Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 12. Dulce karma #3
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Capítulo 12. Dulce karma #3

—¡Karma! —Maeve corrió hacia la gata con un grito de alivio.

—Espera, no entres —advirtió Annie a toda velocidad, abalanzándose hacia ella para alcanzarla.

La chica retrocedió, tambaleante—. Los corros de brujas son un poco impredecibles.

—El círculo de setas era grande, de unos cuatro metros y medio de diámetro, y Karma estaba justo en el centro, lamiéndose la pata delantera para lavarse tras la oreja.

El pequeño cascabel rosa de la correa tintineó al moverse.

—Es muy raro. ¿Crecen así o se debe a la magia? —preguntó Maeve.

—Un poco de ambas. Impresionante, ¿no?

Al fijar su atención por fin en sus rescatadoras, Karma soltó un suave maullido, poco impresionada porque hubieran tardado tanto en encontrarla, como si no hubiera sido elección suya lanzarse hacia lo desconocido.

Avanzó hasta Annie, que estaba arrodillada junto al borde del corro de brujas.

Tras pasarle la cabeza por la rodilla, comenzó a ronronear a un volumen impresionante cuando su dueña la levantó y Maeve la acarició, a la vez que susurraba abundantes disculpas.

—Has encontrado magia protectora para mantenerte a salvo, Karma. Chica lista —musitó Annie antes de darle un beso en la cabeza, donde le dejó la marca del pintalabios.

—Nunca había visto uno de estos —dijo Maeve, aún fascinada por el corro de brujas. Acercó el zapato a una de las setas, curiosa, hasta que Annie volvió a advertirla.

—En serio, no lo hagas. Son caprichosos.

Nunca sabes si tienen intenciones benévolas o siniestras.

En las leyendas de otros países los conocen como anillos de hadas y cualquiera con sangre mágica suele poder entrar sin ningún problema, pero nunca se sabe si te darán acceso o no.

Por lo general, los no brujos son los que deben preocuparse de las consecuencias, pero gran parte de los hechiceros piensa que son peligrosos y los evita también.

—¿Peligrosos? ¿Un puñado de champiñones?

—Hay un montón de mitos sobre que se convierten en hadas que bailan con los no brujos que los cruzan sin querer hasta llevarlos a su muerte. Y que los vuelven invisibles para que nadie pueda verlos ni ayudarlos.

Maeve soltó un suave silbido.

—Qué sombrío —dijo, sin duda impresionada por esa macabra leyenda.

—Sí, ¿verdad? A lo largo de la historia, han estado ligados a relatos horripilantes. Prefiero la idea de que usan las setas como mesas de comedor. ¿Te imaginas lo diminutas que serían las tazas de té? ¡Adorables!

Maeve puso los ojos en blanco.

—¡Qué aburrida! ¿Podemos seguir hablando de bailes de la muerte? Tengo muchas preguntas sobre ese tema. —Annie chasqueó la lengua ante su atracción por lo morboso—. Bueno, en nuestro caso, seguro que estaríamos a salvo. Es un corro de brujas porque Karma ha decidido que es un buen refugio.

—Siempre he sospechado que mi preciosa gata es un genio y esto lo confirma —comentó Annie, orgullosa, antes de centrar de nuevo la atención en el círculo y estudiarlo—.

Mira, ¿ves ese débil brillo en su interior?

Sirve como protección. Tiene sentido que un corro de brujas haya ayudado a mi familiar a protegerse y a nosotras a encontrarla.

Maeve se tiró de las mangas, insegura.

—¿Ahora me odia? —Como respuesta, Karma soltó un maullido y estiró la pata hacia Maeve—. Siento haberte asustado. Yo me doy miedo todo el tiempo, así que lo entiendo. —Karma estiró el cuello hacia ella para indicar que aceptaría con gusto que le siguiera rascando entre las orejas como disculpa.

—Nunca he visto a esta gata tan cariñosa con nadie —comentó Annie, maravillada—. Te quiere.

Maeve sonrió, orgullosa.

—¿Por qué la llamaste Karma?

—Pensaba que era obvio —dijo Annie con expresión engreída—. Me encantan las cosas dulces.

—Bueno, gracias, hadas, brujos, gnomos, duendes y cualquier criatura que esté deambulando por aquí… —dijo Maeve, saludando al círculo de setas—. Gracias por cuidar a la gata y no hacernos bailar hasta la muerte. Sería una manera bastante embarazosa de dejar este mundo.

—Vamos, si no meto los pies en agua hirviendo en los próximos tres minutos, la realidad me dará en los morros y nunca dejaré de gritar.

Y, mientras me encargo de arreglar las consecuencias del incendio, tú lavas los platos, que se me ha olvidado con tanta pintura —dijo Annie, alegre, mientras daban la vuelta hacia la cabaña.

Luego, rodeó con el brazo el hombro de Maeve, donde Karma hacía equilibrismos como si fuera un loro.

La chica se quedó boquiabierta.

—¿Estás de broma? Hay suficiente vajilla en el fregadero para tenerme ocupada hasta que me jubile. Casi parece que has abierto otra cafetería con tanta tortita. No soy…

—Ah, creo que vas a descubrir que sí…

Su discusión desenfadada y sus risas flotaron por el viento, que las transportó lejos.

Aquel sonido, suave y preciado, algo nuevo y especial en la Cabaña Arden, se coló en un remolino de hojas caídas como caramelo en una tarta y rodeó el corro de brujas para mezclarse con el resto de los susurros que serpenteaban entre los árboles.