Capítulo 7. Maeve #3
Maeve frunció el ceño de nuevo, pero asintió.
—No tengo aquí mis cosas, solo los libros —musitó, sacando una enorme mochila cubierta de remiendos, chapas y garabatos de fieltro de debajo de la mesa.
Annie arqueó las cejas.
—¿Todo eso son solo libros?
Maeve, según advirtió Annie, no reprimió las ganas de poner los ojos en blanco, lo que la sorprendió.
—No son «solo libros» —contestó Maeve, mientras tiraba de las mangas del jersey—. Habrás visto que la conversación por aquí no es demasiado estimulante, así que… —Se encogió de hombros.
—No pasas mucho tiempo con tus compañeros de clase, lo entiendo.
—¿Seguro? —preguntó Maeve, de nuevo con los ojos en blanco de forma tan cortante que a Annie le recordó mucho a Morena.
Se giró para ver lo que había causado una reacción así y se llevó las manos a la boca cuando uno de los chicos se bajó los pantalones y presionó el trasero desnudo contra la ventana de cristal de la puerta.
—Si tienes algún hechizo con el que me pueda arrancar los ojos, voto por priorizarlo —sentenció Maeve con un tono gélido, a la vez que cerraba el bloc de dibujo y apoyaba los codos sobre la gruesa cubierta para posar la barbilla en las manos.
—¿Siempre es así? —siseó Annie, horrorizada.
—Ah, no —contestó Maeve con calma—. En realidad, se están portando con más caballerosidad de lo normal. A veces dan pena. Están intentando impresionarte por todos los medios.
—Pero es un… horror —dijo Annie, incrédula.
—Sí, son adolescentes —replicó Maeve—. ¿Qué esperabas? Y las chicas no son mejores. Juraría que este colegio ofrece lobotomías gratis en algún sitio. Solo estoy esperando a que me llegue mi invitación.
Annie pestañeó. Quizá Maeve no fuera tan insegura como había pensado en un principio.
—Empieza a tener sentido por qué has construido una muralla de libros a tu alrededor.
—En esta escuela parece que les da vergüenza demostrar que no son analfabetos, por lo que trato de recordarles que yo no lo soy con la mayor frecuencia posible. Ayuda a que se mantengan a cierta distancia.
—No puedo culparte —se lamentó Annie, mientras agarraba un trozo de brownie—. Entonces, eres un ratón de biblioteca, ¿eh?
Maeve volvió a tirarse de las mangas.
—Leo o dibujo, es a lo que dedico casi todo mi tiempo.
—Quizá puedas darme alguna recomendación, ahora que tendremos que pasar un poco de tiempo juntas —susurró Annie, y sintió una descarga triunfal cuando, con esas palabras, se ganó un asentimiento incierto pero a la vez orgulloso.
—Claro.
—Genial. He pensado que podríamos ir a Celeste, mi pastelería en Londres, y tomarnos un chocolate caliente mientras hablamos de cómo nos vamos a organizar y cómo te gustaría abordar…
ya sabes, la palabra que empieza por M. —Annie vocalizó el término «magia» para evitar cualquier confusión posible, ante lo que Maeve asintió despacio—. ¿Qué te parece?
Maeve titubeó.
—¿Cómo llegaremos allí?
—No te preocupes. El teletransporte mágico es una invención maravillosa. Si quieres, puedo llevarte la mochila.
—No hace falta. Ya asumí hace mucho que tendré problemas de espalda en el futuro.
—En serio, dámela —insistió Annie, tomando la pesada mochila.
Desabrochó los cierres dorados y abrió el maletín.
Estaba a rebosar de varias telas de lana adornadas con plumas, algunos productos iridiscentes de cuidado facial en botes de aspecto elegante, una libreta con lentejuelas…
Lo básico. Con un bufido, colocó la mochila de Maeve sobre todo lo demás y cerró la tapa.
Bajo su peso, la cartera se comprimió como un globo deshinchado, soltando un puñado de chispas rosadas, hasta que se aplanó como un papel entre el resto de las cosas.
Entonces, Annie bloqueó los cierres de nuevo.
Maeve se puso en pie de un salto; la contemplaba asombrada sobre el borde de las gafas.
—¿Cómo has…?
Annie le dedicó una sonrisa engreída.
—Magia.
Maeve parecía no confiar en su propia voz.
—¿Puedes…? ¿Puedes enseñarme a hacer algo así?
—¡Claro! Es bastante fácil, un sencillo Leve Bona con el que encanto…
bueno, todos los bolsos que llevo. No soy de las que viajan con poco equipaje; me gusta tener varias opciones.
¿Quieres que los meta también? —Annie hizo un gesto hacia el montón de blocs de dibujo que estaban junto al codo de Maeve, quien se apresuró a agarrarlos entre los brazos y abrazarlos contra el pecho.
—No, gracias, ya me encargo yo.
—Vale, en ese caso, ¿nos vamos? —preguntó Annie al levantarse de la mesa y dedicarle a Maeve lo que esperaba que pareciera un asentimiento de ánimo. Sin el hechizo, le estaba costando mucho estar segura de si lo que decía era adecuado o no. Al menos, el brownie estaba funcionando.
Esa vez, con menos ojos fijos en ella, caminó a zancadas más ligeras entre la multitud del comedor.
Se giró para bromear sobre el tema, agradecida de que hubieran perdido el interés, cuando se dio cuenta de que la adolescente se había quedado atrás.
Un grupo de chicas la había rodeado, bloqueándole el paso, y una le estaba preguntando a voz en grito quién era su nueva amiga.
—¿No logras llevarte bien con nadie de por aquí, así que has tenido que contratar a una vieja para que sea tu amiga? Qué vergüenza —se mofó la misma chica naranja de antes.
«¿Vieja?». Annie estaba a punto de protestar, pero Maeve se le adelantó.
—Jessica, no sé de dónde has sacado la motivación para organizar tu propia convención de Lerdic Ignorantus, pero enhorabuena, me alegra ver que ha sido un éxito total.
Ya es hora de que te den un ascenso en ese campo —contestó Maeve con la barbilla en alto.
Era más atrevida de lo que Annie había esperado.
Jessica la miró, impávida.
—¿De qué estás hablando, Ictus? Por muchas palabras cultas que uses, sigues sin decir una mierda.
Maeve soltó un suspiro y trató de abrirse paso entre las chicas, pero una le dio un manotazo y los blocs de dibujo aterrizaron en el suelo. Annie se apresuró a agarrarlos; Maeve le dedicó de inmediato una mirada de advertencia que sabía que significaba que no se metiera en aquello.
Jessica soltó un bufido.
—Se te han caído las cosas al suelo, rarita.
—¿Algo más? ¿O puedo irme ya? —respondió ella, inmóvil, con expresión aburrida. Jessica titubeó, pues era evidente que se había quedado sin ideas con las que hacer reír a sus amigas.
—Eh… Tu pelo da asco —gritó como último recurso—. ¿Te lo lavas en una freidora?
Maeve le sostuvo la mirada con el rostro convertido en piedra.
—Sí, me encanta echarme aceite vegetal en el pelo.
—¿Volverás al ataúd esta noche? —intervino otra chica.
—¿Cómo voy a vivir en un ataúd? ¿Dónde metería la freidora? —preguntó Maeve tras girarse con expresión confusa.
Ante eso, Jessica titubeó de nuevo.
—Lo dice porque estás muy pálida —comentó.
—Me lo había imaginado. —Maeve asintió—. Sin embargo, no puedo tomármelo como un insulto cuando lo único que te haría a ti parecer pálida sería compararte con el mismísimo sol. Eres literalmente naranja. ¿Lo haces adrede o intentas ayudar a controlar el tráfico aéreo?
Annie sintió que se quedaba pegada al suelo, con los brazos inmóviles en el aire, insegura sobre si debería intervenir o no.
El hechizo no servía para nada. En su ausencia, buscó a algún profesor con la mirada, pero parecía que el comedor era una especie de tierra de nadie oficial.
Maeve se estaba defendiendo por sí misma y era evidente que tenía bastante práctica, pero la escena hacía que a Annie le doliera el pecho. Deseaba salvarla.
—¿Qué hay en estos cuadernos, Ictus? —Jessica acababa de encontrar por fin un punto débil en la miríada de blocs de dibujo abiertos que habían abandonado los brazos de Maeve.
Se inclinó hacia ellos, pero Maeve fue más rápida y se lanzó a por los dibujos, dándole un codazo para apartarla.
Aun así, Jessica logró hacerse con el primero de la pila.
—No lo toques —escupió la otra chica, que expulsó las palabras antes de poder recuperar su controlada calma, y tiró del dibujo.
Jessica soltó un bufido, abrió una de las primeras páginas y se la mostró a todos los que formaban parte del grupo.
—¿Qué frikadas has estado dibujando, Ictus? ¿Son los planos para el altar demoniaco que montas en casa? Ya sabes, entre turno y turno como cazavampiros. ¿Vas a maldecirnos a todos? Un segundo, ¿quién es esta?
Annie solo advirtió un retazo del esbozo, pero era una representación impresionante de una chica.
—¿Tienes una novia secreta? ¿O se supone que eres tú? Ya te gustaría ser tan guapa, Ictus.
—Devuélvemelo —rugió Maeve. Su calma ensayada se desvanecía por momentos.
Una nubecilla carmesí de vergüenza le apareció entre las pecas y Annie advirtió cómo su corazón latía al ritmo de la rabia de Maeve, que impregnaba el aire.
La sentía con muchísima claridad, gracias a su tan desarrollada empatía.
Flotaba por el comedor como una nube de tormenta, oscura, intensa y abrumadora.
Jessica arrancó la página del bloc y la sacudió sobre su cabeza.
—Mirad, todos, Ictus es una pervertida y nos dibuja en secreto. Seguro que se excita haciéndolo —chilló.