Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 9. Caramelo salado #2
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Capítulo 9. Caramelo salado #2

Sin embargo, recordó, dado que el optimismo se abría paso por Annie gracias al Splendidus Infernum , que alguien había inventado el caramelo salado con resultados excelentes.

Y el kétchup como concepto. Y la compota de manzana quedaba perfecta con un asado.

Quizá Maeve y ella pudieran ser una combinación similar, inesperadamente dulce.

Dio una palmada decidida, lo que sobresaltó a Maeve.

—Cambio de planes. Este lugar necesita una renovación mágica y si hay algo que sé hacer son cambios de imagen —canturreó Annie—.

Será como si estuviéramos en uno de esos programas de reformas.

Una limpieza profunda, una capa de pintura, unos cojines mullidos, un cambio drástico e inmediato de cortinas…

Este lugar quedará precioso, ¿no crees? —Movió los dedos mientras su imaginación comenzaba a despertar y un rocío de chispas rosadas le rodeó la cintura.

Maeve se echó a reír.

—Quizá precioso sea decir mucho. ¿Por qué parece que vas a convertir esta pocilga en la casa de una Barbie?

—¿Crees que tiene potencial para ser la casa de nuestros sueños? —preguntó Annie con un guiño.

Dio la vuelta sobre los talones y envió un torbellino de magia hacia las vigas del techo. Un pincel invisible pintó un delicado patrón floral que se abrió paso por la madera: cadenas de campanillas, margaritas y lilas.

—Solo necesita el toque de una bruja…

La magia de Annie invocó más cambios. El sofá adoptó un color rosa palo con una serie de mantas aterciopeladas y cojines floreados a juego que parecían malvaviscos.

La alfombra desgastada bajo sus pies se volvió suave y les provocó tantas cosquillas que hasta Maeve soltó una carcajada.

Unas tazas de té vintage aparecieron con un repiqueteo sobre la sencilla mesa de café, al mismo tiempo que un rollo de papel de pared floreado se desenrollaba sobre la chimenea y una corona de rosas y gipsófilas se entretejía sobre el cristal de la puerta principal.

Para acabar, invocó lo más importante: un plumero, un trapo y una fregona, que se pusieron a trabajar y produjeron un revuelo de plumas y burbujas con las que abordar las telarañas que cubrían cada recoveco y grieta.

—Parece una escena de una película infantil.

Deberías cantar una canción pegadiza y tener un tejón parlanchín o algo así —se burló Maeve, terca, con los ojos en blanco.

Pero Annie advirtió que no podía ocultar el brillo inocente de deleite en los ojos a medida que se sucedían las transformaciones, un remolino chispeante de encantamientos que las rodeaba.

Quizá aún no fuera la casa de sus sueños, pero estaba limpia y los colores pastel hicieron que Annie se sintiera más cómoda.

Deseaba dar rienda suelta a su visión de lo que podría ofrecer ese lugar, pero se contuvo al darse cuenta de que los encantamientos transformativos serían con toda probabilidad algunas de las demostraciones más evidentes de magia que Maeve había visto en su vida.

Debería optar por un proceso gradual. No quería abrumar a la chica, quien ya pensaba que era demasiado dramática.

—Mucho mejor —anunció Annie, triunfal, mientras se quitaba el polvo de las manos—. Que nunca se diga que no puedo ver el vaso medio lleno. ¿Quieres ayudarme a hacer algo con esas cortinas horripilantes?

Maeve se estremeció con un escalofrío y la sonrisa se le apagó un ápice. Annie se maldijo por no haber sido lo bastante considerada como para encender enseguida un fuego. Una serie de chispas rosadas se dirigió a la chimenea para corregirlo de inmediato y unas llamas crepitaron tras la rejilla.

Maeve solo se encogió de hombros de nuevo y se giró para darle la espalda.

—Creo que lo mejor es que me acueste pronto.

—Ah. —Annie dejó caer los hombros, desconcertada por el cambio. Los adolescentes eran sin duda tan impredecibles como decía todo el mundo—. Había pensado que podíamos ponernos unas máscaras faciales. He traído algunas.

—Tengo la piel sensible —musitó Maeve.

—Pero… son de frutas.

—Y deberes que hacer, así que quizá debería…

—Bueno, ¿y luego? ¿Qué te parece si hago aparecer unas pizzas y una película de Halloween?

Así puedes contarme qué tal te ha ido con la magia hasta ahora.

¿Solo has probado con las naranjas? ¿O ya te has aventurado con las piñas?

Dado lo mucho que pinchan, supongo que serán un problema para la seguridad.

Annie podría haber levantado un puño en el aire cuando una sonrisa tensa y casi imperceptible volvió a reptar por la cara de Maeve durante un segundo, pero la chica no tardó en apagarla.

—Gracias, pero, como he dicho, ya te he puesto en bastante mala posición por hoy. Perdón por ser una carga. Siempre me ocurre lo mismo. Además, no tengo mucha hambre. Creo que…

Con el ceño fruncido, tomó los blocs de dibujo de la mesa del comedor y se dirigió a la habitación independiente en la planta baja, que se encontraba junto a una escalera estrecha y sinuosa en la parte trasera de la cabaña.

En su pequeña reforma, Annie había invocado un bonito cartel morado y azul sobre la puerta con «Maeve» escrito con una caligrafía compleja.

La chica echó un vistazo en el interior, donde encontró un sencillo somier, un colchón desnudo y una mesilla.

Después, se meció sobre los talones, a la espera de que Annie le diera permiso para marcharse.

—Vete. Relájate y descansa. Por supuesto, habrá sido un día largo para ti. Perdona, no debería haber asumido que…

—No pasa nada —contestó Maeve, y sus palabras chocaron. El muro de incomodidad que se había erigido entre ellas antes volvió a levantarse multiplicado por diez.

—Vale, buenas noches —se despidió Annie con un tono demasiado agudo—.

Estaré arriba si me necesitas. Si necesitas algo.

De hecho, qué tonta… —Movió la muñeca y más chispas se deslizaron a través de la puerta de la habitación—.

Ya está. Te he hecho la cama y encontrarás un pijama nuevo y un cajón lleno de mis productos favoritos.

No deberías de necesitar nada más, al menos por esta noche, ¿no?

Podemos organizarnos mejor por la mañana.

Maeve asintió, mordiéndose el labio inferior. Annie, por alguna razón inexplicable, le dedicó una despedida entusiasta con la mano y de inmediato se arrepintió ante las cejas arqueadas de la chica. Justo cuando la puerta estaba a punto de cerrarse, Annie no pudo reprimir una última idea.

—¿Maeve? —Se estremeció y ajustó un poco el volumen—. No eres una carga, ¿vale? Para nadie, pero sobre todo para mí. Me alegro de estar aquí contigo.

Tras eso, la adolescente miró a través de la rendija de la puerta y frunció el ceño durante un segundo, como si no supiera qué responder. Al final, solo le dedicó un pequeño asentimiento y cerró la puerta a sus espaldas con un clic.

Annie soltó un suspiro que le agitó todo el cuerpo cuando el nudo de tensión se rompió.

No se había dado cuenta de lo crispada que había estado todo el día.

La crispación era su estado normal, una rigidez conocida que le aseguraba que nada iría mal.

Pero ese día no había funcionado. Todo se había torcido hasta el punto de encontrarse en mitad de la nada con una adolescente difícil que pensaba que su nueva tutora bruja era la personificación de una ridícula magdalena. Y tal vez tuviera razón, en parte.

Dejó caer la cabeza entre las manos y se maldijo por cada decisión estúpida que había tomado ese día.

Dado que el Splendidus Infernum no había funcionado en su relación con Maeve, Annie había cometido errores gigantescos: se había trabado con las palabras, se había mostrado incómoda y había metido la pata una y otra vez sin entender por qué ni cómo.

Estar allí con la joven significaba que la Annie real iba a salir a la luz más a menudo de lo que había permitido en toda su vida.

Ni siquiera estaba segura de saber qué o quién era.

Lo que quedaba claro era que a Maeve no parecía caerle demasiado bien y Annie no podía culparla lo más mínimo.

La estancia en la Cabaña Arden se iba a hacer dura, muy dura.

—¿Qué he hecho? —susurró para sí.

El exterior se había sumido en la misma oscuridad que se estaba derramando por la casa, arrebatándole la sensación temporal de consuelo y comodidad que, ingenua, pensaba que había logrado crear.

Para eso necesitaría más que un par de retoques superficiales.

Quizá no fuera posible para alguien como ella recrear un hogar feliz, dado que hacía mucho que no había vivido en uno.

Annie suspiró y miró hacia las hierbas que colgaban de las vigas del techo de la cocina. Ya que Maeve había decidido acostarse pronto (o, según sospechaba, librarse lo antes posible de su compañía), debería centrarse en el problema más acuciante.

—Lavanda para la creatividad, la compasión y las ideas nuevas y reconfortantes —se dijo para sus adentros.

El hechizo no influiría en su relación con Maeve y tendría que aceptarlo, pero Annie aún podía mantener todo el equilibrio posible en los aspectos generales: pensar de manera más eficaz, recuperar el control de la situación, restablecer el brillo de su imagen y volverla un poco más refinada…

Lo único que debía hacer era ser perfecta de nuevo. Decepcionaría a todos si fallaba.

De puntillas, Annie arrancó un tallo de lavanda y lo apretó entre los dedos hasta convertirlo en un polvo aromático.

Se dirigió a la puerta trasera y la abrió con cuidado, al mismo tiempo que recuperaba la compostura frente a la incertidumbre, como siempre había hecho.

Rechazos, errores, rupturas… El corazón se le constriñó por el miedo.

Un baño le vendría bien.