Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 8. Cambio de planes
27%

Capítulo 8. Cambio de planes

CAMBIO DE PLANES

P uedo arreglarlo todo.

La voz de Annie sonó un poco más aguda de lo que pretendía mientras caminaba de aquí para allá una y otra vez.

Había guiado a Maeve lejos del colegio y la había dirigido, agarrándola de los hombros, por una tranquila calle residencial.

Tras la obvia prioridad de apartar a una adolescente con poderes más descontrolados de lo esperado de una escena como aquella, Annie sabía cuál debía ser el siguiente paso: Selcouth tenía que enterarse de aquello.

Sin embargo, deseaba evitarlo a toda costa.

Mientras tanto, Maeve seguía sin poder desviar los ojos de la naranja en su mano y no había parado de balbucear, frenética, desde entonces.

—No me puedo creer que haya… ¿Lo has visto? —tartamudeó Maeve.

—¿El qué, exactamente? —contestó Annie, aún andando de un lado a otro—. ¿La magia transfigurativa accidental contra una no bruja? ¿El incendio mágico espontáneo? ¿El pequeño terremoto en un tranquilo pueblo del norte de Inglaterra?

—Esto de la magia… ¡Es una locura! ¿O estoy loca yo? ¿Está pasando de verdad? —Maeve se quitó las gafas y se frotó los ojos.

—No estás loca, cariño —le reafirmó Annie con un tono más suave—. Pero, a decir verdad, no tienes control ninguno.

—Ha sido… ha sido… —Maeve parecía a punto de vomitar de un momento a otro, por lo que Annie le acarició la espalda con delicadeza para anclarla a la realidad.

—No lo decía a malas —continuó Annie—. No tienes que preocuparte. Todo se puede arreglar, yo me encargo, confía en mí. Estoy especializada en estos temas. No has hecho nada malo. Podemos…

—Ha sido lo más guay que ha pasado en la historia de todo el universo.

Annie se tambaleó cuando Maeve soltó una carcajada con un entusiasmo excesivo y dio un brinco en el aire, blandiendo la naranja como si fuera el trofeo de una victoria.

—Sabía que la magia tendría sus ventajas, pero, ah, vaya, ha sido increíble.

¿Puedo convertirlos a todos en frutas? De hecho, una fruta no es suficiente.

¿Por qué he elegido una naranja cuando podría haber transformado a Jessica en cualquier cosa?

—Maeve estaba hablando a una velocidad sobrehumana y se reía frenética entre frases, movida por la adrenalina que la recorría—.

¿Podemos intentarlo de nuevo? ¿Y si la transformo en una lagartija?

¿O en un perro sarnoso? ¿O en una papelera?

Annie soltó un suspiro y posó las manos sobre las caderas.

—Nada de papeleras. Ni de perros, ratas, mapaches o cualquier otra cosa que tengas ganas de invocar —dijo, enumerando las opciones con los dedos—.

Podemos arreglar lo de prender fuego a las cortinas en casa, pero encantamientos transfigurativos accidentales y aniquilar casi un comedor entero lleno de niños no era lo que tenía planeado para esta bonita tarde de octubre.

—No seas tan exagerada —replicó Maeve, con un poco menos de entusiasmo, imitando el impasible lenguaje corporal de Annie—. No he hecho daño a nadie. Solo… he anaranjado un poco a una chica.

—¿Un poco? —preguntó Annie, con los ojos fijos en la más que tangible naranja—. Maeve, has lanzado fuego. Un incendio mágico de verdad, con la palma de la mano, ni más ni menos.

—Dicho así, parece impresionante —comentó Maeve, incapaz de reprimir una sonrisa de orgullo.

—Ah, lo sería… si hubieras tenido intenciones de usar la magia. Pero no hay nada impresionante en lanzarla por ahí sin ton ni son. Se supone que debes controlarla, no dejar que ella te controle a ti.

Maeve se encogió de hombros, indignada.

—Quizá no necesite ayuda con la magia. Parece que me está funcionando bastante bien.

Annie soltó un bufido al recordar cómo aquella chica rebelde le había parecido un bonito alhelí en un primer momento.

—Que no se te suba a la cabeza, señorita. —De inmediato, odió lo adultas que sonaron sus palabras, sobre todo ese «señorita». Ella también era una señorita, ¿no? ¿Qué estaba diciendo? Se recolocó los mechones para despejarse la mente—. La magia descontrolada no es chuli.

—No pareces la persona más al tanto de lo que es «chuli» —contestó Maeve con acidez—. Se lo merecían —añadió mientras se subía las gafas por el puente de la nariz.

Annie, tras haber presenciado la manera en la que la trataban, no podía decir que no tuviera razón.

—Puede ser, pero esto no va de lanzar un encantamiento excepcional contra la matona de la escuela, sino de no arriesgarnos a exponer que existe la magia, Maeve. ¿Sabes lo complicado que va a ser borrarles de la memoria todos los deslices que has cometido ahí?

Maeve se mordió el labio interior antes de soltar un bufido.

—Vale, quizá no había pensado en esa parte. Por suerte, a esa gente nunca se le pasaría por la cabeza que la magia existe. Son demasiado aburridos para pensar a lo grande. No te estreses. Solo lo verán como una prueba más de lo rara que soy.

Annie soltó una profunda exhalación, dando golpecitos con el pie, mientras reflexionaba.

—Maeve, no quiero ser una aguafiestas, pero voy a tener que informar al aquelarre de esto. No les gustan las anomalías en el sistema mágico y sin duda tú eres una bastante grande.

—¿Es una manera sutil de decir que soy un grano en el…?

—Creo que es lo mejor que se puede hacer en este caso —la interrumpió Annie, cortándola, esperando que su asertividad le hiciera parecer que sabía lo que estaba haciendo—. No estoy segura de que entiendan lo caótica que es tu magia. No les va a gustar, pero…

Annie se detuvo un momento, movió los omóplatos para enderezarlos y cerró los ojos para concentrarse.

Una chispa de magia brotó de sus dedos y, momentos después, Morena apareció como una nube de tormenta ante un rododendro en flor a su derecha.

Maeve se presionó contra los arbustos, conmocionada, llevándose una mano a la boca.

—Mierda.

Morena entornó los ojos deslumbrada y, tras habituarse al entorno, paseó la mirada impasible de Annie a Maeve y viceversa.

—Gracias por esa bienvenida tan acogedora, señorita Cadmus. Me aseguraré de saludarte de la misma manera la próxima vez que se crucen nuestros caminos —se quejó, a la vez que se ajustaba la capa sobre la camisa impoluta. Centró la atención en Annie con las cejas arqueadas—. ¿Y bien?

Annie se acercó a ella con rapidez.

—Morena, sabes que nunca, jamás, te invocaría por teletransporte a menos que fuera del todo necesario.

—Eso espero. Y a este lugar olvidado del universo, ni más ni menos. Espero que lo que me tengas que contar sea bueno, muy bueno, Andrómeda.

—Más bien lo contrario. —Annie dudó—. Me temo que es malo, muy malo.

—Te conozco —las interrumpió Maeve al acercarse a Morena, señalándola con el dedo, con Jessica en forma de naranja aún en la otra mano—. Me trajiste ese enorme libro viejo por mi cumpleaños, junto con tu hermana, la bajita.

—Sí, parezco un hada madrina de cuento visto así, ¿verdad? —Morena apretó con tanta fuerza la boca que el pintalabios se le convirtió en un pequeño círculo—. Aunque no me pondría ni muerta uno de sus horribles uniformes. Andrómeda, ¿cuál es exactamente el problema?

Annie se quedó paralizada sin saber por dónde empezar. Luego, dejó escapar una carcajada jadeante.

—A decir verdad, no te lo vas a creer…

—He prendido fuego al comedor, he cortado la luz, he causado un terremoto y he convertido a Jessica en una naranja —la interrumpió Maeve, tendiéndole la fruta a Morena.

La bruja no se movió por un segundo. Luego, con un suspiro de resignación, tomó un par de gafas del bolsillo interior de la capa y se las colocó en la punta de la nariz. Aceptó la naranja para examinarla con meticulosidad.

—Andrómeda, ¿de verdad me estás diciendo que este cítrico es en realidad una estudiante no bruja?

—Como he dicho antes, se lo merecía —musitó Maeve entre dientes.

—En eso no se equivoca —comentó Annie, radiante al dedicarle Maeve una débil sonrisa cómplice que hizo que la escena casi mereciera la pena—. Y, si lo piensas, ha sido una sucesión impresionante de acontecimientos, aunque no haya sido ideal. Quizá tengamos a una bruja muy especial entre manos.

Tras eso, Maeve sonrió, encantada.

—Una bruja especial no me sirve de nada si le va a dar a Selcouth la complicada y agotadora tarea de resetear memorias durante varios días.

Por no mencionar que los adolescentes son muy difíciles de manipular con la magia, dadas todas esas hormonas que tienen flotando en su interior —se quejó Morena.

—¿Qué puedo hacer para ayudar? —preguntó Annie, llevándose una mano a la frente—. Morena, es culpa mía. Debería haberme llevado a Maeve de allí más rápido, en cuanto noté que las cosas empezaban a ir mal. Mi instinto no me ha servido… de mucho en el instituto.

—De nada, mejor dicho. Señorita Cadmus, ¿nos perdonas un segundo? Vete a dar un paseo con la naranja —le pidió Morena, devolviéndole a Jessica. Maeve deambuló por la acera varios pasos, sorbiéndose la nariz y arrastrando los pies.

Morena se giró hacia Annie con un revoloteo de la capa.

—A decir verdad, Andrómeda, lo más útil que puedes hacer para arreglar este desastre es sacar de aquí a la señorita Cadmus.

No solo es peligroso para ella, sobre todo por esa especie de afinidad por el fuego, ni más ni menos —chasqueó la lengua—, sino que supone un gran riesgo para el aquelarre si no es capaz de controlar los poderes.

—¿Y si la llevo a mi casa? —propuso Annie, pero se arrepintió al instante.

Le solía ocurrir, proponía soluciones y luego rezaba para que fueran rechazadas.

Pensó en su baño, lleno de baldas con ingredientes muy potentes para pociones; por no mencionar su ritual de medianoche con el Splendidus Infernum , que podría volverse loco con una presencia mágica impredecible cerca.

Además, estaba Karma, que odiaba las visitas inesperadas y a la que tendría que persuadir con cantidades ingentes de natillas.

Annie notó una oleada de alivio descomunal cuando Morena negó con la cabeza.