Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 8. Cambio de planes #3
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Capítulo 8. Cambio de planes #3

—Maeve, no bromees con esas cosas. Aun así —prosiguió, sin permitirse titubear durante demasiado tiempo—, podemos sacar provecho de esta pequeña aventura, ¿no?

—Tomó el maletín, se colocó el pelo sobre los hombros y echó a andar con una firmeza renovada, incluso aunque tuviera que enfrentarse a algo tan terrorífico como… «la naturaleza».

—¿De verdad conoces el camino? —preguntó Maeve, escéptica. Se tapó los ojos ante la luz veteada de la hora dorada que se filtraba en el bosque como la mantequilla fundida, derramándose sobre la alfombra de hojas caídas que había a sus pies.

—No del todo, pero no debemos de estar lejos y conozco un hechizo que nos ayudará —proclamó Annie.

Dejó el maletín en el suelo, con cuidado de evitar las hojas llenas de barro, y flexionó la muñeca.

Un flujo de chispas de Iter Rectio surgió de sus dedos y reflejó la luz solar para dibujar un círculo.

El maletín comenzó a vibrar, como si hubiera algo en su interior que deseara escapar y, cuando lo agarró, se lanzó hacia delante, tirando de su brazo como un cachorro sin domesticar atado a una correa.

Hizo un gesto hacia Maeve para que ella también siguiera al maletín que iba en cabeza.

—No te quedes atrás —le pidió Annie, aún con el brazo estirado, mientras saltaba sobre las raíces de los árboles con sus altos tacones—.

En cualquier momento, saldremos del bosque y habrá una preciosa casa de pueblo al lado de un prado esperándonos.

Lo sé. Quizá sea georgiana o eduardiana.

Seguro que tendrá balcón y una sala de lectura.

Con una despensa increíble de pociones. Ah, y ni siquiera había pensado en la cocina…

Espero que cuente con unos gigantescos fuegos de hierro, provisiones y uno de esos robots modernos para amasar —dijo con aire soñador—.

Todas las facilidades modernas y mágicas que se te ocurran.

Quizá podamos probar alguna receta nueva esta noche, un plato reconfortante y otoñal para asentarnos. Y un postre. ¿Tienes hambre?

—Supongo —musitó Maeve, al ritmo de rápidas zancadas para alcanzarla.

—Los caprichos dulces también son importantes, ¿no crees?

—Annie apartó algunas ramas rebeldes y saltó sobre un puñado de hierbas pegajosas—.

Bueno, ¿qué es lo que más te ha gustado de la magia hasta ahora?

—La pregunta inesperada hizo que Maeve se volviera a retraer en su coraza.

Recordar qué preguntas avergonzaban a la adolescente y cuáles eran más aceptables iba a ser duro.

—No lo sé, algunas cosas.

—Suena maravilloso. A mí también me encantan muchas cosas —contestó Annie, desesperada por intentar mantener la conversación a flote.

La confianza de Maeve parecía hincharse y empequeñecer en un abrir y cerrar de ojos.

Pero, a pesar del esfuerzo inmenso de Annie, las dos brujas siguieron con la ruta improvisada en silencio hasta que el maletín al final cayó al suelo con un golpe repentino.

—¿Hemos llegado? —Maeve miró más allá de Annie, quien soltó un pequeño chillido de inquietud.

La desagradable visión de una tienda de poliéster para dos personas se estaba haciendo cada vez más tangible.

Recordó que Faye una vez le habló de una acampada de fin de semana en la que habían tenido que usar un diminuto hornillo portátil para calentar una lata de judías, y Annie sintió que iba a echarse a llorar de repente.

Se obligó a encontrar una solución, buscar alguna señal de Morena que les indicara que habían llegado a su destino.

Cualquier cosa la tranquilizaría. A su alrededor solo había…

hojas. Naranjas. Marrones. Era muy otoñal, sin duda, pero no podía concentrarse en el potencial que tenía como lugar acogedor en un momento así.

La luz en esa tarde de octubre no dejaba de mermar con rapidez.

¿En qué estaba pensando Selcouth al mandarlas por capricho a un lugar en mitad de la nada, sin ninguna directriz o alguna clase de mapa del tesoro?

¿Qué tipo de organización mágica secreta no dejaba al menos algún mapa por allí cerca?

Hablaría seriamente con el Departamento de Administración, eso seguro.

—Ahí, mira —anunció Maeve.

Un leve brillo amarillo limón se filtraba entre los huecos del denso bosque, como una luciérnaga solitaria preparada para hacer las veces de guía.

Parecía que el lugar estaba bien escondido de ojos curiosos, oculto tras un manto de encantamientos muy bien hilados entre sí.

Como si estuviera atrapado y encerrado en un prisma, solo un ángulo muy concreto de luces y sombras revelaba el punto exacto en el que debían mirar entre los árboles.

Cada paso al frente lo volvía más nítido y, cuando Maeve apartó el follaje, se encontraron con un claro despejado envuelto en el crepúsculo, a la espera.

Annie soltó un suspiro de alivio, deseando que terminase de manifestarse.

Una preciosa casa en un lago les vendría genial.

Quizá una granja lujosa y extensa. O un castillo clásico recién renovado acorde a las necesidades de las brujas modernas.

En lugar de todo eso, justo en el centro del prado, rodeado del naranja de los árboles, se encontraba una diminuta cabaña destartalada.