Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 10. La práctica de magia
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Capítulo 10. La práctica de magia

LA PRÁCTICA DE MAGIA

E l primer día de Annie en la Cabaña Arden comenzó antes incluso de que se despertaran los pájaros.

Tras rebuscar en la alacena de la cocina en mitad de la oscuridad hasta encontrar poco más que una solitaria taza y un único plato, se dio por vencida e invocó su cafetera italiana rosa y un nuevo paquete de granos de café de calidad.

La cafeína siempre era el mejor punto de partida.

Tras darle el primer sorbo y saborear su intensidad, se sintió como si, al accionar la palanca central de una fábrica abandonada, los fluorescentes se hubieran encendido y se oyeran chirridos metálicos. Era hora de poner en práctica la magia.

No merecía la pena mostrarse de malhumor.

Debía sacar provecho de la situación como hacía siempre.

Esa mentalidad nunca le había fallado. El desastre no era culpa suya.

De hecho, había sido egoísta al centrarse en sí misma y dejar que su positividad se tambaleara de forma tan drástica el día anterior. Se acabó.

Mientras los primeros rayos de luz matutina se derramaban entre las cortinas de encaje desde las esponjosas nubes, el sonido del trino de los pájaros se dispersaba por el cielo rosado a medida que cedía ante el azul.

Era evidente que no se había imaginado que acabaría en una cabaña destartalada y su corazón ya echaba de menos el ajetreo y la rutina de Londres, pero Annie debía admitir que ese momento de paz, mientras se bebía el café y elaboraba un plan, apoyada en la encimera, con los ojos fijos en el claro, tampoco estaba tan mal.

Cada brizna de hierba se había tornado dorada, como si se hubiera filtrado miel en ella, gracias a la luz otoñal que se colaba en la cabaña con un suave brillo romántico.

Después de haber logrado con éxito llevar a cabo el Splendidus Infernum en la bañera de la parte exterior, con retales de ingredientes improvisados extraídos del claro, el hechizo se había activado, y consiguió idear un plan vago.

Como todo plan que se precie, empezaba con un buen desayuno.

Uno o dos caprichitos mejorarían cualquier situación y, dado que no podía ir a Celeste, llevaría la tienda a la cabaña.

La cocina ya desprendía de forma evidente un tono más rosado que antes.

La había provisto de todo tipo de utensilios y había llenado las estanterías con abundantes ingredientes, así como con sus libros de recetas favoritos (y su grimorio personal).

La pequeña mesa de comedor quedó vestida con un mantel de seda de color verde menta, rematada con un jarrón lleno de dalias.

Acompañó el canto de los pájaros con el repiqueteo del batidor de varillas que trabajaba por su cuenta en la mezcla para obtener las magdalenas más esponjosas.

Un chisporroteo de grasa saltaba de una de las sartenes de cobre donde se cocinaban las radiantes yemas doradas, las salchichas tostadas y el beicon crujiente.

Annie se alejó de los fuegos en dirección a la encimera, a la vez que elaboraba un festín en una nube de magia que le salía natural.

Lo mejor de todo era que su canción, o tal vez los aromas dulzones, habían atraído el interés de varios habitantes del bosque.

Un joven ciervo oteaba por la ventana con ojos curiosos.

Sobre el fregadero, dos conejos habían saltado al alféizar y estaban sentados a cada lado del grifo.

Una familia entera de pinzones comunes con las mejillas anaranjadas había invadido una botella de leche vacía que sostenía un arreglo de flores purpúreas.

Annie vertió un chorro de chocolate denso en una jarra para acompañar a las tortitas, que se multiplicaban a una velocidad que parecía haberse salido un poco de control.

Aquellos aromas celestiales comenzaban por fin a reemplazar el hedor almizclado y viciado de la cabaña que las había recibido la noche anterior.

Se giró para agarrar el azúcar glas y soltó un chillido. Maeve, que había aparecido de la nada y no había hecho ningún ruido con el que hacerse notar, observaba cada movimiento boquiabierta. Annie se apoyó en la encimera y se llevó una mano al corazón.

—¡Maeve! ¡Buenos días! Me has pillado por sorpresa.

No te preocupes, no es que necesite un corazón que funcione.

En mi opinión, está sobrevalorado. —Annie se echó a reír y se retorció un mechón de pelo que se le había escapado por el susto.

Se lo recogió en el moño que se había hecho con un lápiz y se apretó el nudo del delantal.

—Me preguntaba qué olía tan bien.

—No me habrás visto cantar con la cuchara de madera, ¿verdad? Porque, si es así, te pagaré para que lo mantengas en secreto.

Maeve soltó un bufido.

—Puede que sí.

—Genial. Ahora ya nunca me respetarás como líder —se lamentó antes de girarse para darles la vuelta a las tortitas.

Flotaron a tal altura por el aire, gracias a una pizca de magia, que rozaron el techo antes de caer en la sartén con un puñado de burbujas mantecosas—.

¿Qué te sirvo? Debes de estar muriéndote de hambre.

—Me basta con una taza de café.

—Maeve. —Annie puso los brazos en jarra y frunció el ceño—.

Necesitas comer para darle energía a tu cerebro.

Si no, ¿cómo voy a impartirte siglos de sabiduría mágica y directrices expertas?

—Tras eso, se ganó otra mezcla de carcajada y bufido de Maeve—.

Venga, he hecho… Bueno, he hecho de todo.

No estaba segura de qué te gustaría. Sírvete.

Maeve se arrastró hacia ella, aferrada a un libro como siempre.

—¿Acaso se van a unir a nosotras esta mañana siete mineros, una reina malvada y un cazador del bosque?

¡Qué locura! —exclamó Maeve cuando un par de gorriones volaron hasta sus hombros con una servilleta en el pico que le colocaron sobre el cuello del pijama.

Con un bostezo, se sirvió un par de tortitas en el plato, junto con una gigantesca cucharada de fresas frescas y un chorretón muy generoso de chocolate que formó un río en torno a su comida—. Vale, quizá sí que tenga hambre…

—¿Qué estás leyendo? —preguntó Annie, optando por un tono casual mientras terminaba de organizar la selección de pastas que había conjurado directamente del mostrador de Celeste.

Faye estaría demasiado ocupada con los pedidos para darse cuenta y esperaba que Pari siguiera medio dormida y no las hubiera visto desaparecer.

Por suerte, las dos habían estado encantadas cuando Annie había usado el teléfono oxidado que había junto a la puerta de la cabaña para llamarlas y les había dado la sorprendente noticia de que estaría fuera un tiempo en un «centro recreativo» para «fomentar el trabajo en equipo» y reforzar su propio «negocio».

Faye la había animado a probar la escalada si tenían un rocódromo y Pari le había dicho que tuviera cuidado con los gatos negros y las siluetas sin rostro con sombrero vaquero porque había tenido un sueño extraño…

y ya. Quizá pedirles ayuda no era la tarea vergonzosa y apocalíptica que siempre había supuesto. De hecho, había sido bastante fácil.

Maeve tomó una de las napolitanas y untó el extremo con una cucharada de la mermelada de ciruela de Faye. Luego, deslizó el libro por la mesa para acercarlo a Annie. Era un ejemplar de Familiares salvajes: domestícalos todos, desde una viuda negra a una rata topo .

—Lo encontré en la estantería, no podía dormir.

Este lugar tiene muchos libros sobre animales.

¿Crees…? ¿Crees que podré tener un familiar?

—preguntó Maeve, con una expresión muy seria.

Annie notó un borboteo en el pecho que por primera vez no estaba causado por la ansiedad.

Era un entusiasmo indirecto por el camino que la adolescente tenía ante ella y por su magia.

Ese escenario no era el que esperaba ninguna de las dos.

Pero se suponía que la magia era divertida.

Si no, ¿de qué servía? Era algo en lo que no había reparado desde hacía bastante tiempo.

Aquello era un proyecto. Un punto de partida lioso en el que tendría que desenrollar los hilos y entretejerlos en un telar que le resultara familiar, bonito y correcto. Una receta que necesitaba una ligera modificación, un extra de azúcar y especias para recuperar el equilibrio.

—Viene con el pack completo —le explicó Annie mientras se servía una nueva taza, antes de dudar al acercarse a la de Maeve—.

¿Eres lo bastante mayor para beber café?

—La adolescente la fulminó con la mirada como respuesta, por lo que también se la llenó—.

Si aún no ha aparecido ante ti ningún familiar, entonces es inminente.

Una de las ramas de la magia es Afinidad Animal y eso significa tener un familiar en tu vida, te guste o no.

A juzgar por todos estos amiguitos, no creo que tengas problema.

Annie hizo un gesto hacia el ventanal lleno de criaturas del bosque que parecían haberse olvidado de las tortitas y observaban a Maeve con atención mientras se servía otro puñado de bayas en el plato.

Annie paseó la mirada entre el conjunto de animales y Maeve y una extraña idea le apareció en la mente.

¿Sería la chica la que les había interesado en todo momento, en lugar de ella o su repostería de aroma dulzón?

—No he tenido nunca una mascota, pero siempre he querido una —comentó Maeve—.

Una vez encontré un sapo que me llevé a mi habitación durante un tiempo.

No dejaba de intentar escaparse, así que me sentí mal y lo liberé.

Volvía a visitarme de vez en cuando. Me despertaba y lo encontraba sentado en un extremo de la cama. Era un poco pegajoso, pero mono.

—En ese caso, haremos un esfuerzo especial a la hora de buscar un posible familiar. No hay mejor lugar para eso que en mitad del campo. Tal vez encuentres algo chulo de verdad. —Annie volvió a centrar los ojos en todo el elenco de criaturas que las observaba mientras desayunaban.

—Espero que no sea un sapo —dijo Maeve con una mueca—. ¿Qué tienes tú?