve reflexionara sobre qué decir a continuación.
Fuera, el ritmo de la lluvia había comenzado a tamborilear contra los marcos de las ventanas y el sonido recordaba a un puñado de guijarros lanzados contra el cristal y el techo de paja.
Dentro, el hogar de la cabaña desprendía calidez y seguridad.
—Era joven, por lo que no me sorprende que me abandonase —se aventuró a decir Maeve—. Solía enfadarme que lo hubiera hecho, pero ya no le guardo rencor. Debes de estar muy desesperada y no tener demasiados recursos para abandonar a un niño, ¿no? Supongo que estaba pasando por una mala época.
A Annie la imagen de una versión más pequeña y solitaria de Maeve le pareció devastadora, como un pinchazo tan agudo y triste en el corazón que estuvo a punto de desmoronarse.
Una sensación feroz y tumultuosa de protección se agitó en su interior como un huracán, acompañada del deseo abrumador de volver atrás en el tiempo y cuidar de esa niña.
Tendría que conformarse con hacerlo en el presente.
—No hay duda de que debía de estar asustada —supuso Annie—, pero seguro que tú también.
Maeve le dio otro sorbo al café.
—En realidad, es una historia algo extraña.
Me encontraron porque el maldito cartero oyó que la llamaba.
Una vez eché un vistazo a los informes y decían que la casa estaba vacía, como si ella y todos los demás hubieran desaparecido.
Parecía que había salido de allí a toda prisa con intenciones de volver porque tenía la mesa preparada con tazas de té, los boles de avena estaban a medio comer en la cocina…
Una locura, ¿eh? Y yo estaba sentada al fondo de un armario cerrado, jugando con una muñeca.
Siempre he asumido que se metió en problemas y tuvo que huir, pero… suena turbio, ¿verdad?
Annie solo pudo asentir sobre la cabeza inclinada de Maeve.
—Parece que atraigo… las situaciones malas, todo lo sombrío —dijo la adolescente con un hilo de voz antes de soltar una carcajada ahogada.
Comenzó a toquetearse la piel alrededor de las uñas, pero no tardó en recomponerse—.
Como he dicho, no tengo muchos recuerdos porque era una niña.
Solo tenía cuatro años. Pero, en mi subconsciente, sé que se portaba bien conmigo.
Y solía pintar dibujos muy buenos para que los coloreara cuando nos despertábamos temprano. Supongo que de ahí me viene.
—Quizá te parezcas a ella en muchos sentidos. Seguro que en más de los que piensas.
Maeve susurró un «ajá» mientras jugueteaba con el extremo de la cola de Karma.
—No sé si es bueno o no, así que por el momento solo puedo agradecerle mi habilidad con el arte. ¿Tú te pareces a tu madre?
—Espero que no —contestó Annie antes de poder evitarlo.
Se llevó la mano a la boca y las dos chicas estallaron en risitas ante tal declaración—.
Es que nunca tuvimos mucho en común —se apresuró a añadir—.
Aparte de que ambas reconocíamos la importancia de elegir el bolso adecuado. Mi madre podía ser un poco… despiadada.
—¿Despiadada? —se sorprendió Maeve—. Entonces, justo al contrario que tú.
Annie cuadró los hombros.
—Puedo ser despiadada si quiero.
Maeve puso los ojos en blanco antes de tomarse lo que quedaba del café.
—Solo nos conocemos desde hace unos días y ya te he visto llorar unas cien mil veces.
—Una bruja puede llorar mucho y seguir siendo una tía dura.
—Por supuesto, pero tú has llorado cuando he conseguido elaborar con éxito una poción para que me salgan orejas de gato. Eres la persona más sensible y empática que he conocido nunca. No sé cómo lo haces.
—Es complicado —admitió—. A veces me pregunto qué tal me iría si no prestara tanta atención a lo que piensan o sienten los demás.
—Quizá te iría mejor, porque tendrías el control de tu propia vida.
Oír la idea en voz alta, tan sincera y sencilla, fue toda una revelación.
—No te hagas la sorprendida —continuó Maeve—. Tú misma lo has admitido poco a poco. Prueba A, trabajas demasiado duro en la pastelería. Lo que está genial, claro, pero también puedes decirle adiós y ver cómo flota lejos de ti si no te hace feliz.
Annie entornó los ojos para contemplar a Maeve con desconfianza.
—¿Estás segura de que tienes quince años y no eres una vieja bruja arrugada con un disfraz muy convincente?
—Tampoco es un consejo tan profundo. Yo dejo ir cosas a todas horas —dijo Maeve, estirándose con torpeza, apoyada en un lateral del sillón—.
Es como comprar un globo en la feria. Lo disfrutas durante un tiempo, pero después se vuelve una molestia y un engorro enredado en tu muñeca que te golpea en la cabeza cada vez que echas a andar.
A veces es mejor desatar el nudo y dejarlo marchar.
—No es tan fácil. —Annie centró los ojos en sus calcetines mullidos a juego, de un radiante color naranja con un patrón de hojas, cada par a un lado de la gata tumbada entre ellas.
—¿Por qué no?
—Porque decepcionar a los demás es la peor sensación del mundo —susurró Annie. Ya solo decirlo en voz alta le creaba un nudo del tamaño de una piedra en la garganta. Se suponía que debía estar dándole lecciones a aquella chica, no al revés.