Capítulo 6. La extraviada #2
Se dirigió a la rayuela, pero se detuvo en seco al situar los dos pies dentro del primer cuadrado.
Entonces, sacó la capa y el gorro del bolso, ambos doblados con mimo en bolsas, y con cuidado desplegó los dos elementos del uniforme de Selcouth.
El sombrero en punta del aquelarre nunca sería de su agrado, pero había intentado arreglarlo como había podido, añadiendo al ala una cinta de vaporosa organza rosa que se ataba con un sofisticado lazo en la barbilla.
La capa del aquelarre, por otro lado, sí le parecía bonita.
Fuera quien fuese quien la hubiera diseñado hacía tantos años tenía la aprobación de Annie en estilo brujeril.
Al ser una tela etérea y aterciopelada que llegaba hasta el suelo, la hacía sentir como una mezcla de bruja celestial y princesa de los bosques.
Aunque solía ser morada por tradición, había añadido un toque sutil a la suya para que el brillo de la prenda se acercase más al rosa.
El tejido estaba confeccionado con patrones delicados que evocaban a las constelaciones del cielo nocturno, brocados de forma tan exquisita que la prenda parecía cubierta de los destellos de las mismas estrellas; Annie se sentía más poderosa con ella puesta.
El diseño de la capa de todos los brujos o hechiceros era personal, puesto que representaba la alineación del cielo nocturno en el momento de su nacimiento.
La bruja tenía muchos vestidos bonitos en el armario, pero la capa los superaba a todos.
Tras atársela a la clavícula con un broche perlado que sería la envidia de cualquiera, Annie soltó un suspiro agudo y decidido. Había llegado el momento de entrar en la Casa Hécate.
—Tres —musitó para sí.
Luego, estiró la pierna derecha sobre la rayuela para dar un salto poco elegante con el que superar los dos primeros cuadrados. Sus tacones aterrizaron en la pista pintada con tiza con un repiqueteo. La coordinación no era su fuerte y se alegraba de que no hubiera nadie para presenciarlo.
—Siete. Luego, nueve —se recordó con un brinco torpe hacia la séptima casilla tras tambalearse sobre los zapatos y estirarse para aterrizar dentro sin problema. Después, dio un paso hacia el número nueve—. Y trece.
Posó los pies, uno al lado del otro, en el último cuadrado del dibujo del suelo.
Durante una milésima de segundo, advirtió que no pasaba nada.
Era el tiempo justo, una pausa insignificante para que un niño saliera de dicho cuadrado si, por casualidad, había seguido la misma secuencia improbable con los pies, lo suficiente para que diera otro salto lejos del dibujo antes de que se percatara siquiera de cómo había empezado a brillar de repente con un reflejo mágico de luz de luna.
O de cómo las palabras Tonitru, Fulgur, Pluvia titilaban como respuesta a las estrellas en un charco iridiscente de agua. «Trueno, relámpago, lluvia».
—Vamos, vamos —murmuró Annie con expresión afligida.
Sabía lo que ocurriría a continuación. El corazón se le aceleró.
Tuvo el tiempo justo de colocarse el pelo tras las orejas y cruzar los brazos sobre el pecho antes de que desapareciera el asfalto bajo sus pies.
El decimotercer cuadrado se abrió como una trampilla y Annie no pudo evitar gritar al caer por él.
Sujetó con fuerza la cinta con la que se había atado el sombrero mientras su pelo revoloteaba sobre su cabeza.
Tras un socorrido encantamiento de improviso para amortiguar la caída y aterrizar a cámara lenta, Annie perdió el equilibrio por unos segundos.
Con elegancia, lo recuperó, sujetándose en las pálidas paredes de piedra, y se alisó el pelo, colocándose los mechones con un retoque rápido.
Luego, exhaló, triunfal. Al menos ya había dejado atrás el susto de la caída.
Miró hacia arriba justo a tiempo para ver cómo la trampilla se cerraba y ocultaba los últimos rayos de luz de luna.
Annie siguió adelante y recorrió el vestíbulo para llegar al patio interior.
La sede de Selcouth contaba con una decoración preciosa en general, como no podía ser de otra manera en la cuna del prestigioso aquelarre de Reino Unido, pero el patio interior en concreto le robaría el aliento a cualquier brujo.
El mosaico bajo sus pies, que representaba al sol y la luna, abarcaba la enorme sala circular.
La cúpula del techo era igual de bonita, cubierta con un manto de radiante magia física, como si cada destello fuera una puntada dada para crear una colcha iridiscente.
Annie no pudo evitar dedicar un momento a admirarlo, dando las gracias en su cabeza, como hacía en cada visita.
El azul cerúleo de las baldosas contrastaba con sus tacones para su agrado y, al cruzarlas, saludó a un grupo de brujos con la mano.
Talladas en las paredes del patio interior había doce puertas, cada una coronada con un gigantesco símbolo del zodiaco que vigilaba con cautela lo que hubiera tras ella.
Una de las puertas de madera se arqueaba formando una punta afilada y un monstruoso escorpión de bronce reposaba sobre ella, con las pinzas y la cola enroscadas en una pose amenazadora.
Annie movió la mano en el centro de la puerta y un repiqueteo metálico cruzó el claustro como si hubiera usado un picaporte invisible.
—Pasa —invitó una voz en su interior tras un suspiro de desaprobación que parecía indicar que quien fuera que estuviese al otro lado preferiría que se fuera por donde había venido.
—Solo soy yo —contestó Annie, alegre. Se quitó el abrigo que llevaba bajo la capa y lo colocó en el perchero, que se inclinó como un mayordomo aceptando sus prendas en los brazos.
Entre la madera oscura y la sensación gótica del despacho, el rosa pastel de su abrigo (y del resto de su conjunto) parecía una especie de fallo técnico del universo.
—Aquí estás. Empezaba a preguntarme si te habrían devorado unos perros salvajes.
—No me parece que haya muchos de esa clase por aquí, Morena. La mayoría son labradores y spaniels hasta donde yo sé. Aunque sigo sin estar convencida de que un parque para niños sea la opción más recomendable tras la que ocultarse la Casa Hécate.
Annie miró el calendario lunar en la esquina del despacho de Morena Gowden.
Un ápice de pálida luz lunar que se filtraba por una grieta del techo indicaba que eran las ocho en punto.
El cansancio le hormigueaba en torno a los ojos, los pies le molestaban y la parte baja de la espalda no dejaba de quejarse, pero los ignoró tan rápido como se lo permitió el hechizo.
Se sentía agradecida por el extra de energía que le proporcionaba el Splendidus Infernum a la hora de maximizar su productividad de manera sobrenatural.
Se dirigió hacia el escritorio adyacente al de Morena y ocupó su sitio tras él.
Alineó su bolígrafo con pompón, su cuaderno rosa y su vela con olor a nube de chuche hasta formar una cuadrícula de ángulos perpendiculares y perfectos.
Encendió la vela con una chispa de magia y levantó en brazos la montaña de pergaminos que se habían acumulado en su escritorio desde la última visita.
Después, dio el paso más importante: colocarse el bolígrafo en la oreja para mimetizarse con el ambiente.
—Al contrario. Los niños no mueven ni un pelo cuando, mientras duermen, un hada aparece para llevarse un diente que solía estar alojado en su cráneo y que han escondido bajo la almohada. Esos monstruitos muestran una tranquilidad sorprendente ante todo lo relacionado con lo sobrenatural.
—Aunque parezca raro, tiene sentido —admitió Annie.
—Y —prosiguió Morena sin levantar los ojos de su trabajo— la guinda del caldero es la oportunidad de darles un susto de muerte a esos pequeños mequetrefes si alguno acaba apareciendo aquí.
Con suerte, me pasaré años inundando sus pesadillas.
—Ante la idea, Morena esbozó una sonrisa poco habitual en ella.
Todo acerca de la bruja alta y delgada con quien Annie estaba haciendo las prácticas era afilado e impecable hasta resultar intimidatorio, desde la altura de sus pómulos hasta el rizo, calculado al milímetro y de un gris plateado, que se dejaba ver bajo el ala del sombrero.
Su mirada inquebrantable y oscura y el contraste fantasmagórico del pintalabios de intenso color burdeos le aportaban un aspecto elegante e inquietante que Annie siempre consideraba sofisticado, si bien un poco aterrador.
Mientras el resto del aquelarre se estremecía bajo su capa cuando Morena entraba en la habitación, Annie siempre había sentido una debilidad inexplicable por ella.
Era a Bronwyn, su hermana, también Bruja Sabia, a la que Annie trataba de evitar a toda costa.
Desconfiaba de su disposición, siempre tan alegre.
Su generosidad imposible le parecía antinatural y le generaba escepticismo.
O escondía algo o se ocultaba tras un hechizo complejo y cuestionable, algo sobre lo que ella sabía bastante.