Capítulo 5. Un pacto perfecto #3
Habían estado esperando, pacientes, a recibir la orden.
Las volutas de humo que emanaban del agua caliente comenzaron a elevarse hacia su garganta.
Los tentáculos de vapor se irguieron con movimientos hipnóticos para que pudiera inhalarlos, al mismo tiempo que el humo denso que surgía de la poción hasta el techo se desvanecía en la calidez embriagadora del baño.
El rastro del vapor espectral se mecía y metamorfoseaba como llamas hasta mezclarse en una pantalla de humo que envolvió a Annie casi por completo.
Era difícil distinguir ningún rasgo específico entre ellos, pero se había pasado tanto tiempo con el hechizo que Annie se había acostumbrado a las voces de los fantasmas que venían a visitarla.
Todas las noches, al entretejer el hechizo, el maleficio, identificaba sus gritos y sus caras, que se volvían más o menos nítidas, pero nunca lo suficiente como para verlas con claridad.
Las figuras entre el humo gris estaban ahí un segundo, apenas visibles, y desaparecían al siguiente.
Antes de poder revelarse como algo más que una mancha inquietante, la bruma difuminaba sus rostros y siluetas hasta convertirlas en un gris diluido.
No conocía sus historias en detalle, pero sí todos sus errores. El dolor procedente de la imperfección. Ese era el pacto que hacía Annie. Splendidus Infernum .
Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero cuando el agua caliente se quedó fría como un témpano y el maleficio comenzó.
Las figuras alrededor de la bañera siempre cambiaban, imposibles de identificar, pero sabía que la mayoría eran habituales, con sus aflicciones y siluetas particulares.
Estaba la imagen borrosa de un hombre con gafas de montura metálica que lloraba en secreto, deseando que se le ralentizara la respiración y se detuviera el flujo de lágrimas antes de que alguien lo viera, aterrado por si su verdad salía a la luz.
La mujer sin rostro con una gruesa trenza sobre el hombro, tan abatida por la culpa que estaba segura de que sería mejor que desapareciera por completo, que librara al mundo de su presencia.
La joven asfixiada por preguntas inquietantes para las que no tenía respuestas dudaba que hubiera actuado como debía, segura de que no había sido así, incapaz de aceptar su decisión.
Como se indicaba en el hechizo de forma tan explícita, ningún don era gratuito y Annie no podía decir que no hubiera conocido el precio a pagar.
Era justo y entendible que su perfección tuviera un alto coste.
El intercambio suponía aceptar los momentos más imperfectos del resto, dejarse vapulear por su abatimiento y su arrepentimiento cada vez que cerraba el acuerdo, notar el dolor de sus sentimientos y el peso sobre los hombros; una carga tan grande que nunca dejaba de pensar en ella.
Estaba en sintonía con las emociones de todo aquel que la rodeaba gracias al maleficio de las Wildwood.
Annie lo sentía todo, a cualquier hora, a punto de explotar; el rugido de un trueno que debía acallar.
El coste de agradar a todos era el precio que debía pagar por sí sola y se encontraba metida hasta el cuello en una deuda infinita y vertiginosa.
Pero merecía la pena. Debía asegurarse de que no decepcionaba a nadie y esa era la manera de conseguirlo.
Tenía que ser perfecta. Mientras se aferrara a lo que conocía y a lo que le aportaba seguridad, nada cambiaría y no la abandonarían.
Así nunca fallaría. Solo había que ver la vida maravillosa que eso le había procurado. Todos estaban encantados con ella.
La madre de Annie nunca había tenido dificultades para aceptar ese precio. Las emociones de los demás no eran algo que le supusiera una carga. Pero para Annie lo eran todo.
Pasó la medianoche de su decimoquinto cumpleaños envuelta entre esos fantasmas por primera vez.
Aunque Cressida había insistido en que continuara haciéndolo, en que se volvería más fácil con el tiempo, Annie seguía sufriendo su peso y su corazón parecía un cofre tan lleno de las cargas de los demás que sus delicadas bisagras estaban a punto de estallar.
Como una criatura nocturna que se escondiera al salir el sol, la preocupación se abrió paso por los túneles del corazón de Annie bajo la luna de medianoche hasta doler.
Pasaron trece minutos y chispas de magia comenzaron a borbotear de la poción de color rojo oscuro, humeando al caer en el líquido de nuevo.
Los fantasmas y sus problemas se colaron en su alma mientras inspiraba los vapores.
Notaba cada arrepentimiento que albergaban, el peso de sus historias, todos los errores que los mantenían encadenados al mundo brujo cuando hacía mucho tiempo que deberían haber pasado al siguiente plano.
El hechizo llegó a su fin, renovándola y agotándola a la vez, y con rabia se secó una lágrima que amenazaba con aterrizar en el agua y acabar con el equilibrio de su cuidada elaboración.
Annie se preguntó por qué, si estaba haciéndolo todo tan bien, se sentía tan mal.