Capítulo 10. La práctica de magia #2
—Una gata. —Annie sonrió orgullosa a la vez que se limpiaba las migas de los dedos—.
Un cliché, lo sé, pero es perfecta. De hecho, sería mejor que la trajera porque se estará preguntando dónde calderos estoy.
—Se puso en pie y se dirigió al sofá. Luego, entre sus dedos comenzó a formarse un riachuelo de chispas como si fueran agua.
Hizo una pausa—. No tendrás alergia, ¿verdad?
Maeve negó con la cabeza y cruzó las piernas sobre la silla de madera, emocionada.
Fue suficiente para convencer a Annie. Karma apareció en una de las mantas, rodeada por una nube de magia del color de las rosas.
Dejó escapar un suave maullido y trotó hacia Annie para presionar la cabeza contra su cadera en el reposabrazos del sofá, encantada.
Annie la tomó en brazos y la acercó a Maeve.
—Karma, me gustaría presentarte a alguien muy especial.
Sé que no te gustan los desconocidos, pero sé maja, por favor —pidió Annie, desesperada.
Intentó no recordar las veces en las que Karma había conocido a sus exnovios, Romily, Vivienne, Harmony, Glory…
Todos habían acabado con al menos una lesión leve, dado que Karma se negaba a darles la bienvenida a ninguno de ellos y concluía que sus antebrazos se merecían una combinación hecha a medida de patadas, mordiscos y arañazos.
—¿No serás tú la chica más bonita que he visto nunca?
—dijo Maeve con una voz dulce, algo poco habitual en ella.
Antes de que Annie pudiera sujetarla, Karma se escapó de sus brazos y saltó hacia Maeve.
Su dueña se lanzó a por ella, pero la gata blanca se abrió paso entre los platos, apoyó las patas traseras en el hombro de Maeve y le acercó el hocico con un ronroneo de emoción y un movimiento rápido de la cola esponjosa.
—¡Le caes bien! —exclamó Annie, perpleja.
Con cada segundo que pasaba, aquella situación se volvía cada vez más extraña—.
Me lo tomaré como un muy buen presagio para nuestro primer día explorando tu magia.
Es hora de que descubramos qué la hace funcionar, aparte de los idiotas del colegio. ¿Tienes ganas?
Maeve se encogió de hombros, gesto que Annie empezaba a entender como un acto reflejo para comunicar «sí», en lugar de mera indiferencia.
—Me sirve. Creo que podemos empezar con alguna clase de…
—¿Qué estabas haciendo anoche? —escupió Maeve.
—¿Cómo?
—Te vi cuando fui a por el libro. Justo antes de medianoche. Estuviste fuera bastante tiempo. ¿Era una especie de ritual brujeril a la luz de la luna? ¿Sacrificaste algo? ¿Puedo acompañarte la próxima vez?
Annie se puso pálida. Estaba segura de haber esperado lo suficiente para que Maeve estuviera dormida del todo antes de empezar con el hechizo, pues lo retrasó hasta los minutos previos a la medianoche. ¡Qué imprudente había sido al no comprobarlo con cuidado! Se obligó a soltar una carcajada.
—Ah, solo estaba dándome un baño. Perdona por haber hecho ruido. Intenté no despertarte.
Maeve rascó a Karma bajo la barbilla, lo que pareció enviar a la gata a otro planeta del placer.
—Creí oír voces. Pensaba que estabas con alguien más.
A Annie se le subió el corazón a la garganta.
Los espíritus del maleficio. La manera en la que le hablaban, gimiendo y susurrando durante los trece minutos que duraba el hechizo.
Pero era imposible que Maeve los hubiera podido oír.
Los fantasmas que compartían sus lamentos y errores en el oído de Annie solo iban dirigidos a ella.
Ese era el pacto. No eran una manifestación real ni física que pudieran ver o percibir otras personas.
Además, se había asegurado de no levantar la voz; pronunció el encantamiento sumergida en la bañera, apenas un susurro, atendiendo sus quejidos en silencio hasta que el agua se tornó gélida.
El llanto silencioso y eficaz era algo que había dominado hacía mucho tiempo para superar los peores días.
Maeve debía de tener una capacidad auditiva excelente.
—Canto mientras me baño. —Annie soltó otra carcajada casual, a la vez que recogía los platos, ya vacíos—. Debe de haber sido eso lo que escuchaste.
—Puede ser. —Maeve asintió, insegura. Por suerte, centró su curiosidad en Karma, quien se había apoyado en el lomo, mostrándole el estómago de una manera mucho más indigna de lo que lo haría en una situación normal—. O quizá este bosque esté lleno de los espíritus de los condenados.
—¿Eso crees? —Annie se llevó una mano al pecho ante la idea.
—Lo espero. —Maeve esbozó una sonrisa—. Lo más probable es que nos lleváramos bien. ¿Con la magia podré comunicarme con ellos si por casualidad hay alguno por aquí cerca?
—En teoría, sí —admitió Annie, reticente, todavía ocupada con los platos—.
La Nigromancia es otra de las ramas de la magia a la que te tendrás que enfrentar en su momento, junto con Afinidad Animal, Encantamientos, Magia de la Tierra, Alquimia y Clarividencia.
Pero la Nigromancia es una de las que menos me gustan.
Me da escalofríos. Creo que por ahora nos centraremos en los vivos, si no te importa.
En secreto, a Annie le preocupaba el efecto que tendría la magia de la Nigromancia sobre su uso del Splendidus Infernum , por lo que haría todo lo posible para evitar esa rama concreta de la brujería.
Ya había bastantes espíritus, fantasmas y presencias que la acosaban debido al maleficio.
Facilitar una comunicación más profunda con los muertos, sumado a todo eso, quizá desataría el caos.
Por no mencionar que era un tema de lo más inquietante.
Annie dio una palmada y agitó la silla de Maeve, con esta aún sentada.
—Levántate. Es el primer día de tu nueva vida como bruja talentosa, experta y preparada. Un poco de entusiasmo, por favor.
La adolescente frunció el ceño y suspiró mientras echaba la silla hacia atrás, pero a Annie le agradó advertir cómo un retazo casi invisible de sonrisa atravesó su coraza. Su positividad quizá diera un poco de miedo, pero parecía que progresaban.
—Bienvenida a Brujería para dummies .
Annie no era de las que confiaban en el proceso, pero no le quedaba otra opción que seguir su instinto sobre cómo pasar el tiempo con una bruja adolescente. Estaba decidida a ser la profesora perfecta, pero no habían empezado su primera lección con buen pie.
Maeve no había reaccionado bien a lo que Annie había creído que sería un entorno académico inspirador y motivacional: un pequeño escritorio de madera para Maeve en el salón, junto a un conjunto completo de artículos de papelería cursis y brujeriles que Annie consideraba imprescindibles para el éxito mágico.
Había hecho aparecer también una pizarra giratoria ante la chimenea, así como un arcoíris de enormes tizas que escribían por sí solas.
Sobre el borde colocó la brillante manzana roja que cualquier profesor respetable añadiría a la ecuación y, adherido al extremo de la mesa, un sacapuntas automático.
—¿Qué diablos es esto? —Maeve frunció el ceño, al mismo tiempo que levantaba su nuevo estuche en forma de escoba.
—Ah, no es nada, en realidad —dijo Annie, confundiendo horror y desprecio por gratitud—.
Todos saben que la productividad depende al menos en un setenta y cinco por ciento de la selección adecuada de cuadernos y bolígrafos.
Al menos, yo creo que así es. Ahora, no te cortes, ¿vale?
Yo misma consideraría empezar un cuaderno nuevo como uno de los peores retos de mi vida.
¿Y si la lío en la primera página? ¿Y si lo estropeo con una caligrafía fea o un mal hechizo?
Por no mencionar lo de no utilizar pósits o mis bolígrafos favoritos.
Pero quiero que sepas que estás en un entorno seguro, Maeve.
Deja que tu magia y tus errores fluyan libres por aquí.
Maeve tan solo pestañeó una vez y juntó tanto las cejas oscuras que formó una arruga entre ellas.
—Ahora, pasemos lista —continuó Annie, con voz profesional, e invocó un portapapeles—. ¿Maeve Cadmus?
La chica miró a su alrededor.
—¿Esperamos a alguien más? —preguntó, impasible.
—Bueno…, no, pero es mejor estar siempre preparada. Supongo que estás presente. —Dibujó un tic casual junto al único nombre de la lista con el bolígrafo con el pompón más grande que había y se alisó la falda al aclararse la garganta—. Puedes llamarme señorita Wildwood.
—Pero te llevo llamando Annie todo el tiempo.
A su mentora se le tensó la sonrisa un poquito.
—Bueno, vale.
Como siempre, su magia había alcanzado su máximo apogeo al invocar el conjunto: un pichi rosa cubierto de un encantador estampado de diferentes siluetas mágicas, es decir, cartas de tarot, cristales y caras de gatos, con una inmaculada camisa blanca y una corbata rosa para darle un toque de profesionalidad.
Con sus zapatos rosas de charol, se acercó al escritorio de Maeve.
—¿Puedes utilizar la magia de manera consciente? ¿O solo ocurre sin más, cuando quiere?
—Claro que puedo —contestó Maeve, malhumorada, como si fuera una pregunta tonta.
Las dos brujas se movieron a la vez para invocar su magia.
Annie levantó la muñeca para hacer un pequeño ademán ostentoso mientras que Maeve apretó el puño antes de que, al abrir los dedos, de sus yemas surgiera una oleada de chispas.
La magia era así de complaciente, dispuesta a ceder y someterse a cualquier gesto que hiciera una bruja o hechicero con quince años.
Annie siempre había considerado interesante lo mucho que revelaba esa elección sobre los brujos, si eran tímidos o audaces, expresivos o sutiles por naturaleza.
Que, en el caso de Maeve, surgiera de la palma mostraba un enfoque un poco frenético, pero decidido, algo con lo que Annie podría trabajar sin problemas.