Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 6. La extraviada
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Capítulo 6. La extraviada

LA EXTRAVIADA

E l caos de mediodía, cuando los clientes ya no lograban ignorar su obsesión por el dulce y sucumbían a la llamada de un caprichito, era parte de la rutina en Celeste.

Faye lo había apodado la «hora abrumadora», durante la que rebuscaba en las profundidades de su ser la motivación propia de un gladiador; también había inventado la tradición diaria de tomarse un chupito de expreso a las dos de la tarde después de que las tres se arremangaran los petos rosas a juego.

Mientras tanto, con cariño, Pari se refería a ella como «las infierno en punto», porque le encantaba ser un poco exagerada siempre que tenía la oportunidad, y había creado su propia coreografía inspirada en el demonio para subirles el ánimo: se colocaba dos fresas por cuernos y usaba los trapos como pompones.

Annie, al sentir a través del cosquilleo en sus pulgares que ese lunes los bollos de cereza serían más populares de lo habitual, se había encerrado en la cocina para preparar otro lote de aquellos dulces.

Tan pronto como los clientes los veían al otro lado del mostrador, rematados con hermosas grosellas y cubiertos de un radiante glaseado que recordaba a la nieve, no lograban resistirse (lo que era de entender).

Quizá también tuviera algo que ver con el maravilloso encantamiento reconfortante que Annie mezclaba con la harina, para aportar consuelo a los clientes a través de su masa esponjosa.

Con cada bocado evocaban la sensación exacta de estar envueltos en una colcha durante una noche fría de invierno.

Los bollos recién horneados, de color dorado, seguían calientes.

Annie invocó la enorme canastilla de cerezas de la alacena para rematar cada uno con un toque radiante de rojo, como un beso.

Pero, antes de poder colocar la primera fruta sobre el glaseado, una chispa pícara de magia captó su atención al percibirla de soslayo; brincaba por la encimera como una moneda que rodaba por ella.

No era suya porque no desprendía ningún reflejo rosa.

En un primer momento, pensó en Pari, una ocurrencia divertida.

Viniera de donde viniese, la chispa de magia se detuvo junto a la cesta de cerezas.

Al entornar los ojos para mirarlas con más atención, pensando que se estaba volviendo loca, se dio cuenta de que se estaban moviendo de verdad.

Temblorosas, pequeñas manchas borrosas de un radiante rojo se convulsionaron trémulas en la cesta como si fueran canicas.

Las cerezas empezaron a levitar y volar sobre la encimera de madera para repartirse entre los bollos.

Rebotaban hacia delante y hacia atrás antes de posarse sobre los dulces, resolutas.

Al final, Annie lo entendió. Estaban formando un mensaje rojo y comprensible sobre el glaseado:

La Casa Hécate requiere tu presencia.

El aquelarre. Para ser una nota de Selcouth, era bastante sutil, lo que Annie agradecía.

Había avisado al departamento de comunicación en varias ocasiones de que sus avisos siempre solían llegar en momentos inapropiados y desconsiderados para los hechiceros que vivían en el ámbito no brujo.

En el pasado, Selcouth había garabateado mensajes en la pizarra del menú de Celeste con una tiza que levitaba frente a una cafetería llena de gente.

Annie causó un pequeño revuelo al cruzar a la velocidad del rayo el mostrador para agarrar la tiza.

También habían hecho aparecer mensajes en la harina mientras Faye la ayudaba a hornear o habían estampado un sello en forma de estrella en las baguettes como si fueran bastones de caramelo.

Incluso habían animado a una galleta de jengibre para que le pasara un aviso.

Aquella vez había necesitado poner en práctica todas sus habilidades de distracción: se puso a cantar a pleno pulmón para distraer a los demás y que no se fijaran en el hombrecito diminuto cubierto de glaseado que gritaba a través de un megáfono de galleta.

—Me pregunto qué querrán —musitó Annie para sí, tomando las cerezas y colocándolas donde se suponía que debían estar, en el centro de los bollos.

Una cita sin explicación, viniera de quien viniese, siempre avivaba las ascuas de su ansiedad y reforzaba ese pinchazo constante de que estaba metida en problemas por algo, pero las que procedían del aquelarre le resultaban aún más inquietantes.

Ausente, se limpió los dedos en el delantal.

Hasta donde sabía, no había hecho nada malo, aunque así lo sentía.

El aquelarre de Selcouth solía pecar de dramático, pero, fuera cual fuese la razón, un encuentro con ellos siempre conllevaba quedarse despierta hasta altas horas de la noche.

Miró el reloj y calculó cómo sería mejor organizar el resto del día.

Acababa de terminar los bollos a tiempo para el momento de mayor estrés, pero aún no podía salir de la pastelería porque eso supondría dejar a Faye y Pari con el agua al cuello.

La pausa que había hecho para devorar un sándwich a toda prisa parecía haber sido hace días.

Además, debía hacer malabares con la entrega de huevos (por suerte, no de forma literal) y la recogida de las tartas para ocasiones especiales al mismo tiempo.

Y le había prometido a la señora Harris una bandeja de magdalenas para el cumpleaños de su hija.

Menos mal que con un poco de magia podría acelerar todo el proceso.

Con una lluvia de chispas rosadas hizo volar los instrumentos por el aire, a la vez que alineaba las hileras de cajas de cartón para tartas en el orden de los colores del arcoíris.

Una caja de huevos aterrizó a su izquierda y todos ellos esperaron pacientes en el borde de su bol para sumergirse en él con la elegancia de bailarinas de natación sincronizada.

Un pesado saco de azúcar resopló y resolló al arrastrarse por la cocina con gran esfuerzo tras agarrarse a medio camino al borde del taburete para recuperar el aliento.

Annie podría dejar que los ingredientes trabajaran solos siempre y cuando Faye y Pari estuvieran ocupadas y, por suerte, tenía el uniforme del aquelarre guardado al lado del caballete con sus vestidos, escondido bajo los moldes de empanada para mayor seguridad.

El púrpura del crepúsculo se había convertido en un manto nocturno sobre la ciudad cuando Annie por fin se encaminó a la cita.

Era mucho más tarde de la hora a la que había pretendido partir hacia la Casa Hécate y sabía que el retraso no sería bien recibido.

Por desgracia, el efecto del Splendidus Infernum no se extendía más allá de su propio ser, por lo que no siempre podía eludir las imperfecciones inevitables de la vida.

Un puñado de adolescentes habían irrumpido en Celeste después de clase y se habían pasado horas dándoles vueltas a unos batidos de fresa mientras sus carcajadas inundaban la cafetería.

Annie no había querido meterles prisa, por lo que solo se había dedicado a mirarlas de soslayo con una sonrisa nostálgica.

Parecían fundirse las unas en las otras; hablaban un idioma distinto construido con bromas privadas y referencias que a los demás les costaría entender.

Le había parecido imposible pensar en un momento en el que se hubiera sentido tan relajada con sus amigas, tan ella misma con cualquiera.

Instantes tan preciados de sororidad como aquel no eran algo que interrumpir, por lo que había dejado que se quedaran junto al escaparate hasta que se habían arrastrado de vuelta a casa para cenar.

Además, les había recomendado a todas ellas una de sus galletas espolvoreadas con azúcar entremezclado con deseos y, a cambio, las chicas le habían dicho que les gustaba su brillante sombra de ojos.

Annie se rodeó con los brazos con fuerza.

Su aliento florecía ante ella y en sus zapatos de tacón incidían los haces anaranjados de las farolas al caminar.

Pasó junto a la librería local donde a menudo dejaba muestras de sus dulces para los libreros, los quioscos donde siempre le guardaban una copia de su revista de moda favorita y la única tintorería a la que confiaba sus chaquetas.

Ni siquiera la magia ahuecaba los puños cubiertos de plumas como hacían sus dueños.

La última ubicación de la entrada londinense a la Casa Hécate, que cambiaba cada luna llena para evitar que la comunidad no bruja la descubriera, estaba bastante a mano aquel mes; a un paseo corto de Celeste, en el parque local, ni más ni menos.

Por la noche solían cerrar la entrada, flanqueada por exuberantes calabazas talladas, con banderines de Halloween colgados entre los barrotes, pero un rápido hechizo se encargó de arreglar ese problema.

Todo a su alrededor parecía terroso y húmedo y los lechos de flores estaban empapados por la lluvia.

Las hojas secas recién caídas bajo sus pies habían adquirido la textura de la mezcla de una tarta de chocolate, por lo que Annie eligió dónde pisar con cuidado para evitar resbalar sobre los tacones.

El parque se encontraba desierto a excepción de un zorro delgaducho que estaba rebuscando en la basura.

Se planteó marcharse cuando Annie puso un pie dentro, pero sus sentidos notaron enseguida la seguridad de la magia y volvió a centrarse en su búsqueda del tesoro.

Cuando una ráfaga de aire cruzó los castaños, el carrusel dio un giro lento y dos columpios se mecieron hacia delante y hacia atrás, haciendo chirriar las cadenas oxidadas.

Annie se coló bajo una estructura de escalada y notó la pintura fría y descascarillada bajo los dedos.