Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 5. Un pacto perfecto #2
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Capítulo 5. Un pacto perfecto #2

Deseosa de empezar, de sentirse bien de nuevo, Annie se giró hacia los grifos de latón de la bañera.

Una bruma embriagadora y aromática surgió del agua caliente mientras esta fluía, empañando toda la habitación.

Cada armario estaba a rebosar de lociones y pociones, lotes de botes, burbujas y bálsamos, como un campo de flores abiertas a su alcance, esperando a que eligiera alguna.

Entretejer un hechizo se parecía mucho a arrancar una flor, partir tallos y arrancar pétalos que quizá estarían mejor en su sitio.

Una flor elegida por su perfección acabaría por marchitarse, por deslucirse dentro de un ramo creado de forma meticulosa para causar admiración.

Pero, cada vez que la duda reptaba por su interior, recordaba a su madre.

El hechizo era una ceremonia que había pasado de generación en generación entre las mujeres Wildwood.

Cressida se había ocupado de enseñársela a su hija en cuanto su magia floreció, decidida a que Annie no estropeara aquello que llevaba perfilando toda su vida.

Pensaba que su hija tenía por costumbre arruinar las situaciones con deslices tontos.

Annie rebuscó y se debatió entre botellas de néctar y viales de elixir, extrayendo combinaciones refinadas de sus productos favoritos o dejando en el estante otras al cambiar de opinión sobre la mezcla de esa noche.

La receta necesitaba una ligera modificación de vez en cuando, normalmente en sincronía con la llegada de la luna llena.

Cada vez que el satélite, redondo, se asentaba entre las nubes al salir del simposio mensual en la Sortiedad, sabía que había llegado el momento de revisar su alquimia.

Era hora de evaluar qué aspectos de sí misma necesitaba retocar y definir.

Su preparación actual sin duda necesitaría algún cambio para el mes siguiente.

La magia solía retorcerse en octubre; ya se notaba en lo cargado que estaba el aire.

—Pétalos de rosa, polvo de perlas, opalina…

—musitó Annie para sí, metiéndose el trío de ingredientes de color pastel bajo el brazo, con los tonos de un resplandeciente amanecer veraniego.

Los cristales tintinearon con una melodía satisfactoria—.

Lengua de víbora, grito de zorro, brezo y plumas.

Quizá cuervo para esta noche… —Las tonalidades oscuras, azabache, gris ahumado y óxido, contrastaban con sus primeras opciones.

Formarían una combinación desconcertante.

—Todos tenemos contrastes —susurró, para justificar su elección.

Con un ademán, unas gafas le aparecieron en la punta de la nariz, ya que su visión no era del todo perfecta al estar desvaneciéndose el hechizo.

Acercó los ingredientes a la suave luz de la vela, comprobando que el color y la textura de cada uno eran los correctos.

Un mínimo error dilapidaría el equilibrio tan preciso con el que elaboraba la poción.

Debía usar lo mejor de lo mejor. Annie apreciaba los detalles que indicaran calidad, promesas de longevidad, algo que le asegurara que no iban a fallarle.

Tanto en ingredientes como en zapatos, en bolsos o en personas, todos eran excepcionales e importantes.

Satisfecha con sus decisiones, Annie hizo que la selección de botes cerrados, recipientes y cajas misteriosas en miniatura flotara por el aire sobre las baldosas de color verde oscuro en dirección a la bañera llena.

El calor creciente del agua había creado una capa de vaho sobre los espejos y le humedecía las mejillas.

Cada vial se inclinó para verter en el agua la cantidad requerida con atención y una precisión metódica, dirigidos por su magia, como un maestro de orquesta que guía a los instrumentos hasta el crescendo final.

Poco a poco, la combinación sustituyó el azul claro y cristalino del agua por un intenso y vivo rojo.

Annie se quitó la ropa y metió un dedo del pie para comprobar su temperatura. Inhaló con fuerza entre dientes. Había descubierto que aumentar el calor daba resultados más potentes y sacaba lo mejor de sí. Alcanzar su mejor versión hacía que el dolor mereciera la pena.

Parte del hechizo retocaba la superficie, como, por supuesto, el pelo inmaculado, las largas pestañas, los dientes perfectos, el maquillaje impecable, el aroma hipnótico o la sonrisa radiante.

Pero también modificaba su interior: la paciencia inquebrantable, la generosidad sin límites con su tiempo, un altruismo que tomaba la mayoría de las decisiones por ella.

Siempre consciente, acogedora, cálida. Apenas necesitaba horas de sueño.

Llevaba una racha sobrenatural resolviendo los problemas que le contaba cualquiera cada vez que era necesario.

Sumergirse en la poción era el camino a la perfección.

Decidida, Annie contempló la araña, que se difuminó hasta convertirse en un brillo acuoso.

Se recostó en la bañera, esbozando una mueca durante apenas un segundo más, antes de que el agua hirviendo le aportara el agradable entumecimiento de siempre y sucumbiera a él.

Tras sentirse cómoda, Annie se coló por completo bajo la superficie.

Al emerger, se quitó el pelo húmedo de la cara; unas gotas de agua carmesí se le habían aferrado a las pestañas.

Se armó de valor y susurró el encantamiento.

El agua burbujeó y estalló entre sus labios al hablar:

Si lo deseo, el precio justo tendré que pagar

y solicitar su sombra fantasmal.

Ningún don es gratuito; por eso uso humo,

que oculta, para los brujos, sus errores más oscuros.

Entre susurros de abatimiento,

sentiré la caricia de la locura del arrepentimiento.

Cambia el equilibrio por mi brillo,

un pacto para que el esplendor sea mío.