Capítulo 7. Maeve #4
Annie notó que los ojos se le llenaban de lágrimas al darse cuenta de que Maeve luchaba por retener las suyas, rebelándose contra las otras chicas que la tenían sujeta mientras Jessica le tendía los dibujos a cualquiera que mostrara interés suficiente como para echarles un vistazo.
Annie ya no podía soportarlo más, aunque enfadara a Maeve.
Su necesidad desesperada de ayudar tomó el control.
Se acercó al puñado de chicas y trató de apartar a un par para tirar de Maeve, con un deseo intenso de protegerla que le incendió la boca del estómago como si fuera gasolina.
—Para. No es nadie. Es mío —gritó Maeve, ignorando a Annie.
Todo su cuerpo se tensó y la cara se le contorsionó mientras intentaba recuperar el dibujo—.
Devuélvemelo. —Se estaba esforzando por hacerse oír sobre las risas crueles que inundaban toda la cafetería, a medida que cada vez más estudiantes se unían a la multitud al advertir el revuelo.
Maeve chillaba y lanzaba codazos a diestro y siniestro.
—¿Por qué no me dejas en paz? Nunca te he hecho nada. —Con esa última palabra, señaló a Jessica con un dedo acusatorio.
Una ráfaga de llamas cruzó el aire como un relámpago surgido de la nada.
La descarga de fuego estuvo a punto de alcanzar la parte superior de la coleta alta de Jessica, quien gritó cuando le fulminó el coletero, dejando tras de sí un rastro de humo.
Todo el grupo que se había formado alrededor de Maeve dio un salto atrás y se dispersó como si lo hubieran electrocutado.
El fuego se estrelló con un golpe seco en la pared del comedor, sobre un póster que recordaba a los estudiantes que la amabilidad siempre era el camino.
El papel se convirtió en cenizas y ascuas de inmediato, dejando la pared gris cubierta solo por una gigantesca marca negra, chamuscada.
Durante una fracción de segundo, nadie se movió.
Luego, el suelo comenzó a temblar, un suave terremoto que surgía de la parte inferior del edificio, como si algo agitase los cimientos, y las persianas de las ventanas se cerraron al unísono con un ensordecedor ruido metálico.
Los fluorescentes del comedor se apagaron y sumieron la sala entera en una oscuridad que no tardó en romper el hechizo de silencio.
La cafetería estalló en gritos mientras todos corrían, histéricos.
Annie notó que se le erizaba el vello de la nuca.
Sabía lo que había causado el apagón. La magia. Una magia descontrolada y fuerte.
—Maeve… —gritó Annie sobre el caos con un ligero tono de advertencia que no reconoció por lo adulto que sonaba. Dio un paso hacia lo que, en mitad de la oscuridad, pensaba que era la silueta de la chica.
—No… no quería…
Annie estiró el brazo hacia lo que suponía que era la mano de Maeve para alejarla lo más rápido posible de la escena, pero se sobresaltó al rozar sus dedos y descubrir que sujetaban algo con fuerza. Con algunas chispas rosadas, Annie emitió una suave luz para verlo.
Maeve abrió los dedos y reveló una naranja perfecta y redonda. Un chisporroteo mágico se desprendió de las pequeñas hojas verdes.
—¿Por qué tienes una…? Oh, no, ¿es…? ¿Es Jessica? —susurró Annie con brusquedad.
Maeve la miró y solo logró asentir. Annie le devolvió el gesto a la vez, esbozando una sonrisa serena y perfecta que se le extendió con lentitud por el rostro, su reacción por defecto ante una crisis.
—Vale, no pasa nada. Nada de nada. Trae aquí a tu amiguita… y yo lo arreglaré. De alguna manera. —La sonrisa se le crispó un poco.
—Pero… acabo de convertir a Jessica en una naranja —contestó Maeve demasiado fuerte. Annie agradeció a las estrellas que la sala estuviera aún sumida en el caos. Nadie parecía haberse dado cuenta de que Jessica había desaparecido en la oscuridad, reemplazada por un evidente aroma a humo y cítricos.
—Shhh. Sí, eso parece. Pero no pasa nada. Todo va a ir bien —intentó calmarla Annie, y le colocó una mano a Maeve en el hombro para tranquilizarla—. Salgamos de aquí.
Por suerte, dado su estupor, Maeve la siguió a ciegas.
En el comedor a oscuras, Annie dio las gracias porque nadie se diera cuenta de que la mujer con el traje de ejecutiva rosa fucsia y la adolescente que se aferraba a una naranja se dirigían a la salida.
Tampoco ella le prestó demasiada atención a ninguno de los demás, centrada en asegurarse de sacar de allí a Maeve sana y salva.
Aun así, no pudo evitar percibir cómo el chico que había enumerado los deplorables apodos de Maeve estaba ocupado sometiendo a otro pobre crío a una llave de karate, aprovechando que se libraría de un castigo hiciera lo que hiciese.
Le dedicó un brusco ceño fruncido, así como un movimiento casi imperceptible de muñeca.
Sin Splendidus Infernum para aplacar sus emociones y atenuar algo tan imperfecto como el enfado, por ejemplo, tomó la decisión antes de poder convencerse de lo contrario.
Sería una pena que el pobre chico tuviera un picor incontrolable en los orificios menos adecuados durante el próximo par de semanas, pero no pudo evitarlo. Los caminos de la magia son inescrutables.