Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 7. Maeve #2
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Capítulo 7. Maeve #2

—¿Maeve Cadmus? —continuó Annie—. Va a… a este colegio, quiero decir. Al menos, creo que así es. —Annie abrió mucho los ojos, tratando de animarlo a contestar. Quizá era tímido.

—¿Alguien quiere hablar con Leve Ictus? —Una chica alta y desgarbada sacó la cabeza por el umbral, mascando un chicle con el que hizo una pompa; tenía los labios cubiertos con corrector y sus cejas eran tan solo una fina línea.

A Annie le sorprendía que a algunas adolescentes les gustara tanto maquillarse con un tono lo más anaranjado posible—.

¿Qué tienes que ver tú con esa pringada?

La expresión de Annie se tiñó de un asombro doble, primero por las palabras de la chica y después por la vulgaridad aún mayor que musitó el chico, una retahíla interminable de motes que debían de tener para Maeve. Parecía que sus compañeros no eran ni tímidos ni educados.

—Soy su prima —anunció Annie con una sonrisa gélida—. Estoy aquí para recogerla y llevarla a una enorme fiesta familiar que tenemos este fin de semana. Será maravilloso.

La chica soltó un bufido.

—Leve no tiene familia, eso lo sabe todo el mundo. Incluso la falsa con la que estaba ya no la quiere porque es una rarita.

Annie pestañeó. Tal vez en ese colegio se llevara lo de expresar amor con palabras duras. Morena había mencionado que quizá fuera un entorno difícil. ¿Tal vez… no pillaba el chiste? ¿Era… falta de habilidades sociales? ¿Por qué no estaban cayendo rendidos a sus pies como ocurría siempre?

—Perdonadme, por favor. —Annie se abrió paso entre ellos con un suave contoneo.

—Ten cuidado, no te vaya a lanzar un mal de ojo —gritó la chica sin mirarla, lo que solo aumentó la confusión de Annie y le provocó una tenue chispa de pánico. Maeve no habría hecho pública su magia, ¿verdad?

Mientras los zapatos de Annie repiqueteaban por la cafetería, que apestaba a una combinación bastante desagradable de comida recalentada, perfumes empalagosos y adolescentes en general, todas las cabezas se giraron en su dirección.

No era una sensación desconocida, pero en ese colegio parecía mucho más…

hostil. No sentía la admiración habitual, que se le pegaba a la piel y le aseguraba que lo estaba haciendo bien.

En su lugar, aquella atención era una mezcla de murmullos y ojos como platos, salpicada de alguna risa aguda ocasional.

La estaban haciendo sentir cohibida, una sensación extraña que le provocaba un hormigueo en la piel de los antebrazos.

Annie reprimió las ganas de cubrirse el pecho con ellos e intentó mantener la barbilla en alto.

Pero, al reflexionar, un pequeño nudo de terror se le formó en la garganta a medida que comenzaba a recordar el aviso de su madre sobre aquello.

El hechizo de perfección solía fallar cuando se trataba de la opinión de…

adolescentes. «Ay, no». Annie se aclaró la garganta, de la que se escapó un pequeño quejido.

Veían lo que ocultaba el encantamiento. Era cultura general que los adolescentes tenían estándares imposibles y poca fe en el concepto de perfección, excepto cuando se trataba de alguna estrella del pop o famoso.

Durante su época escolar, la madre de Annie, Cressida, había conseguido un milagro al asegurarse de equilibrar la alquimia para que funcionara con sus amigas.

Pero Annie no había tenido que preocuparse de impresionar a adolescentes desde aquellos tiempos y era evidente que su brebaje habitual no estaba siendo útil.

Eso iba a complicar la situación con Maeve.

Después de colocarse un mechón de pelo tras la oreja, trató de sonreír a todos los estudiantes.

Pero, por extraño que pareciera, Annie descubrió que no estaba segura de cómo caminar o dónde colocar las manos en relación con el resto del cuerpo.

Le horrorizaba darse cuenta de que hasta su elección de vestuario le hacía sentir insegura. «Tierra, trágame».

Su adolescencia no había sido así. No recordaba ninguna bandeja de plástico, estéreo portátil ni corbata de rayas sobre camisas abiertas.

Tras obligarse a controlarse, recordándose que era la adulta en esa situación, aunque no lo pareciera, Annie se desprendió de la vergüenza.

Por fin, tras superar lo que le pareció un océano infinito de coletas a un lado y pelos de punta, fijados con cera, gritos hostiles y dedos acusadores le ayudaron a localizar a Maeve.

Escondida contra la esquina más alejada del comedor, con un puñado de libros a su alrededor haciendo de fuerte, la chica estaba sentada sola.

Lápiz en mano, ni siquiera había levantado la mirada ante el caos y el ruido; tan solo había fulminado a uno de los chicos con los ojos al lanzarle este el envoltorio de la hamburguesa hecho una bola a la cabeza.

Llevaba unas gruesas gafas de pasta negra, que se fundían con su largo pelo oscuro, y se mordía la manga del jersey con toda su atención centrada en el dibujo.

No era como Annie se la había imaginado.

Más bien todo lo contrario. Pero la chica tenía un precioso pelo brillante y una galaxia adorable de pecas por toda la cara.

Cómo no iba a ser reservada, pensó Annie, ¿quién no lo sería si tuviera que enfrentarse a aquel zoo seis horas al día?

Decidida a mantener el optimismo de antes, respiró hondo para prepararse, lista para su primer encuentro mágico con su miniyó.

Un momento que ninguna de las dos olvidaría.

Al acercarse a la mesa, se aclaró la garganta. No hubo reacción.

—¿Maeve? —lo intentó de nuevo.

La chica seguía concentrada en el bloc de dibujo ante ella, así que Annie se inclinó para darle unas palmaditas en el hombro y dio un brinco hacia atrás, acompañado de un chillido, cuando Maeve saltó metro y medio del asiento, rota su concentración, con un brusco respingo.

—Lo siento, lo siento. Hola, buenas, soy yo, Annie. —Esbozó una sonrisa—. Vaya, me alegra conocerte. —Dio una palmadita—. Oye, nos lo vamos a pasar genial. ¿Estás preparada para irte?

Maeve la contempló como un conejo ante los faros de un coche.

—Ay, no, no te asustes. ¿Me he pasado? Suelo entusiasmarme demasiado. Es solo que estoy encantada con todo esto. Va a ser una aventura para las dos, ¿no crees? —Annie seguía dando palmadas demasiado rápido, no sabía por qué.

Maeve desvió los ojos marrones hacia la multitud en la cantina a su espalda, como si quisiera comprobar que era seguro entablar conversación con ella.

Por suerte, el zoo ya había perdido interés en la recién llegada.

Luego, centró la mirada en el maletín rosa que Annie había colocado sobre la mesa y en la caja del brownie a su lado, decorada con un lazo tan grande que la pastelera comenzó a arrepentirse de haberlo elegido por si era demasiado.

No quería que Maeve pensara que era una completa ridícula.

Annie decidió cambiar la perspectiva. Tras dedicarle un guiño cómplice, con un gesto tan sutil que habría pasado desapercibido al parpadear, envió un riachuelo de chispas rosadas hacia la cinta para deshacer el nudo.

La caja se abrió y se deslizó por la mesa, vergonzosa, para revelar su contenido.

El toque de caramelo que había vertido sobre el delicioso y esponjoso brownie parecía un tesoro contra el gris del comedor.

Además, olía de maravilla. Maeve seguía mostrándose insegura, con la boca torcida en una línea diagonal y marcada.

—Vamos. Pruébalo —la animó Annie con un movimiento de cabeza.

Incapaz de resistirse a unos deliciosos dulces como cualquier otra persona normal y corriente, fuera o no mágica, Maeve estiró la mano para partir un trozo.

El aterciopelado chocolate se le desmoronó entre los dedos.

Al metérselo en la boca y masticar, Annie se percató del cambio sutil en la postura de Maeve.

Dejó caer los hombros unos milímetros y levantó la barbilla.

Annie se permitió una pequeña celebración para sus adentros por haber elegido pepitas de chocolate negro envueltas en un encantamiento reconfortante.

Sí, quizá había esperado que las propiedades calmantes sirvieran para aplacar el entusiasmo desmedido al descubrir que estaban destinadas a ser mejores amigas, en lugar de para ahuyentar la sensación de auténtico sobresalto y ligero pavor que ahora mismo emanaba de Maeve, pero…

—¿Mejor? —preguntó Annie.

Maeve tragó saliva y agarró otro trozo de brownie.

—Está bueno.

—Gracias. No sé cuánta información te habrá dado Morena, pero tengo una pastelería.

Bueno, más o menos; es una mezcla de pastelería y cafetería, pero también vendo flores y hacemos un club de lectura, noches de pintura…

y el local es muy bonito, aunque ahora está cubierto de un montón de decoraciones de Halloween, pero cuquis.

Y… espera, ¿sabes quién es Morena? Ay, tonta de mí, quizá no conozcas aún los roles dentro del aquelarre o…

Vio que Maeve abría mucho los ojos de nuevo, por lo que dejó de hablar apretando los labios con fuerza.

Ante el evidente descanso que Splendidus Infernum se estaba tomando en ese entorno, Annie sintió que iba a cortocircuitar.

Tomó una de las sillas de plástico, limpió un puñado de migas que cubría el asiento y suspiró.

Lo estaba enfocando mal. Estaba claro que esa pobre chica era tímida e insegura. Tendría que ir con pies de plomo.

—Lo siento, estoy diciendo muchas tonterías —musitó—. Creo que estoy… ¿nerviosa? —Entre las dos se produjo una pausa que pareció asentarse cuando ambas tomaron aire a la vez.

—Yo también —admitió Maeve, reticente.

—No tienes por qué estarlo, lo prometo. Esto no es una prueba.

No es algo que puedas aprobar o suspender.

Nos lo vamos a pasar bien —la reconfortó Annie antes de dedicarle lo que esperaba que fuera una sonrisa tranquilizadora, atenuando su brillo un poquito, para que no fuera tan deslumbrante.

Se le pasó por la mente que quizá sin el Splendidus Infernum , que añadía un filtro necesario y agradable, era demasiado… ¿abrumadora?