Capítulo 12. Dulce karma #2
Annie se encogió de hombros, cohibida. Como si hubiera revelado una especie de carencia secreta, aunque no creía que Maeve pretendiera que se sintiera así. La chica parecía fascinada de verdad.
De repente se giró hacia Annie con un brillo en los ojos y la sombra de una sonrisa traviesa que no podía mantenerse oculta más tiempo.
—Grita.
—¿Qué? —balbuceó Annie.
—Sí, vamos —la animó la adolescente, con carcajadas por su propia audacia.
Su mentora dudó y soltó una risita.
—¿Ahora?
—Ahora. Suelta un grito ensordecedor y horrible. Como si fueras la rubia indefensa de una película de miedo, la que está a punto de morir la primera. No te ofendas, por cierto, pero serías tú, sin duda. Chilla todo lo fuerte que puedas.
Tras apartarse un poco, Maeve soltó un grito orgulloso que le surgió de la base de la garganta e hizo eco por la cúpula de hojas sobre sus cabezas.
Los pájaros huyeron de un árbol con una ráfaga de plumas, asustados por el ruido.
Annie se sobresaltó y se llevó una mano al corazón.
Maeve sonrió, perversa, y se metió las manos en los bolsillos del peto.
—Así.
—No puedo. —Annie se echó a reír, incrédula.
—Claro que sí.
Annie presionó los labios en una fina línea, una mezcla de sonrisa de superioridad y ceño fruncido.
—Aaah —dijo, elevando un poco la voz y agitando las manos por alguna razón que no terminaba de entender. El grito se asemejó más al ruido de un globo al deshincharse que a cualquier otra cosa.
Maeve esbozó una mueca, poco impresionada, y cruzó los brazos.
—¿De verdad no puedes hacerlo mejor?
—Perdona, perdona. —Annie sintió que estaba volviendo a fallar—. No se me da bien… dejarme llevar. Me siento avergonzada si alguien me ve así.
—¿Aunque sea yo?
Annie asintió.
—No sé por qué. Me he sentido así cuando pintábamos también. Es como un interruptor que no pudiera apagar. No va conmigo. No puedo ser así.
Maeve soltó un bufido antes de suspirar.
—Eres tan perfecta… Debe de ser agotador.
Por lo general, cuando a Annie le decían que era perfecta o incluso que era buena, lo sentía como un halago.
Una palmadita en la coronilla o una ligera presión en el hombro que le proporcionaba el apoyo suficiente para seguir adelante por un tiempo.
Solía guardarlo como un tesoro al que volvía de vez en cuando hasta que desaparecía y necesitaba nuevas reservas.
Pero en boca de Maeve estaba segura de que no significaba lo mismo.
—Bueno, gracias —dijo, insegura—. Sí, quizá cueste vivir de esta forma, pero no estoy segura de lo que ocurrirá si dejo de actuar así.
Maeve puso los ojos en blanco.
—No creo que el mundo vaya a acabarse, ¿sabes?
—El mundo en general quizá no, pero el mío en concreto sí.
Annie se sorprendió a sí misma al oírse decir algo así.
Se le había escapado antes de considerar si lo decía o no en serio, si debería o no confesarlo.
Pero, cuando las palabras se liberaron de su lengua y flotaron hasta el suelo, rendidas a sus pies, supo que eran ciertas.
Todo se desmoronaría si se permitía descansar, aunque fuera solo un segundo.
—Muchas personas dependen de que siga esforzándome por mostrar mi mejor versión.
—Pero ¿por qué piensas que le debes alguna versión de ti misma a nadie?
Como a tus amigos, solo para hacerles sentir más cómodos.
No, gracias —dijo Maeve, sorbiéndose la nariz—.
En mi opinión, lo importante en la vida, y quizá también en la magia, es ser tú mismo y ver quién se queda a tu lado, aunque es verdad que hasta el momento no me ha funcionado demasiado bien.
—Dejó escapar una carcajada de incomodidad y entornó los ojos al mirar a Annie, expectante.
Luego, negó con la cabeza cuando no recibió respuesta—. Eres tan rarita como yo.
Annie advirtió un ligero toque de admiración o quizá de asombro entre sus palabras. Sabía que era un halago sincero, al proceder de Maeve, y, aunque pareciera extraño, se sintió orgullosa.
—Quizá.
—Entonces, tal vez hubiéramos sido amigas en el instituto.
Si fueras treinta años más joven. Apuesto lo que sea a que puedo predecir lo que decía tu boletín académico…
—Maeve imitó la voz de un profesor severo—.
«Es un placer enseñar a una alumna así. Una chica brillante. Pero debería hablar más alto».
—¿Cómo lo sabes?
—De mí dicen exactamente lo mismo. Somos iguales, aunque diferentes.
De nuevo, Annie tuvo que reírse ante la franqueza de aquellas opiniones que Maeve ofrecía, según empezaba a entender, sin estar envueltas en papel de burbujas por muy sensible que fuera el tema. Aún no había decidido si le resultaba desagradable o atractivo.
Al final, llegaron a un claro en el bosque y Annie sintió un hormigueo en la columna vertebral, como si hubiera rozado una corriente eléctrica. Su magia le produjo un cosquilleo y la afinidad chisporroteó como un papel bajo una lupa atravesada por el sol. Karma estaba cerca.
Podría haber sido un juego de luces. Un puñado de flores pálidas dispersas, un seto de hortensias color algodón… ¿en mitad del bosque, en pleno octubre? Annie entornó los ojos para estudiar la mancha blanca.
Con el rabo pegado a su cuerpo de algodón de azúcar, Karma estaba sentada en el centro de un corro de brujas. Las setas surgían del suelo como joyas, con sus sombreros de rubíes rojos y su tallo nacarado.