Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 9. Caramelo salado
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Capítulo 9. Caramelo salado

CARAMELO SALADO

A y, no. —La voz de Annie era apenas un susurro.

Incluso desde la distancia, la cabaña se veía andrajosa y descuidada, como si se acabara de despertar de golpe de una larga siesta no planeada, de esas que te dejan más somnolienta que antes.

Su tejado, cubierto de paja, parecía el pelo revuelto de una persona recién levantada; un rastro de musgo tan denso como la crema de pistacho cubría las canaletas, y las tablas de madera de las paredes eran un batiburrillo de ángulos irregulares y aristas torcidas.

Un montón de enredaderas se había apoderado de la fachada del edificio y entre las hojas se vislumbraba una ventana combada con cortinas de color rojo teja apenas visibles a través del cristal manchado.

Era un zulo desamparado e insignificante que habían abandonado, como si alguien hubiera ocultado su posesión más preciada para volver después, pero hubiera pasado página y se hubiera olvidado de ella.

—Venga, vamos —animó Maeve, quien ya había tomado la delantera entre la larga hierba amarillenta.

—Mmm —contestó Annie con los labios fruncidos.

Con su inadecuada elección de calzado, siguió cautelosa a Maeve, que ya había llegado al porche tras haber cruzado el camino serpenteante hasta la puerta principal de color burdeos.

El círculo de árboles alrededor del claro resplandecía con colores otoñales y servía como telón de fondo de naranjas, escarlatas y amarillos vivos para la cabaña.

Al acercarse al porche de madera que albergaba un columpio roto que se mecía por la brisa, Annie percibió un puñado de setas rojas con puntos blancos en la hierba beis, y una mezcolanza de brezo y orejas de conejos como peluches desperdigados por el suelo.

Y, no podía negarlo, las flores silvestres en tonos lavanda y azul que habían florecido por allí eran preciosas, a juego con el cielo vespertino, como si el claro hubiera decidido añadir unas pinceladas de color como remate final.

—Bueno, es… pintoresco. Rústico. Eh, ¿pastoral?

—dijo, recopilando los últimos retazos de positividad justo antes de pisar un charco embarrado.

El Splendidus Infernum estaba al límite.

Necesitaría darle una atención especial esa noche.

El estómago le dio un vuelco aún mayor al darse cuenta…

¿Cómo iba a reactivar el hechizo allí? ¿Las cabañas sucias y abandonadas estaban equipadas con enormes bañeras y un arsenal entero de ingredientes alquímicos de buena calidad?

Annie dejó escapar un chillido e hizo una llave de kárate por el aire cuando una insistente libélula comenzó a dar vueltas alrededor de su cabeza.

Al hacerlo, sin querer, golpeó una cinta de farolillos que colgaba a lo largo del porche.

Maldijo su característico aroma a vainilla dulce.

Sin embargo, el ánimo de Maeve había mejorado de forma drástica, impresionada por la revelación de su primera ubicación secreta oculta tras un escudo mágico.

Intentó reprimir en vano una fuerte carcajada mientras Annie se peleaba con la libélula y se emocionó al descubrir la puerta principal abierta al girar el pomo.

Permanecieron una al lado de la otra cuando esta cedió con un chirrido de sufrimiento, como si le dolieran los huesos tras no haberse movido durante bastante tiempo.

Maeve no tardó en cruzar el umbral de un brinco, lo que le provocó un pequeño escalofrío.

Dentro hacía más frío que en el exterior, algo normal dado que era evidente que no se había usado desde hacía bastante tiempo.

—Hogar, dulce hogar. —Maeve se echó a reír cuando se acercó a la cocina; la situación le parecía muy divertida.

Annie también se echó a reír y se llevó las manos a la cintura.

—Debe de haber un error. —El tacón del zapato se le enganchó en un hueco entre los tablones del suelo al seguir a la chica al interior. Tuvo que aferrarse al marco de la puerta para liberarse—. No pueden esperar que…

—Es el lugar correcto. Mira, ese es el sello del aquelarre, ¿no?

Es el mismo que aparecía en los documentos que me dieron las hermanas para mi Obscuración —dijo Maeve.

Había agarrado un sobre negro, adornado con una ilustración compleja de una estrella plateada.

Iba dirigido a Andrómeda Wildwood y, paciente, había estado esperando en una sencilla mesa cuadrada del comedor a que lo encontrara.

Se lo quitó a Maeve de las manos y comenzó a leer la carta, escrita con una caligrafía que se iluminó con un brillo dorado a medida que paseaba los ojos por la página.

La correspondencia mágica siempre brillaba bajo la mirada de una bruja.

Andrómeda:

Espero que te resulte satisfactorio este alojamiento.

Nos hemos encontrado en un pequeño apuro ante la necesidad de alojaros a ti y a tu tutelada en el último minuto, dado que la mayoría de las opciones habituales del aquelarre estaban ya reservadas para octubre.

Es, por supuesto, una temporada ajetreada en nuestro campo de trabajo y a los brujos les gusta disfrutar de sus ociosas minivacaciones por Samhain, por mal que a mí me parezca esto.

La Cabaña Arden pertenece a un notorio miembro de confianza del aquelarre, aunque lleva un tiempo sin usarse, así que es tuya para la tarea que tienes entre manos.

Creo que su naturaleza solitaria y de perfil bajo será un lienzo en blanco, adecuado y seguro para que la joven Maeve y tú os conozcáis.

Puede que haya un pequeño problema con el agua caliente, pero seguro que no es nada que no se pueda arreglar con un poco de magia.

Encontrarás madera disponible en la parte trasera (imagino que serás un as con el hacha), junto al baño.

Os estaré vigilando de cerca y pretendo ponerme en contacto a su debido tiempo, cuando Maeve y su magia se hayan...

armonizado un poco más. Te pediría que recordaras tus ilustres responsabilidades para con el aquelarre por encima de todo y, como ya acordamos en su momento, me informes de inmediato de cualquier problema.

Las extraviadas como Maeve pueden ser impredecibles y a Selcouth no le gustan las anomalías.

Pasadlo muy bien y enviad una postal. Dirigidla a Bronwyn, yo no me molestaré en leerla.

Morena

P. D.: Véase también la electricidad, la calefacción, las luces y las cerraduras. Quizá también haya muchos animales por la zona. No puedo darte más detalles por miedo a que te vayas para no volver.

—¿El baño? ¿En la parte trasera? —balbuceó Annie.

Corrió hacia la ventana posterior y limpió parte de la suciedad con la manga antes de presionar la cara contra el cristal, donde dejó la marca del pintalabios.

Era cierto, una pantalla de madera se erguía en el jardín, que parecía una zona cualquiera del claro, rodeada de aún más árboles.

Justo debajo de las estrellas, escondidos tras el biombo móvil de madera, vislumbró los servicios básicos: el inodoro, un lavabo independiente, una bañera metálica plateada y un sencillo sistema de ducha.

Un pequeño riachuelo burbujeante de color azul bígaro lo rodeaba todo como una cinta.

Tragó saliva con tanta fuerza que hasta Maeve debió de escucharlo porque se acercó a mirar, preocupada.

—¿Va todo bien? —preguntó Maeve antes de mirar a través de la ventana al lado de Annie. Las gafas se le resbalaron por el puente de la nariz y chocaron con el vidrio.

—Por supuesto. No podría ir mejor —se apresuró a responder su mentora.

Su sonrisa se agrandó con un toque maníaco—.

Bueno, tenías razón. Parece que aquí es.

—Tuvo que obligarse a dar media vuelta y mirar a la chica.

Las dos se quedaron en silencio durante un segundo con la misma expresión de incertidumbre en el rostro, aunque la de Annie desprendía algo de ansiedad y la de Maeve, de intriga mientras asimilaban su inesperado nuevo hogar.

En una parte de la cabaña había una pequeña cocina abierta; todos sus elementos eran de madera tosca y latón desgastado.

Una hilera de cazuelas y sartenes de cobre bastante usadas colgaba de un estante sobre los fuegos y habían dejado un caldero oxidado, lleno de arañazos, a un lado, con una capa de algo verde oscuro y quemado incrustada en el fondo.

Un puñado de hierbas secas pendía de cuerdas de las vigas del techo con manchas de humedad.

Un conjunto chapucero de botes semivacíos reposaba sobre los pocos estantes que había.

Lo único elegante que había en la cocina era el amplio ventanal sobre el fregadero, que, aunque estaba sucio y flanqueado por unas cortinas horribles de encaje, ofrecía una vista agradable del claro en el exterior.

El salón ocupaba la otra parte de la casa: un sofá desgastado, un sillón andrajoso cuyo relleno se salía por las costuras y una mecedora.

El hogar estaba cubierto por una capa gruesa de hollín y plumas que debían de haber caído por el hueco de la chimenea.

Unas estanterías abarrotadas se erguían a cada lado del fuego, pero no les cabía ni una mota más de polvo.

Incluso para alguien con la terrible costumbre de involucrarse en situaciones desagradables para satisfacer a los demás, aquella se llevaba la palma.

Y el brazo. Y el cuerpo entero. ¿En qué se había metido?

Era evidente que ellas dos no tenían casi nada en común, eran polos opuestos en todos los sentidos.

Solo esa idea era suficiente para que Annie considerara que no tenía nada valioso que enseñarle, que era imposible hacer algún avance.

Estaba claro que la chica era una causa perdida y le haría caso omiso si trataba de inculcarle disciplina o conocimientos.

Era como añadir azúcar innecesaria a una receta con un característico regusto salado, dos sabores diferentes que chocarían de forma drástica.