Capítulo 11. Imagen perfecta #2
Con una última salpicadura de un azul celeste cegador, un color que habían extraído del cielo de mediodía, Maeve dejó caer la mano. Luego, movió la muñeca y esbozó una pequeña mueca.
—Si no existe la costumbre, la práctica continuada de magia puede acabar con toda tu energía —le informó Annie al percatarse de los primeros síntomas—. Comamos una galleta. Invocaré un par de sándwiches de mermelada y nata de Celeste.
Con un agotamiento sincronizado, Annie y Maeve se dejaron caer en el sofá, una al lado de la otra.
La primera cruzó una pierna sobre la otra mientras la segunda se deslizaba hasta colocarse en diagonal, medio colgando de los cojines.
Partió la galleta en dos y mordisqueó su interior con los dientes delanteros mientras Annie hundía la suya en la taza de té.
—¿Tienes novio? —preguntó Maeve con la boca llena de galleta. Al hablar, algunas migas le aterrizaron en el pecho. Annie se atragantó con el té. Decidió que quizá sería mejor dejar a un lado el líquido abrasador antes de entrar en ese tema de conversación.
—¿Por qué me preguntas algo así?
Maeve se encogió de hombros, lo que no fue fácil, ya que tenía las orejas presionadas entre ellos al estar apoyada en el respaldo del sofá.
—Suponía que sí. Pareces de la clase de personas que saldría con chicos con mandíbulas que decapitarían a una mujer.
—Pues no, no tengo novio —contestó Annie con una rigidez extraña. Hablar sobre relaciones íntimas siempre la ponía de los nervios, como si estuviera a punto de cortarse con un papel. ¿Sería normal sentirse así?
—¿Por qué no? Eres maja y guapa.
—Oh, gracias. —Annie sonrió, cohibida—. Pero estoy muy ocupada. No tengo mucho tiempo para esos asuntos.
—¿Tiempo para qué? ¿Para el amor? Deberías priorizarlo. He oído que es bueno. —Por suerte, Maeve cambió de tema antes de que Annie pudiera encontrar la respuesta a aquella ocurrencia—. ¿Tienes muchos amigos?
Su mentora reflexionó sobre esa pregunta tan directa y peculiar.
—No tantos como te imaginas.
—Pero has dicho que estabas ocupada todo el tiempo.
—Claro. Conozco a muchas personas, pero los verdaderos amigos no abundan.
—Aaah, me da la impresión de que sales con personas terribles. —Maeve asintió, desviando los ojos hacia su tutora—. Me lo podría haber imaginado.
Annie soltó un bufido ante esa afirmación tan brusca.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Bueno, quieres agradar a todos. Si no, habrías rechazado, sin ofender, esta mierda de situación en la que debes hacer de canguro hasta vete tú a saber cuándo en mitad de la nada.
Ahí lo dejo. Según mis cálculos, lo más probable es que digas sí a cosas que en realidad no quieres hacer.
Y, por lo tanto, seguro que te rodeas de las personas incorrectas —comentó Maeve, desenfadada—.
No pasa nada. Yo tampoco tengo ninguno. Amigos, me refiero —añadió.
En su tono no había ni un ápice de autocompasión, sino que lo dijo como si estuviera leyendo en alto un libro de no ficción.
Annie se sintió un poco desconcertada por esa difamación inesperada pero sincera. Se metió un mechón de pelo tras la oreja, un acto reflejo para recomponerse.
—Estoy segura de que no es cierto.
—Nunca miento —contraatacó Maeve.
—Ah, no estaba sugiriendo que…
—No pasa nada. Por suerte, me gusta estar sola.
Sin embargo, debo decir que la magia no es muy útil cuando intentas ser una persona normal con la que los demás deseen quedar —continuó Maeve.
Como si de repente fuera consciente de que había dicho lo que pensaba en voz alta, se hundió aún más entre los cojines del sofá—.
Por lo que veo, la magia y los amigos no son muy buena combinación.
—Bueno, tal vez podamos cambiar eso —dijo Annie con suavidad.
Lo irónico era que las relaciones más naturales de su vida las compartía con Faye y Pari, dos personas no brujas con las que se permitía bajar la guardia, aunque fuera solo un ápice.
Las difíciles eran aquellas que iban acompañadas de magia.
La idea le hormigueó en la nuca y dejó a su paso un frío incómodo.
—Tampoco es que quiera ser amiga de ninguno de mis compañeros del colegio —continuó Maeve, ajena al monólogo interno de Annie—.
Entre todos, tienen las habilidades verbales de una cebolla.
Estoy esperando a que llegue la universidad para empezar de cero y conocer a gente maja. ¿O podría mudarme al ámbito brujo?
—Me parece un buen plan —la reafirmó Annie con una tenue sonrisa.
Intentó recordar si su yo más joven alguna vez disfrutó de una falta total de duda o ansiedad por el futuro como Maeve, pero le parecía imposible—.
¿Me permitirías hacerte una pregunta muy personal?
¿Cuánta experiencia tienes en el complicado mundo del amor para ofrecer consejos tan sabios?
—Más bien ninguna. Pero leo muchos libros. ¿Puedo seguir pintando? —Maeve se apresuró a levantarse del sofá, pero Annie la empujó con un cojín de volantes en el hombro para que volviera a sentarse.
—Un segundo. No vas a librarte con tanta facilidad. Es lo justo. Ahora me tienes que contar tus secretos.
—No hay nada que contar. —Maeve se terminó la galleta y se limpió las migas de los dedos antes de estirarse para acariciar a Karma.
La gata se había asentado en el sofá sobre su cabeza como si fuera una nube de dibujos animados—.
¿No te diste cuenta de que todas las personas del instituto creen que he nacido con tres cabezas en un circo?
Annie le sacó la lengua.
—Seguro que no son tan malos como crees. Tampoco es que hayas invitado a nadie a compartir un sándwich contigo, ¿no? Quizá necesites esforzarte más. Intentarlo con más empeño.
Maeve se quedó paralizada por un escalofrío de incomodidad. Se incorporó y se alejó, presionándose contra el reposabrazos del sofá, mientras la calma relajada en sus ojos se desvanecía de nuevo.
—No tienes ni idea.
Annie supo enseguida que no había acertado con sus palabras, que había terminado con la frágil conexión que acababan de establecer. Cerró los ojos con fuerza, furiosa consigo misma.
—Maeve, tienes razón. Ha sido muy insensible por mi…
—En realidad no sabes nada de mí —insistió Maeve—. Nadie lo sabe, así que deja de fingir lo contrario.
—Lo siento. Solo creía que…
—¿Qué? ¿Que soy la rarita que piensa todo el mundo y que los demás me odian porque me lo he buscado?
¿Que puedes abalanzarte sobre mí y moldearme hasta convertirme en alguien que encaje mejor, que no sea una molestia en la vida de los demás y, sobre todo, que te haga sentir que has salvado a la bruja incomprendida y problemática?
—Maeve, no es lo que… —La mente de Annie iba a un millón de kilómetros por hora, intentando recuperar lo antes posible ese momento entre ellas que se desmoronaba.
Pero ninguno de los fragmentos encajaba y apenas era capaz de seguirles el ritmo.
Los cambios de humor de Maeve eran muy erráticos, como si las emociones la sobrepasaran en un abrir y cerrar de ojos.
—Pensaba que eras maja —gruñó Maeve, mientras se levantaba. Con el rostro contraído, juntó las cejas oscuras en un ceño fruncido e iracundo—. Pero eres igual que los demás, ¿verdad?
Karma abrió un ojo para ver a qué venía ese escándalo.
—Maeve, era…
—Solo intentas sentirte mejor contigo misma. Quizá creas que soy ridícula, pero ¿sabes qué? Pienso lo mismo de ti.
De los dedos de Maeve surgieron chispas como si estuvieran hechos de leña. Al oír el crepitar de la magia, Karma agachó las orejas y soltó un maullido titubeante. Crispó las garras sobre la tela suave del cojín, consciente del incipiente problema.
Las luces sobre sus cabezas titilaron. Annie desvió los ojos hacia el techo.
—Oye, oye, tomémonos un descanso. ¿Y si nos comemos otra galleta?
—No quiero una maldita galleta. No me digas qué tengo que hacer. No me conoces. No sabes nada sobre mí.
Las dos brujas se giraron hacia la cocina, pero antes de que sus ojos pudieran asimilarlo el contenido del caldero que Annie había dejado hirviendo para la cena estalló en un puñado de llamas cegadoras de un brillante color azul.
Un repentino incendio atravesó los fogones e iluminó toda la planta baja con un silbido pronunciado.
Las ascuas relampaguearon por el aire hasta aterrizar en el dobladillo de las cortinas de cuadros, que estallaron en llamas.
Karma se sobresaltó con un maullido y estuvo a punto de rozar el techo con la cola por la conmoción.
Con un repiqueteo de patas sobre el suelo, salió corriendo desde la parte trasera del sofá a la puerta principal, que estaba abierta.
Frenética, sus garras chirriaron sobre el porche de madera antes de dejarse caer con un golpe seco en el claro.
—¡Karma! —Annie dio la vuelta al sofá a trompicones, a la vez que el té se derramaba por todas partes. No tardó en lanzar un hechizo con el que apagar las llamas mientras se movía, pero apenas reflexionó sobre lo que estaba haciendo.
Se dispuso a perseguir a su familiar antes de que pudiera encadenar siquiera dos ideas lógicas.
Oculta entre la hierba alta, Karma se había desvanecido, pero Annie continuó la marcha.
En algún punto, advirtió un ritmo constante sobre el terreno húmedo y embarrado, gracias a sus propios pies descalzos.
Quiso correr más rápido, perseguir aquel crujido distante entre la hierba.
Se le nubló la visión. El claro se convirtió en una mancha de hierba y nubes.
El horizonte del bosque, en un cristal ámbar agrietado.
En la periferia de su visión advirtió relámpagos de color naranja, rojo y marrón.
Nada parecía real. Solo podía sentir miedo, confusión y pánico, quizá suyos, tal vez de Karma.
A lo mejor eran lo mismo. Debía encontrarla.