Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 8. Cambio de planes #2
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Capítulo 8. Cambio de planes #2

—Por supuesto que no. En Londres hay demasiada gente. Un territorio neutro sería una elección más adecuada, dado lo impredecibles que son sus poderes. Selcouth os procurará alojamiento de emergencia a las dos.

A Annie se le aceleró el corazón con un ritmo inestable.

—¿Alojamiento? ¿Para las dos? —El pánico comenzó a recorrerle las venas, dejando a su paso un rastro gélido.

—Me temo que para esta misión vas a tener que hacer más de canguro de lo que habíamos anticipado.

De momento, será tu compañera de piso para que puedas tenerla controlada —contestó Morena, caminando de un lado a otro mientras reflexionaba—.

Es un papel con muchas responsabilidades.

No puedo imaginarme nada más terrorífico. —Se estremeció de forma visible.

Que la alejaran de su vida a un lugar desconocido para hacerse responsable de Maeve a tiempo completo era aterrador por muchas razones.

Annie sintió una oleada de náuseas ante la idea.

Sus pensamientos comenzaron a escapársele entre los dedos.

Estar lejos de casa, de su rutina ideada con tanto esmero, convertida en un desbarajuste, transformaría su agenda en una espiral de caos.

Las fechas comenzaron a mezclarse y los planes a fundirse hasta que empezó a dolerle la cabeza.

¿Cómo iba a cumplir con sus tareas a la perfección, como se suponía que debía hacerlo? ¿A qué tendría que renunciar?

—¿Durante cuánto tiempo? —Annie tragó saliva al recibir como respuesta un encogimiento de hombros despreocupado.

—Hasta que observemos avances satisfactorios.

Debía pensar en Celeste, aunque podía confiar en que Faye y Pari defenderían el fuerte durante una temporada.

Tal vez podría hornear los dulces a distancia y enviárselos con magia.

Pero sin duda tendría que dejar de lado lo más importante, su valioso tiempo en la Sortiedad.

Al ver su estatus como Medialuna alejarse en la distancia, Annie se sintió como si cruzase un puente colgante sobre un abismo y los tablones a sus pies empezaran a ceder.

Morena, quizá al sentir las oleadas de pánico que surgían de su aprendiz y ante la posibilidad poco habitual de que Annie fuera a negarse, se aclaró la garganta.

—Un recordatorio pertinente, Wildwood. Esta situación sería la oportunidad perfecta de impresionar y demostrar tu valor. Enfrentarte a la adversidad, tender tu mano cuando el aquelarre lo necesita… son la clase de acciones que no pasan desapercibidas en Selcouth.

Annie jugueteó frenética con un mechón de pelo.

Luego, se lo colocó, pero pronto volvió a juguetear con él.

Intentó rendirse ante el Splendidus Infernum , permitir que reajustara su mentalidad y le revelara los puntos positivos.

La gente la necesitaba de nuevo. La idea despertó al hechizo en cada una de sus terminaciones nerviosas.

Impresionar a Selcouth le aseguraría también un puesto en la Sortiedad. Glory Whitlock estaría encantada, orgullosa de oír que Annie se estaba acercando al ojo de la tormenta. La necesitaban. Morena, el aquelarre y…

Miró hacia Maeve, quien estaba haciendo malabarismos con la naranja.

Quizá esa joven también la necesitara.

La magia burbujeó en sus yemas, tras sus ojos, en la base del cráneo, atando los cabos y activando las neuronas.

Las gafas con cristales de color rosa estaban genial, pero la magia de ese mismo color de Annie era mucho más eficaz.

Quizá fuera mejor oportunidad de lo que había imaginado en un principio.

Imágenes de un precioso chalé invernal cruzaron su mente.

O de un lujoso apartamento al lado del río, donde pudieran compartir bandejas de fruta en el balcón.

Todo comenzó a parecer algo más liviano y su mundo volvió a teñirse de rosa.

Morena daba golpecitos con el pie.

—¿Y bien? ¿Puedo contar contigo para arreglar este desastre, Andrómeda?

Como si tuviera otra opción. Como si pudiera negarse.

—Claro, Morena. —Annie sonrió—. Me encantará ser una Mary Poppins aún más mágica.

Morena pareció horrorizada.

—¿Qué tiene que ver tu pompis en todo esto?

—Da igual.

Morena soltó un «ajá» satisfecho.

—Bueno, ya que estoy aquí, será mejor que haga todo lo que esté en mi mano y siga el tenue sonido de esos gritos.

Arreglaré la situación lo mejor que pueda.

—Comenzó a recogerse el dobladillo de la capa tras hacerle un gesto a Maeve para que se acercara—.

Me despido por ahora, señorita Cadmus. Te quedarás en un lugar seguro bajo el cuidado de Wildwood por el momento.

¿Me la das? —preguntó, señalando a la naranja.

Maeve, reticente, le lanzó la fruta a Morena, quien la atrapó con la misma facilidad que si fuera una pelota de béisbol.

—Andrómeda, tendrás noticias mías cuando el aquelarre esté satisfecho con el avance de la situación.

—Por supuesto. Nos lo pasaremos bien, ¿verdad, Maeve?

—Annie descubrió que estaba moviendo la cabeza de arriba abajo, sonriendo con demasiado entusiasmo y…

sí, estaba dando palmaditas de nuevo. Su optimismo natural, combinado con el tira y afloja del hechizo agrietado, le provocaba reacciones extrañas y embarazosas.

La chica tan solo se encogió de hombros como respuesta.

Tras eso, Morena se giró sobre los talones con un último revoloteo dramático de la capa, que desprendió un destello de un intenso color púrpura.

Annie la llamó.

—¿Morena? No nos has dicho adónde debemos ir. ¡Morena!

Sin mirar hacia atrás, la mujer solo levantó una mano con la palma hacia arriba e hizo un gesto mágico sin palabras.

El hechizo teletransportador de la Bruja Sabia había entretejido sus hilos antes incluso de que Annie recibiera respuesta.

Una ráfaga de viento la empujó contra la adolescente y las envió lejos en un remolino rápido y vibrante a través del espacio-tiempo.

—Vaya. —Maeve se tambaleó y Annie se lanzó a por ella.

—Pobre. Las primeras veces es un poco pesado —dijo Annie, amable—. Deberíamos desarrollar alguna especie de versión descafeinada del teletransporte para los primerizos. Ahora bien, ¿dónde calderos…?

Bajo el encantamiento de Morena, el hechizo de teletransporte las había llevado a definición literal de «mitad de la nada», un pequeño claro en un bosque que parecía pintado en color sepia.

El barullo de Londres e incluso el tranquilo pueblo de Maeve parecían estar a un universo de distancia mientras el denso silencio se asentaba a su alrededor, solo roto por el tenue roce de las hojas y el canturreo de algún pájaro.

Los troncos larguiruchos de corteza grisácea se erguían como si se estiraran para tocar el cielo y las ramas desnudas casi se enredaban entre sí como una jaula; las últimas de sus hojas doradas revolotearon sobre las brujas bajo la brisa.

El aire fresco desprendía un aroma terroso y almendrado debido al suelo húmedo, a los animales dormidos y a las relucientes moras maduras que salpicaban la maraña de las zarzas más bajas.

Algo baló a lo lejos.

—¿Eso ha sido una… oveja? —escupió Annie con una voz muy aguda.

Maeve soltó un bufido.

—No te preocupes. Yo te protegeré. ¿Tendremos que acampar? Podría ser divertido.

Annie dejó escapar su horror con una mezcla de grito ahogado y estertor de la muerte.