Capítulo 10. La práctica de magia #3
—Un viejo amigo de mi madre que… bueno, quizá acabara siendo un personaje bastante perverso, decidió crear un ejército de vampiros por capricho, pero siempre me pareció que su elección personal para conjurar un hechizo arqueando la ceja izquierda fue una decisión muy sabia.
De hecho, ahora que lo pienso, esa elección quizá debería haber sido desde el principio una señal de alerta para el aquelarre… —farfulló Annie.
—Parece majo. ¿No puede enseñarme él?
—La cuestión es… que ya eres capaz de llamar a la magia. ¡Un comienzo maravilloso! —continuó Annie, decidida a ignorar su sarcasmo—. Ahora, sé que te interesaba mucho la rama de Encantamientos, por lo que…
—No, Nigromancia —gimió Maeve antes de echar la cabeza hacia atrás para mirar al techo.
—… me parece que nos vendría bien algo de práctica transfigurativa, ¿qué opinas? He pensado que podríamos empezar por lo básico, algo con un ligero brillo femenino. Al fin y al cabo, ¿qué es la magia sin su brillo?
—Increíble —farfulló Maeve con los brazos cruzados.
—¡Gracias! Había pensado que quizá podríamos comenzar con algo inspirado en uno de los ejemplos más preciados y célebres de todos los tiempos.
Tras eso, Maeve centró en ella toda su atención.
—Bien, vale…, te escucho —aceptó, curiosa. Pero su entusiasmo no tardó en mermar cuando Annie hizo un gesto hacia dos enormes calabazas que había recogido (con mucho esfuerzo) del jardín. A punto había estado de caer al riachuelo al levantarlas. Maeve se recostó en el asiento con un bufido.
—Vamos a usar mis extraordinarios poderes místicos para hacer una sopa de verduras, ¿no?
Annie solo le dedicó un guiño entusiasta.
Con un ademán de la mano izquierda, una de las calabazas empezó a sustituir el naranja radiante de su exterior por un tono pálido casi cristalino.
La superficie de la hortaliza mutó su aspecto natural en una metálica que comenzó a retorcerse en un remolino interesante.
Por último, cuatro ruedas aparecieron bajo la calabaza, así como una ventana en forma de corazón en cada lado de lo que ahora era un pequeño y sofisticado carruaje.
Annie dejó escapar un «¡Toma ya!» alegre, pero Maeve solo se sorbió la nariz.
—¿No te gusta? —preguntó Annie, sintiéndose rechazada.
—Las princesas no son lo mío. —Maeve se encogió de hombros—. Pero mi magia transfigurativa no funcionó mal ayer… Vale, deja que pruebe yo.
—¡Excelente! Me encanta tu entusiasmo —canturreó Annie, quien se colocó al lado de Maeve para intentar darle alguna directriz más—.
Ahora tendrás que recitar el hechizo mientras lo lanzas, ya que eres nueva en esto.
Más adelante, cuando hayas perfeccionado la técnica, podrás usar la magia en silencio para lanzar un conjuro.
Pero por ahora necesitamos un claro y conciso Puella Magi Iter .
Esas palabras hacen referencia al itinerario mágico de una chica.
¿Has visto lo bien que resume el hechizo?
Lo importante es la actitud. ¿Crees que lo recordarás?
Maeve sopló para quitarse el pelo de la cara y se subió las gafas por el puente de la nariz, decidida, tras fulminar a Annie con la mirada.
Esta se aclaró la garganta y se apartó un poco mientras trataba de captar las emociones que comenzaban a empañar el ambiente.
Irritación, una pizca de enfado. Se maldijo por haber usado el tono equivocado.
— Puell … ¿Cómo era? —preguntó Maeve.
—Asegúrate de… No del todo, más… Debes estirar la mano mágica dominante mientras hablas —la interrumpió Annie al darse cuenta de que ella la había desviado—. ¿Estás lo bastante atenta? Céntrate en guiar tus poderes hacia el objetivo, a la vez que…
—Lo estoy haciendo, ¡mira! Lo estoy señalando, ¿no?
—Sí, pero no es… —Annie se inclinó hacia Maeve y le levantó el brazo apenas una milésima, cambiando el ángulo de forma casi imperceptible. El hechizo se sintonizó con brusquedad con la incomodidad del ambiente. Impaciencia, resentimiento, un orgullo fracturado que parecía una descarga eléctrica…
—¡Es lo que estaba haciendo! —Maeve se soltó de la mano de Annie con brusquedad—. Deja…
—Ahora que lo pienso, quizá sería mejor… —probó a decir Annie de nuevo, animando a que la chica bajara el brazo una milésima. Notó que el corazón se le aceleraba cuando advirtió un relámpago de magia crepitar entre los dedos de Maeve—. Tomémonos un segundo para…
—¡Puedo hacerlo! —exclamó Maeve, terca y un poco más alto. Las emociones abrumadoras, intensas, le cosquillearon la nuca a Annie, quien notó cómo el pánico le subía por la garganta.
—Es culpa mía. Me estoy dejando llevar —se apresuró a decir, deseosa de aplacar el malestar creciente—. Aún no estás preparada y no pasa nada.
—¡Claro que sí! Literalmente esa es la razón por la que estamos aquí.
En ese momento era furia, una sensación profunda de injusticia, un grito feroz dirigido hacia Annie desde las profundidades de Maeve, sentimientos que parecían sombríos, peligrosos e impredecibles.
Annie seguía intentando atenuar con desesperación las emociones exaltadas de la chica—.
Tratemos algún concepto básico teórico, Maeve. Si sacas el cuaderno y…
—Deja que pruebe, ¿vale? Ni siquiera me estás escuchando. No confías en mí.
—Voy a darte otro ejemplo para…
— Puella Magia Quiter —gritó Maeve.
La calabaza estalló. Sus tripas licuadas de un intenso color naranja volaron en todas direcciones, para dispersarse por la cabaña con un golpe húmedo alarmante, provocado por una papilla que desprendía un hedor característico y horrible a calabaza muy quemada.
Karma, que se había adormilado, apacible, en el sofá, dejó escapar un maullido furioso cuando una salpicadura de calabaza le aterrizó en la suave y diminuta cabeza.
Las dos brujas se quedaron paralizadas. Pasaron varios segundos antes de que Annie se moviera por fin para limpiarse algunas briznas de calabaza de la punta del pelo.
—¿ Puella Magia Quiter ? ¿En serio? —dijo con una voz que reflejaba una calma peligrosa.
Maeve usó los dedos para limpiarse las gafas como si fueran limpiaparabrisas.
—Bueno, merecía la pena intentarlo. No me estabas dando la oportunidad de probar.
—No te lo estás tomando en serio, Maeve.
—¿Yo? Eres tú la que ha creado un carruaje de princesa a partir de una calabaza. ¡Quiero hacer magia de verdad! —Maeve dio un brinco para confrontar a Annie cara a cara. Las dos brujas se fulminaron con la mirada, cubiertas por las tripas pastosas de la calabaza.
—Cualquier hechizo es magia de verdad. Sobre todo los divertidos y alegres.
No tienes que demostrar nada a nadie —dijo Annie, al mismo tiempo que colocaba las manos sobre las caderas—.
Ya sé que tienes talento, pero el poder sin control solo lleva al caos.
—Soltó un suspiro mientras agitaba los dedos para eliminar un poco más de la papilla.
—No soy ninguna niña. No necesitas controlarnos ni a mí ni a mi magia —replicó Maeve—. Y lo último que necesito es una niñera.
—Ah, eso está claro, pero tu magia sí que la necesita. Quizá seas muy capaz e inteligente, pero tus poderes no pueden ir por ahí haciendo estallar en llamas cortinas y comedores cada vez que tus emociones se inflaman.
—En los dos casos, fue un accidente —contestó Maeve, enfadada.
—Exacto. Creo que al aquelarre le hubiera preocupado menos si lo hubieras hecho adrede, si hubieras pretendido cometer esos incendios.
Entonces, podrían haberte castigado y se olvidarían del tema.
¿Cómo esperas que confíe en ti si no dejas de causar desastres y actuar de forma irresponsable con tu magia?
—Annie esperaba que esa pregunta llevara a Maeve a admitir, reticente, que tenía razón.
Sin embargo, sus palabras parecieron avivar el fuego.
—¿Y esperas que te respete si no dejas de comportarte como una pelele ridícula que quiere agradar a todos?
Annie tuvo que esforzarse para no estallar en lágrimas tras esas palabras.
Maeve la fulminó con la mirada, apretando los puños hasta que los nudillos se le cubrieron de chispas de magia.
Aun así, Annie advirtió un ligero cambio en su actitud, como si esas palabras también la hubieran pillado de improviso, pero se estuviera esforzando por mantenerse firme.
No obstante, ese breve fogonazo desapareció un momento después.
—No me puedo creer que tenga que cargar contigo —escupió Maeve. Una pizca de calabaza le cayó del hombro al suelo con una salpicadura húmeda que sonó demasiado fuerte en mitad del silencio que se había instalado entre ellas—. Déjame en paz.
Con esas palabras, la chica corrió a su habitación y dio un portazo a sus espaldas. Annie se quedó agotada y derrotada, goteando puré de calabaza y preguntándose qué diablos acababa de pasar.