Capítulo 11. Imagen perfecta
IMAGEN PERFECTA
E n torno a las tres de la mañana, Annie había llegado a la conclusión terminal de que era una persona horrible.
Tras apenas dormir, después de dar vueltas y mil vueltas en el diminuto somier individual de la planta superior, echó a un lado la manta, derrotada.
Como siempre, los lamentos de los espíritus del Splendidus Infernum la acosaban tanto en sueños como en las horas que pasaba despierta, pero en ese momento se fundían con su propia y cruel inseguridad.
Dado que no podía seguir su rutina habitual con precisión de reloj, se sentía perdida y la realidad de su situación con Maeve no dejaba de explotar la burbuja de su optimismo con una aguja afilada.
Como era natural, se pasó toda la noche angustiada por lo que le había dicho a Maeve, y sus propios lamentos se combinaban con los de sus compañeros fantasmagóricos.
Todo aquello era desastroso y precipitado, muy atípico en ella.
Pero lo importante en esa situación era la felicidad y el futuro de la chica, hacer que se sintiera cómoda mientras compartieran esos momentos juntas para que pudiera alcanzar una comprensión total de sus poderes.
—Creo que ayer empezamos con mal pie —se explicó Annie al sentarse en el otro extremo del sofá donde se encontraba Maeve.
Hasta el momento la adolescente había aceptado reticente una única taza de café sin mediar palabra y había ignorado a propósito la ofrenda de paz que era el despliegue matutino de tortitas, aunque Annie la había visto desviar los ojos hacia ellas en varias ocasiones—. Y también antes de ayer.
Por supuesto, Maeve se encogió de hombros y fijó los ojos en Karma, quien le calentaba los pies, altruista, convertida en un ovillo adormilado. Annie siguió adelante, decidida.
—Fuiste lo bastante madura para decirme en qué me estaba equivocando, para comunicármelo, y lo ignoré.
Siento mucho la manera en la que reaccioné.
No escogí el enfoque adecuado. Debería haber entendido que deseabas ponerte manos a la obra.
La magia es muy emocionante y te mereces explorarla a tu manera.
El silencio se dilató entre las dos mientras Annie se debatía entre qué decir a continuación. Le sorprendió cuando Maeve cedió y rompió la calma primero.
—Iba en serio, ¿sabes? Lo de que no necesito una niñera.
—Vale, vale. ¿Podemos no usar el término «niñera», por favor? —le pidió Annie, exasperada—. Me hace sentir que debería teñirme el pelo de azul y jubilarme. Pero la verdad es que aún me queda bastante para los cien años, aunque no lo creas. No estoy aquí para controlarte ni ser tu niñera.
Las chicas dejaron la disputa durante un segundo para sostenerse la mirada, una fulminante y otra intimidada, a la vez que las dos trataban de discernir cómo comportarse en presencia la una de la otra. Maeve se subió las gafas por el puente de la nariz y se encogió de hombros de nuevo.
—Entonces, ¿qué vas a ser?
Annie suspiró.
—¿Tal vez… tu amiga?
Maeve dudó. Luego, le dedicó un asentimiento casi imperceptible que Annie intuyó como lo más cercano a una disculpa que ella iba a ofrecer.
—Supongo que no estaría mal.
Aliviada, Annie dejó escapar el aire, agradecida de haber alcanzado por lo menos una frágil tregua.
Le sorprendía que aquella chica pareciera muy madura para su edad durante un segundo y, al siguiente, se mostrara demasiado dulce y joven como para abrirse camino sola por el mundo.
Esa punzada familiar de compasión hizo que el corazón se le constriñera sin piedad. Cuidaría de Maeve, quisiera o no.
—¿Podemos volver a intentarlo? —La timidez que acompañó la petición de Maeve pilló a Annie con la guardia baja—. ¿O lo he fastidiado todo?
Annie le dedicó una sonrisa como respuesta.
—Puedes probar todas las veces que quieras mientras estés en esta casa. Y no has fastidiado nada. Bueno, excepto la calabaza. La dejaste para el arrastre.
Tras esas palabras, las dos dejaron escapar carcajadas reticentes, similares a bufidos, que Maeve remató con una mueca de arrepentimiento. Parecía que el glaciar del día anterior comenzaba por fin a derretirse un poco. Annie, encantada con el progreso, levantó la taza para brindar con Maeve.
—Por los nuevos comienzos —exclamó, decidida—. Tengo un as mucho mejor bajo la manga que podemos probar hoy.
La manga en cuestión pertenecía a una enorme bata abullonada de artista que había hecho aparecer para cada una.
Con el montón de blocs de dibujo en mente, Annie había decidido en algún punto de esa noche sin dormir que había enfocado toda la situación desde la perspectiva incorrecta.
Aquello no era un examen que tuvieran que aprobar.
Maeve no estaba allí para tachar una lista de tareas ni impresionar a nadie y sin duda no quería nada que le recordara al colegio.
En lugar de abordarlo desde el punto de vista académico sin permitir un margen de error donde la inocencia de la chica en ese nuevo mundo quedara al descubierto, tenía mucho más sentido que la magia de Maeve se expresara a través de la creatividad.
En un principio, Annie se sintió tentada a empezar por la cocina, pero se recordó que aquello no iba sobre sus propias pasiones mágicas.
Las batas de artista iban acompañadas de boinas a juego e incluso unos tupidos bigotes negros opcionales.
Armada con dos enormes caballetes de madera, un par de paletas y una caja de pinturas encantada, Annie improvisó un taller en el salón.
En cuanto Maeve vio la caja de pinturas, se le iluminaron los ojos.
—¿Puedo usarlas?
—Claro, son para ti. Las pinturas están encantadas con un pequeño hechizo, Pigmentum Captura , que podrás lanzar tú misma con tiempo y práctica. Te permite absorber los colores del mundo a tu alrededor y extraerlos para que formen parte de tu repertorio.
Cada tono en la paleta tenía un reflejo tecnicolor, tentador e iridiscente, como el dorado del aceite.
El rojo anaranjado vivo procedía del cúmulo de amapolas silvestres que salpicaba una zona del claro cerca del camino.
El turquesa radiante, de las alas de una mariposa que había aterrizado en el asa de la taza de Maeve.
El rosa de ensueño, por supuesto, iba a juego con el pintalabios favorito de Annie.
La absorción del color era un hechizo ingenioso que solía usar en el glaseado de las tartas para extraer la esencia de un color y las emociones que surgían al recordarlo.
De ese modo, Maeve y Annie se pasaron el día poniéndolo todo perdido, pero, como se obligaba a recordarse la segunda una y otra vez mientras le cosquilleaban y se le crispaban los dedos por el deseo de arreglarlo, el desastre era bonito. Parecía ser que aquello podía darse.
—Es lo más guay que he visto nunca —dijo Maeve mientras estiraba los dedos para crear una línea en el lienzo con el amarillo extraído de un plátano.
Los destellos de su magia transportaban el color como una estrella fugaz por la cabaña y aterrizaban en la tela con un golpe húmedo satisfactorio, igual que si explotara un globo de agua.
La única regla estricta que había seguido la adolescente había sido que no podía utilizar pinceles u otras herramientas, para permitir que su magia la guiara con libertad.
El lienzo de Maeve no había tardado en convertirse en una obra maestra experimental que parecía pertenecer a una galería de alto nivel, algo que intentaría comprar la Sortiedad.
Annie, preocupada sobre todo por si la pintura morada que le había salpicado el vestido a causa de su entusiasmo no se limpiaba con facilidad, había preferido utilizar un pincel por seguridad y había empezado de cero en tres ocasiones.
Luego, tras sentirse avergonzada al considerar que su cuadro no era lo bastante bueno, se había marchado a hacer un té.
Apareció con una taza humeante de té de limón y fresa, cítrico, dulce e intenso, y se quedó a unos pasos de distancia tras Maeve, para observar cómo añadía más colores con total libertad.
El sol se abría paso por las cortinas de cuadros de la cabaña, cuya tela aportaba un tinte rojizo.
Le daba a toda la escena un toque de ensueño que aplacó la inseguridad de las dos brujas.
—No sé cómo lo haces —la elogió Annie, maravillada por la manera en la que Maeve utilizaba los colores de una u otra manera. Un naranja vívido, inspirado por la mermelada de la encimera de la cocina, aterrizó como un relámpago sobre el lienzo.
—¿Qué? —contestó Maeve.
—Olvidarte de todo y… crear. Sin quedarte en blanco. Sin darle demasiadas vueltas ni cuestionarte si será bueno o malo.
—A ver —replicó la adolescente, distraída, mientras inspeccionaba la caja de pinturas para decidir el siguiente paso—, en realidad da igual, ¿no? ¿Qué más da si es un desastre total? Dijiste que nada de esto era un examen.
—Claro. —Annie titubeó—. Por supuesto que no.
—Lo estoy disfrutando —dijo Maeve con sencillez—. No tiene que ser perfecto.
Annie tuvo que desviar los ojos del cuadro, avergonzada al descubrir que le picaban mientras observaba la trayectoria de la pintura.
La mentalidad de Maeve no podría ser más opuesta a la suya.
Se planteó que quizá se había pasado toda la vida sintiendo que cualquier cosa era un examen, uno que debía aprobar para demostrar su valor.
Pero, de alguna manera, siempre era una prueba para la que nunca estaba lo bastante preparada.
Su existencia estaba marcada por la sensación de encontrarse en problemas todo el tiempo, aunque no sabía con quién o por qué, de ahí que se esforzara tanto por recuperar el favor de todos.
Le aliviaba y a la vez le asombraba pensar que Maeve no vivía así.
Que era posible hacerlo. La chica confiaba en sí misma lo suficiente para creer que algo mágico surgiría del desastre que estaba creando.