Capítulo 13. Una llegada inesperada
UNA LLEGADA INESPERADA
P or pequeño que fuera, parecía que habían hecho algún avance.
Maeve se mostraba más relajada o, al menos, no saltaba de inmediato cada vez que Annie abría la boca para hablar.
Por su parte, Annie estaba descubriendo que a la chica solo le hacía falta un poco de refuerzo positivo, pequeñas descargas de ánimo que le aseguraran que lo estaba haciendo bien.
Quizá nadie le había procurado algo así hasta ese momento.
De hecho, no quería tentar a la suerte o dejarse llevar, como solía ocurrir, pero Annie estaba bastante segura de que Maeve parecía incluso estar…
desarrollando cariño por ella. Casi tenía que obligar a la chica a irse a la cama por la noche.
Arrastraba hasta la habitación, enfurruñada, los calcetines de borreguito que llevaba desde que Annie la había convencido para que lo hiciera, y no parecía apreciar demasiado el tiempo a solas.
En su lugar, siempre pedía que se quedaran despiertas hasta tarde hablando de leyendas mágicas o comentando nuevos encantamientos sobre los que había leído.
Unos días después de su paseo por el bosque, estaban a un mundo de distancia de aquella primera noche en la Cabaña Arden.
Acabaron la primera semana en la casa como amigas.
—¿Puedes guardarlo? —le pidió Annie mientras acunaba entre los brazos parte de la vajilla que habían sacado de los armarios de la cabaña.
Se refería al ejemplar de Diseño dinámico: alquimia experimental para hechiceros vivaces que Maeve había encontrado al rebuscar en las estanterías.
Luego, le había lanzado un hechizo silenciador temporal a la adolescente para que dejara de insistir en que podía hacer sin problemas una poción de invisibilidad eficaz al primer intento.
Su paz no duró mucho, ya que Maeve no tardó en entender cómo revertir el hechizo de Annie.
A altas horas de la noche, mientras el maleficio y sus fantasmas mantenían a Annie despierta el tiempo suficiente para ver cómo el sol se elevaba sobre el prado, se le había ocurrido una idea que no pudo evitar poner en marcha.
Por suerte, Maeve parecía aceptar que, cuando Annie tenía un plan, se comprometía con él en cuerpo y alma, por lo que cada vez le sorprendía menos la escena que la saludaba al abrir, somnolienta, la puerta de la habitación.
Esa vez fue una hilera de copas de helado alineadas junto al caldero, rematadas con pajitas de rayas.
—Vamos a mezclar helado con refresco. ¡Y magia!
¿No es divertido? —Annie le dedicó una sonrisa radiante con una ronda de aplausos tan entusiasta que de sus dedos surgió una lluvia de rebeldes chispas rosadas.
Maeve, aún sumida en un estupor adormilado, frunció el ceño cuando Annie se colocó sobre la cabeza un gorro de cocinero de papel—.
¡Mira mis zapatos! —Annie dio una vuelta sobre sí misma, y sus pantuflas peludas se transformaron con una neblina rosada en unos patines, a juego con el disfraz de camarera.
—Lo odio.
—No, imposible. Nadie odia mezclar refrescos y helado.
—Yo sí, sobre todo a esta hora de la mañana. ¿Dónde está el café?
—Marchando, bombón. —Annie colocó la gigantesca cafetera sobre una bandeja metálica enorme y, sosteniéndola a gran altura, patinó hasta Maeve, tambaleándose un poco, para tendérsela con un guiño exagerado.
—Pensaba que hoy íbamos a probar con las pociones, no a hacer realidad mis peores sueños. Eso tendría que ver más con Nigromancia, ¿verdad?
—Te equivocas, mi querida cascarrabias —dijo Annie, agitando un dedo—.
Anoche me di cuenta de una cosa importante tras llevar despierta casi veinticuatro horas, el momento de las mejores ideas: mezclar refresco y helado es como una poción muy básica, ¿no?
Seguro que estarás de acuerdo en que ha sido uno de mis momentos de mayor lucidez.
—Si tú lo dices… —contestó Maeve, que se aferraba al café como si necesitara que el primer sorbo produjera un milagro—. Deberías plantearte acostarte antes.
Comenzaron con recetas divertidas y tontas: encantamientos fáciles y alegres que devolvieron a Annie a su época en la escuela, cuando hacía mezclas caóticas en la residencia.
Para empezar optaron por la poción crepitante, con capas de polvo de menta (el toque refrescante perfecto), pétalos de nomeolvides (para recordar solo las alegrías) y un puñado de tornillos (para que el consumidor recuperara los que había perdido).
Tomó el jarrón con flores de calabaza para arrancarles los estambres y espolvorearlos como si fueran azúcar.
Luego, animó a Maeve a usar la magia para remover los ingredientes, a la vez que recordaba todos los momentos divertidos que se le ocurrieran.
—Verte cantar con una cuchara de madera mientras hacías el desayuno el primer día —decidió Maeve, lo que avergonzó a Annie. Un torbellino de chispas rojas recorrió la copa de helado como el sirope de fresa y, tras producirse un remolino, el cristal tintineó hasta quedarse inmóvil.
—Y voilà . Una poción de helado —anunció Annie, orgullosa, tendiéndole la copa a Maeve, quien introdujo en ella la cuchara.
En el momento en el que la dulzura le tocó los labios, estalló en fuertes carcajadas en un tono agudo muy brujeril, a la vez que un rocío de leche rosada salía disparado por todas partes.
No podía dejar de reír y Annie no tardó en unirse.
Las dos acabaron dobladas por la cintura, agarradas a la encimera, soltando carcajadas como brujas de película.
—Qué tontería —balbuceó Maeve entre risas—. Pero qué gracioso también. —Las palabras eran una descarga de azúcar en el alma de Annie.
No mucho después, el helado derretido cubría toda la cocina.
A Maeve le gustó en especial la combinación doble de crema y sombras líquidas, que no solo era achocolatada e intensa hasta decir basta, sino que durante un tiempo hizo que le apareciera un par de elegantes orejas negras de gato.
Annie prefería el helado bañado en una burbujeante cerveza de jengibre, cubierto con picapica, que las hacía levitar a treinta centímetros del suelo durante unos segundos.
Las dos brujas acordaron que la mezcla de escama de dragón seca y kale crujiente, que les obligaba a hablar con rimas, era la peor, tanto por su sabor como por el resultado.
—¿Has tenido suficiente por el momento? Quizá uno más no te suponga un tormento. Quiero decir… Uf, ¿quieres hacer alguna más? —preguntó Annie, negando con la cabeza para intentar desprenderse de los retazos de esos terribles pareados que se le habían pegado a la garganta.
—Necesito un descanso —confesó Maeve. Flexionó los dedos de la mano derecha para estirar los músculos que habían estado produciendo magia hasta entumecerse durante horas—. Además, siento que voy a vomitar. Al parecer, sí que se puede comer demasiado helado.
—Sí, perdona, ahora mismo te sirvo una taza de té bien dulce —dijo Annie mientras deambulaba por la sala. Parecía que se hubiera producido una pequeña explosión en la cocina porque había charcos de helado derretido e ingredientes efervescentes esparcidos por todas partes.
—Nada de azúcar. Y que sea un café, por favor. Odio el té —replicó Maeve mientras se desplomaba, en una postura extraña, sobre la alfombra frente al fuego. Karma pasó de la mecedora al regazo de la adolescente, en cuyo estómago comenzó la ardua tarea de amasar galletas.
—Eres una bruja, no puedes odiar el té —contestó Annie, mientras encantaba un trapo para limpiar un charco de poción que goteaba desde un armario—. El vicio que tienes con el café es inquietante. Eres demasiado joven para tener tanta cafeína en las venas. Eso a partir de los treinta.
Maeve le dedicó una expresión impasible.
—Ven y siéntate. Tú también necesitas descansar. Siempre estás de aquí para allá.
Quizá la limpieza podría esperar una o dos horas.
Pillarle el truco a la Alquimia era una tarea bastante sucia, pero por alguna razón a Annie no le pareció mal dejar el caos tal y como estaba, ya lo arreglaría más tarde.
Tal vez podría soportar el desastre, al menos durante un tiempo.
Annie se sentó en el suelo, junto a Maeve, y le tendió una taza.
—Es lo que siempre solía decirme mi madre. Pensaba que era una exageración, pero debe de ser verdad si tú también lo crees.
Tras darle un sorbo al café, acarició con el dedo la nariz de Karma y se sorprendió al darse cuenta de que, en aquel momento poco habitual de relajación, no echaba de menos el ambiente de la ciudad, tan lejos.
De hecho, le gustaba pensar que lo había dejado muy atrás, casi un recuerdo.
En su vida londinense, nunca había disfrutado de pausas tan valiosas como aquella.
—¿Cómo es?
—¿Quién? ¿Mi madre?
Maeve asintió, pasando los pulgares por el asa de la taza antes de agarrarla con ambas manos para disfrutar de su calidez. Annie soltó un suspiro y se preguntó por dónde debía empezar a describir a Cressida Wildwood ante alguien que nunca la había conocido.
—Bueno, era… complicada —dijo, centrándose en los hechos objetivos.
—¿Era? ¿Ha muerto?
—No, no creo, pero no he vuelto a saber nada de ella desde hace mucho tiempo —musitó con una suave sonrisa.
Siempre sentía que caminaba sobre la cuerda floja cuando alguien le preguntaba por su familia.
Solía desembocar en conversaciones incómodas a una velocidad vertiginosa—. Es difícil de explicar.
—No hace falta que lo jures —comentó Maeve con las cejas arqueadas.