Capítulo 7. Maeve
MAEVE
Q ué opinas? —preguntó Annie sin mirar hacia atrás antes de mordisquearse el interior de la mejilla, al mismo tiempo que estudiaba el conjunto desde todas las perspectivas posibles en el espejo.
Faye estaba de pie con los brazos en jarra tras Annie, por lo que le contestó a su reflejo:
—Es demasiado formal para ir a un colegio, ¿no?
—Vale, es posible que haya entrado en pánico. ¿La americana es demasiado arreglada? Sin embargo, voy a ir a recogerla a clase. Es un entorno serio y académico, ¿no? No quiero avergonzarla apareciendo con pintas de esnob —comentó Annie, mientras examinaba de nuevo el largo de la falda.
—¿Dónde diablos fuiste tú al colegio de niña? —preguntó Faye, divertida—. Es un instituto público británico. Para empezar, me olvidaría del ramillete.
—¿No te gusta? —dijo Annie, algo avergonzada al quitarse el enorme ramillete floral de la solapa de la chaqueta y alisarse la blusa.
—Así está bien. Sí, ahora parece muy casual y normal —respondió Faye, sarcástica.
Después de darle muchas vueltas, Annie había terminado por optar por lo contrario a un modelito casual y normal a ojos de cualquiera excepto a los suyos: un traje con una falda de tubo color rosa flamenco y una americana a juego con hombreras enormes.
Los zapatos del mismo color y la blusa de volantes habían dado como resultado un conjunto llamativo en exceso, lo contrario a su intención original.
No obstante, había decidido mantenerlo, como si fuera una especie de declaración feminista que estaba segura de que una adolescente moderna apreciaría.
—Le gustará lo retro, ¿no? Hará que parezca divertida —supuso Annie, y ahuecó el lazo de la blusa para darle un poco más de vida. Faye se dio la vuelta a toda prisa y se atareó revolviendo algunas cintas. Annie tragó saliva—. ¿Verdad?
—Por supuesto. No hay nada que les guste más a los críos que los trajes de ejecutiva. Pero… —Faye suspiró, cruzando los brazos— que Maeve piense que tu modelito es una pasada o una locura es irrelevante. Te va a querer por cómo eres. Estás haciendo algo maravilloso.
Pari se asomó por el marco de la puerta.
—Vaya, tus conjuntos se vuelven más chillones cada día que pasa, Annie. Es muy de presentadora de programa infantil o mujer del tiempo, ¿no?
—Va a ir a recoger a la chica —le explicó Faye.
—Claro, ¡es hoy! —canturreó Pari—. Aún no me puedo creer que vayas a seguir adelante con eso. Como si no tuvieras ya un horario de locos, ahora decides sumarle un voluntariado con una adolescente de carne y hueso.
Annie les había contado a las chicas que se había apuntado a un programa local que tutelaba estudiantes después de las clases.
Hasta donde ellas sabían, debía ayudar a Maeve con los deberes, animarla a escoger un futuro y ofrecerle algo de experiencia laboral en un negocio independiente a cargo de una mujer.
Los detalles sobre desencadenar poderes sobrenaturales y gestionar posibles deslices de magia explosiva quedarían entre Maeve y ella.
Intentó no pensar en la imagen mental de las preciosas cortinas de la cafetería ardiendo que la perseguía los últimos días.
—Deseadme suerte. —Annie se tiró del dobladillo de la americana con firmeza.
—Suerte, suerte, suerte —canturreó Pari mientras la abrazaba.
—Te deseo un montón de suerte. Mejor dicho, te deseo un milagro y, más que nada, que recuperes la cordura cuanto antes —dijo Faye, sombría.
Annie aterrizó con una lluvia de chispas en medio de una rotonda llena de pensamientos.
Al cruzar el lecho de flores, estudió el tranquilo y pintoresco pueblo.
Se encontraba en una encrucijada con tres posibles rutas residenciales.
Envuelta en una bruma rosa fucsia que destacaba entre las hileras perfectas de casas de ladrillos marrones y un cielo gris muy típico del norte, dejó el maletín en el suelo mientras asimilaba su entorno con una sonrisa optimista.
Había un pequeño jardín delante de cada casa, porches llenos de abrigos de invierno y un par de gatos durmiendo en el descansillo, uno de los cuales se había despertado sobresaltado al llegar Annie.
Tras estirarse, deambuló hasta ella y de inmediato se coló entre sus tobillos.
Atraer la atención de cualquier gato del vecindario en un radio de ocho kilómetros era natural, dada la afinidad natural entre brujas y animales.
—Qué bienvenida tan cálida. ¿Sabes dónde puedo encontrar a Maeve?
—Se agachó para acariciar al gato y, si no hubiera prestado atención, habría pasado por alto la manera en la que usó el rabo para señalar una de las calles.
Un cartel en la hierba indicaba que estaba en la calle Heath Road y un poco más allá se erguía un enorme edificio que Annie supuso que era el colegio.
No se parecía al internado al que había asistido con Romily, Vivienne y Harmony.
Para empezar, tenía menos torreones y puentes levadizos.
Ese edificio era una mezcla sorprendente de compleja arquitectura antigua, con carteles obsoletos para indicar la entrada específica de chicos y chicas tallados en la piedra sobre los umbrales, y anexiones modernas prefabricadas adosadas a cada lado.
Era como si el colegio no lograra decidir a qué siglo pertenecía.
—¡Ajá! Gracias, señor, has sido de gran ayuda —alabó Annie al gato, e hizo aparecer un pequeño montón de golosinas a cambio de su ayuda, antes de tomar el maletín y agradecerle con la mano a un coche que se detuvo para que cruzara.
Incapaz de reprimir una sonrisa de emoción, se encaminó hacia el colegio, directa hacia su verja azul.
Morena había quedado con Maeve en que Annie la recogería en la cafetería y la llevaría a Celeste, donde podrían conocerse tomando un chocolate caliente con un extra de nata.
Annie había fantaseado con el momento de su encuentro una y otra vez; se imaginaba a su miniyó un poco tímida, pero ambiciosa de una manera encantadora.
Annie había decidido que la ocasión requería un brownie para romper el hielo, que llevaba en una caja, cerrada con un lazo, bajo el brazo.
Con la otra mano sujetaba el maletín, cargado con lo esencial para quedarse toda la noche hablando: suaves calcetines antideslizantes, pijamas con plumas y máscaras faciales.
Podría hacer aparecer cualquier otro objeto divertido que necesitaran una vez se acostumbraran la una a la otra.
El timbre que indicaba el final de la jornada aún no había sonado.
Tras buscar un lugar en el que esperar, la bruja advirtió un banco al otro lado de la calle donde un anciano estaba sentado solo, en silencio, con una bolsa de rayas llena de dulces en las manos.
Annie se percató al sentarse de que movía la rodilla de arriba abajo, una señal sutil de su nerviosismo.
—¿Está esperando a alguien? —preguntó, alegre.
—A mi nieta. La recojo cuando su madre tiene que trabajar hasta tarde. Son mis días favoritos de la semana —contestó, incapaz de reprimir una sonrisa cohibida ante la mención de la niña.
—Qué bonito. —Annie se aseguró de que su sonrisa no perdiera brillo, a pesar de la punzada en el corazón—. Siempre deseé tener a un abuelo con el que me llevara bien, pero nunca llegué a conocer al mío. Tiene suerte de poder contar con usted.
—Tonterías, el afortunado soy yo. Es la luz de mi vida —dijo encantado antes de sacudir la bolsa que llevaba en la mano—. Mientras paseamos, compartimos caramelos de fresa.
Otra punzada.
—Debe de sentirse muy orgulloso de ella.
—No se lo puede ni imaginar. Tiene once años. Sé que es cuestión de tiempo que sea demasiado mayor para que la vean volviendo a casa con su abuelo, pero no importa, ¿sabe? Lo disfrutaré mientras dure. —Sonreía mientras contemplaba con determinación la puerta doble del colegio.
A medida que la dulzura amarga de sus palabras impregnaba el aire, la empatía abrumó a Annie, conmocionada por el cariño genuino que los unía.
Al momento, la sensación empezó a apagarse, como una vieja herida cuyo dolor resurgía con la lluvia y el frío.
Nubes grises opacaron la dorada sensación, esa nostalgia por el amor incondicional de una familia que encajaba a la perfección; algo que nunca había conocido, pero que codiciaba más que nada.
Una aguda sirena comenzó a sonar y sacó de golpe a Annie de sus pensamientos mientras la puerta doble de la escuela se abría de repente.
Una chica bajita con una americana tres tallas más grande que ella se acercó dando saltitos y el anciano se levantó con dificultad para recibirla con los brazos abiertos antes de sacar la bolsa de dulces como si fuera un truco de magia.
Se alejaron y el hombre se giró para despedirse de Annie con la mano.
La chica se apresuró a limpiarse una lágrima solitaria y se levantó para cruzar la calle.
Mientras esperaba en el paso de peatones, no pudo resistirse a lanzar un torbellino de polvo rosado hacia los caramelos del anciano, el mismo encantamiento nostálgico que añadía a los buñuelos de Celeste y que ayudaría a la adolescente a atesorar ese momento tan preciado, en el presente y en el futuro.
Una multitud de estudiantes estaba reunida en el interior de la cafetería, cuya puerta de cristal amortiguaba risas y gritos.
Se acercó a ella con una energía renovada en cada zancada por el bullicio contagioso del final de la jornada escolar y dio unos golpecitos en la puerta cerrada para llamar la atención.
Ante la interrupción, el grupo más cercano giró las cabezas hacia la ventana y todos se quedaron boquiabiertos.
Un momento después, estallaron en un ataque de risa y un chico gritó algo hacia el otro extremo de la sala que Annie no logró comprender.
No entendía qué era tan divertido. Al final, uno de los más educados del grupo se acercó a abrir la puerta.
—¡Hola! —exclamó emocionada—. Estoy buscando a Maeve.
El chico, con la barbilla cubierta de acné y un intento de bigote sobre el labio superior, respondió sorbiéndose la nariz.