Capítulo 12. Dulce karma
DULCE KARMA
A nnie no solía correr. Según le decían, las endorfinas liberadas la pondrían contenta, pero tenía la firme creencia de que un trozo de tarta le sentaría mucho mejor.
Sin embargo, si algo podía hacerle correr era la necesidad de encontrar a su familiar.
Iría hasta el fin del mundo si hacía falta para proteger aquella parte de su corazón.
Annie se abrió paso entre los árboles y dejó atrás el claro para adentrarse en el bosque, sin ninguna otra guía más que confiar en que su afinidad la llevaría por el camino adecuado.
Al final, tuvo que detenerse, apoyar las manos en las rodillas y recuperar el aliento.
—Annie, lo siento. Lo siento mucho. —Maeve apareció tras ella, corriendo a toda velocidad, mucho menos asfixiada por el esfuerzo, aunque quizá más preocupada aún. Se secó las mejillas húmedas—. ¿Has visto por dónde se ha ido?
—Ha salido pitando por ahí —jadeó Annie, que luchaba por tomar aire—.
Maeve, espera… —Antes de poder terminar, la adolescente se encaminó por la dirección que le había señalado de manera imprecisa y no tardó en desaparecer entre los árboles.
Su mentora esbozó una mueca y se enderezó para reincorporarse al desesperado equipo de búsqueda.
—Maeve, por favor, para un segundo. —La alcanzó y la agarró por el tirante del peto para frenarla—.
No debería haberme lanzado así tras ella.
Lo más probable es que la haya asustado aún más.
Si paramos durante un segundo, puedo aprovechar nuestra afinidad y prestar atención a mi instinto.
Pero necesito poder respirar para hacerlo.
Maeve, también jadeante, asintió mientras se apretaba la coleta y se subía las gafas por el puente de la nariz.
Volvieron a bajársele debido a la capa de sudor que le cubría la piel.
Annie respiró hondo para recuperarse y el aire frío le penetró con fuerza en la nariz.
Lo hizo de nuevo, inspirando y espirando despacio.
Una ráfaga de viento serpenteó entre la cúpula de castaños que las cubría, e hizo que a Annie se le agitara el pelo y un puñado de hojas caoba revolotearan por el suelo como un susurro.
Poco a poco, se tranquilizó. Luego, tras hacer espacio en su mente, captó en la brisa ese aroma dulzón y terroso que siempre aplacaba su alma, el que olía a hogar.
—Por aquí —musitó Annie. Tal vez fuera la conexión intrínseca con su familiar o quizá toda la magia que había notado que se acumulaba en el aire en torno a la cabaña, pero algo le dijo que no necesitaba preocuparse.
Las cuatro patas habían llegado a un lugar seguro.
El latido de su corazón se aplacó un poco.
El aura del bosque pareció cambiar del rojo al ámbar, a un dorado más tenue, al pensar en Karma.
Se trataba de un espacio amplio, laberíntico y desagradable para una gata doméstica mimada, pero, cuando reanudaron la marcha, en su corazón supo que Karma estaba bien.
No tardarían en encontrarla. Le hizo un gesto a Maeve para que la siguiera y se encaminó en la dirección que le indicaba la magia.
—¿Sabes dónde está? —musitó la chica un tiempo después.
—No, pero sé que se encuentra bien. La sensación de peligro ha disminuido —contestó Annie, tranquila—. No le gustará haberse tenido que manchar las patas de barro por tu culpa, pero te prometo que la encontraremos y estará bien.
Maeve se sorbió la nariz y se la limpió con la muñeca.
—Lo siento mucho, de verdad.
—Lo sé.
—No pretendía asustarla. Nunca haría algo así.
—También lo sé.
—Para ser sincera, estoy algo agobiada. Por ayer.
Y por hoy. Y ahora esto. Solo… —Maeve interrumpió lo que fuera que quisiera compartir y se lo tragó, guardándoselo para sí.
Annie asintió; notaba el arrepentimiento.
Luego, hizo un gesto con la barbilla para que siguieran andando.
Ambas caminaron una junto a la otra en silencio, arrastrando los pies descalzos por el barro.
En ocasiones chasqueaban la lengua o llamaban a Karma.
Era revelador que encontrar a su familiar fuera tan importante para Annie como para que no le asqueara el estado de su pedicura sucia.
—Puedes contármelo —dijo con un hilo de voz tras una breve pausa antes de estirar el brazo con delicadeza y rodear a Maeve por los hombros. Por primera vez, la chica no se estremeció. De hecho, se recostó contra ella, como si necesitara ese apoyo.
—Te parecerá una tontería —musitó la adolescente.
—Cariño, si no empezamos a sincerarnos sobre cómo nos sentimos, nunca haremos ningún progreso. Vamos a seguir explotando calabazas y haré que estés a punto de volverte loca hasta que el aquelarre decida de manera oficial y categórica que las dos somos inútiles.
Maeve soltó un suspiro compasivo.
—Me siento abrumada por todo a la vez. Cualquier cosa me sobrepasa, a todas horas.
Y no sé qué hacer con nada. El impulso surge de mí antes de que pueda entender cómo devolverlo a su tamaño habitual.
Es como si se expandiera por mi interior sin darme cuenta.
Entonces, hago estallar algo o le prendo fuego y lo estropeo.
Siempre vuelo todo por los aires, de una u otra manera, pero solía ser por mi mal genio.
Ahora está esta maldita magia que hace que ocurra también de forma literal.
Annie se sentía tan identificada en muchos sentidos con esa confesión que no sabía si podía siquiera admitirlo en voz alta. Entendía de lo que hablaba. Incluso cuando no sentía nada, seguía notando un vacío abrumador. Un vacío enorme, cavernoso y sobrecogedor.
—¿Sabes? Quizá parezcamos muy diferentes, pero entiendo lo que quieres decir —contestó Annie; resistió el deseo de girar la cabeza para mirar a la chica.
La magia de caminar una al lado de la otra era que podían sumirse en sus propios pensamientos mientras los compartían, más para sí que para oídos ajenos.
El contacto visual arriesgaría la caída de ese puente tan precario y frágil.
—Ay, por favor, es imposible que tú, doña Perfecta, hayas sufrido cualquier tipo de pataleta que haya obligado a otra persona a…
, en plan, rellenar un informe. Toda mi vida aparece documentada en informes.
Mientras que tú eres la persona más tranquila y reprimida que he conocido nunca.
¿Qué me dices de tu reacción al desastre absoluto en el colegio?
¿Y lo de ayer? Da un poco de miedo, a decir verdad.
No me sorprendería si me dijeras que has matado a un hombre.
Annie se echó a reír. No se tomó las declaraciones de Maeve como un insulto.
Cualquier quinceañero asumiría que ninguna otra persona había sentido lo mismo que él y, en cierto sentido, no se equivocaría.
Tras una vida de escucha activa, había aprendido que todos beben de su propio brebaje exclusivo de experiencias y respuestas.
—¿Tranquila y reprimida? ¿Yo? —replicó—.
Siempre he pensado que soy una especie de cisne: en la superficie parezco calmada, pero debajo no dejo de patalear, aunque mi cisne esté bailando una jiga irlandesa acuática.
Me paso casi todo el día tratando de decidir qué estropear a continuación a base de preocuparme y darle vueltas.
Supongo que los mostramos y procesamos de manera diferente, pero mis sentimientos también son abrumadores.
La mayor parte del tiempo me siento angustiada.
Las cejas de Maeve hablaron por ella cuando la duda las hizo arquearse.
—Es verdad, lo juro. Siento cosas con tanta violencia y de manera tan intensa, igual que tú, que a veces me parece que no me dejan respirar —insistió Annie.
Pensó en el hechizo y en lo que le provocaba—.
Siento lo mismo que los demás sin que me lo pidan siquiera y ocupa tanto en mi interior que apenas hay espacio para que yo comprenda mis propios pensamientos.
Un búho ululó con suavidad sobre ellas, una bienvenida a la última hora de la tarde, y el primer rayo perlado de luna se filtró entre las nubes.
—Quizá sientas que tus sentimientos y poderes son más grandes que tú, pero al menos los expresas, Maeve.
Al menos dejas que salgan y luchas contra ellos para demostrarles quién es la jefa…
o quién acabará siéndolo. Es una fortaleza en sí misma.
Te admiro por todo eso, por tu valentía.
Incluso aunque explote de formas inesperadas en ciertos momentos.
Por primera vez, Maeve miró con atención a Annie mientras caminaban y frunció los labios.
—¿Qué haces con los tuyos? Con los sentimientos, quiero decir. Si tienes sugerencias, soy toda oídos.
Annie lo pensó durante un segundo.
—Nada —contestó, sincera.
La carcajada se le escapó por la nariz mientras la boca se le convertía en una línea que no podía considerarse una sonrisa.
¿Qué hacía con sus auténticos sentimientos?
¿Honrarlos? ¿Tenerlos en cuenta? ¿Reconocerlos?
Había practicado muchísimo tiempo para no hacer nada de aquello.
Para eso le servía el hechizo, para seguir siendo tan perfecta como deseaba.
—¿Qué? En plan, ¿nunca?
—No. Encuentro la manera de reducirlos y controlarlos de nuevo hasta que logro pasar página.
Annie nunca había sido tan sincera sobre ese tema con ninguna otra persona; algo en la vulnerabilidad de la chica la empujaba a hablar.
Si esperaba que Maeve se confesara con ella, debía hacer lo propio.
O quizá nadie se lo había preguntado antes.
Sentía que abría una roca para revelar el fósil de su interior; la forma de la verdad que ocultaba era tan extraña y antigua que no sabía qué estaba sacando a la luz en realidad.
Maeve le dedicó una mirada de perplejidad, como si Annie fuera un alienígena que acabara de encontrar en mitad del bosque.
—Entonces, ¿nunca… gritas? ¿O chillas? ¿O lanzas algo al otro extremo de la habitación y te avergüenzas un poco, pero luego te sientes mejor?