Capítulo 5. Un pacto perfecto
UN PACTO PERFECTO
A quí estáis, chicas.
Annie desvió la mirada de su conversación con Ruby sobre adquirir una de sus nuevas escobas (¿habría espacio extra para las maletas?).
Gran parte de la Sortiedad se les había acercado a lo largo de la noche, pues el encanto de las Cuatro de la Fortuna siempre atraía a una multitud para flirtear y compartir historias con su mesa.
Pero esa era la voz que esperaban oír todos los miembros del club, la que demostraba lo importante que eras.
—¡Mamá! —Romily se puso en pie y se apresuró a darle un beso en cada mejilla a su madre antes de apretarle, cariñosa, los antebrazos—. Se han quedado sin el ponche que te gusta, así que en lugar de eso he pedido licor de cereza, que creo que…
—Odio la cereza, cielo. ¿Por qué calderos se te ha ocurrido algo así?
Se apartó de su hija para girarse hacia el círculo con una sonrisa deslumbrante.
Annie captó un ápice del dolor y la decepción de Romily, que la envolvieron como el humo durante una milésima de segundo antes de desprenderse de ellos cuando Glory Whitlock se acercó a la mesa.
Su presencia tenía un magnetismo tan abrumador que Annie casi podía notar cómo su cuerpo se sentía atraído como un metal hacia ella.
Como conocía a Glory desde que era una niña, identificaba sin problema ese efecto secundario de todas las brujas que poseían unas amplias reservas de poder.
Dado que era una de las familias mágicas más antiguas, las inversiones de los Whitlock en poderes eran prodigiosas y eléctricas.
Su riqueza superaba con creces la de cualquiera de las otras familias Emisarias.
Glory mantenía un equilibrio eficaz e imponente entre su desmesurado carisma, su belleza clásica y el terror absoluto que producía.
Conseguir su favor era como entrar en un charco de luz solar; perderlo, como estar en la sombra más fría y oscura.
—¿Qué tal la reunión de los Emisarios, Glory? —preguntó Annie.
La mujer le colocó a Romily un mechón de pelo, igual que a una muñeca.
—Ah, todos son un aburrimiento total. Harmony, deberías decirle a tu padre que las fiestas son algo más que logística y operaciones, cielo. Estos hechiceros adoran el sonido de su propia voz mientras hablan una y otra vez sobre el presupuesto mágico.
—Suena como mi padre, sí —bromeó Harmony con una sonrisa cómplice.
Su padre, Barnaby Morningstar, era un hombre de piel cetrina con cara de comadreja que trabajaba como numerómano para la Sortiedad.
Era la mitad más tranquila de los Morningstar, casado con la madre de Harmony, Alette, una mezcla de sirena y bruja encantadora y preciosa que lo eclipsaba de todas las maneras posibles.
Pasada ya más de una década desde su entrada a la Sortiedad, Annie solo lo había oído hablar del inmenso presupuesto cósmico y de la vez que Harmony estrelló su coche.
—No creo que me haya perdonado por lo del año pasado —continuó Glory—. Solo para los fuegos artificiales de Halloween usamos tanta magia que las reservas de Londres estuvieron bajo mínimos durante semanas. Pero no es mi problema. Les pago para que se ocupen de esos asuntos.
—Pero ¿y el baile de Samhain, mamá? —preguntó Romily, esperanzada.
Glory chasqueó la lengua.
—Bueno, obvio, cielo. Chicas, ya sabéis que podéis fiaros de mí y estar seguras de que se celebrará con estilo.
¿Por qué molestarnos si no vamos a hacerlo a lo grande y mejor que el año pasado?
—Hizo un gesto para que las jóvenes se acercaran, como si fuera a compartir un gran secreto—.
Y, entre nosotras, planeo hacer algo muy muy especial para Todos los Santos.
Según las previsiones, este Halloween habrá un potencial mágico sin precedentes, como no se ha visto desde hace siglos.
Deberíamos asegurarnos de sacarle el máximo partido.
No hay que escatimar en gastos. Será un capricho que disfrutaremos todos.
—¡Ah! —exclamó Annie, dando una palmada—. ¡Qué emoción!
—Sé que reconoces la importancia de darse un buen capricho, Annie. Y este será sensacional —dijo Glory con los ojos brillantes—. Vamos, contadme todas las cosas maravillosas que habéis estado haciendo.
—Le hemos hecho una visita a los espíritus del balneario. El universo sabe que lo necesitábamos. Excepto Annie, claro. Ha estado trabajando muy duro en ese trabajo suyo tan aburrido. —La voz de Vivienne rebosaba sarcasmo mientras paseaba los ojos por el grupo.
—Qué determinación, ¿verdad, Annie? —declaró Glory—. Es admirable encontrar a una bruja así hoy en día. Te pareces a tu padre en ese sentido, siempre con algo que demostrarle al mundo.
Annie se quedó paralizada y cerró los párpados mientras contenía el aliento. Esa era la única frase capaz de desmoronarla. La única que mermaba sus milagrosos niveles de paciencia y los devolvía a su sitio como si fuera una tensa goma elástica.
«La gente no sabe lo mucho que duele oírlo. No es culpa suya. No seas exagerada».
—Haremos lo que podamos para ayudar con tus planes, Glory. Por favor, avísanos —se ofreció Annie.
La mujer suspiró como si el peso del mundo se hubiera posado sobre sus hombros. En cierto sentido, al menos en el ámbito mágico, así era.
—Asegúrate de mantenernos un paso por delante del aquelarre, Annie.
Conocer sus movimientos nunca ha sido tan esencial.
Si dependiera de mí, sabes que no te obligaría a mezclarte con toda esa maldita chusma de la Casa Hécate, pero he oído que han contratado a un nuevo vigilante que podría estropearnos los planes si metiera las narices donde no debe. Por el bien de la Sortiedad…
—No necesitas preocuparte por eso. No te decepcionaré —cortó Annie—. Sabes que puedes contar conmigo.
Durante sus muchos años de amistad con Romily, Glory había acabado por ser, en muchos sentidos, una segunda madre para ella.
La había cuidado cuando sus padres la habían dejado sola y había crecido bajo su ala, aunque se mantuviera distante.
Siempre estaría agradecida con ella por haber hecho algo así.
La mujer acercó la mano para colocársela con delicadeza maternal en la mejilla y el cariño le suavizó la expresión.
—Esa es mi chica.
Annie se marchó después del segundo cóctel.
El cansancio empezaba a hacerse notar en sus hombros a medida que la potencia del hechizo se desmoronaba.
Era demasiado tarde para esperar un taxi en mitad del parque Richmond.
Por suerte, la magia podía ocuparse de esa tarea y unos segundos más tarde la puerta principal de color rosa de su casa estaba a sus espaldas.
Intentó recordarse a sí misma que no era tan malo estar a solas cuando el silencio la envolvió como una bufanda gruesa.
Lo desearía en cuanto reanudara el hechizo.
Después de oír los quejidos de Karma, alimentarla y acompañarla a la ventana para que empezara con su habitual vigilancia de los zorros a los que les gustaba pasear por la acera, Annie pudo empezar su ritual nocturno.
Cerró la puerta del baño para asegurarse de que la gata no la seguía dentro.
La única vez que Karma había presenciado sin querer la puesta en práctica del hechizo, había empezado a bufar en cuanto el vapor había comenzado a extender sus fantasmagóricos tentáculos, insegura de lo que estaba sucediendo, a pesar de que su instinto felino le dijera que aquello olía mal.
Antes de que Annie pudiera consolarla o tranquilizarla, Karma se había escondido bajo la cama con el lomo arqueado y el triple de volumen en su ya de por sí enorme cola blanca.
Al acabarse el hechizo y asegurarse de que los últimos retazos del mismo se desvanecían, Annie había necesitado una cucharada entera de natillas para sacar a Karma de debajo de la cama y recuperar su favor.
Desde entonces, pocas veces ponía una pata en el baño.
Todas las brujas necesitaban un altar, un lugar destinado a sus encantamientos, y ese era el suyo, al que nadie más podía acceder.
Poco propio de Annie en lo decorativo, ni rosa ni esponjosa, el baño era un lugar más sombrío.
Las paredes estaban cubiertas del suelo al techo de armarios de madera, típicos de una farmacia, con puertas de cristal esmerilado con representaciones de una maraña de ramas puntiagudas y flores invernales, amapolas y eléboros.
Cada puerta del armario estaba cerrada a ojos curiosos, bloqueada tanto con magia como con una llave física que solo podía invocar con su mente, un encantamiento ingenioso que había recreado a partir de las medidas de seguridad del propio aquelarre.
Una lámpara antigua de araña con cristales en forma de gota colgaba del techo encima de la bañera.
Annie lanzó un hechizo para que las velas de cada brazo se prendieran con una llama diminuta.
Dedicó un segundo a respirar, apoyada en la puerta, recordándose que no tenía prisa.
Pronto volvería a tenerlo todo bajo control.
Se acercó al lavabo mientras encendía el resto de las velas repartidas por la habitación e invocó un Venustas Tergeo , un encantamiento que había perfeccionado de adolescente para eliminar el maquillaje al instante.
Su ritual de autocuidado era la parte más sagrada de su día, ya que le aportaba un brillo y una alegría a su reflejo a la altura de los dónuts azucarados que vendía en Celeste.
Annie dedicó unos instantes a examinar su rostro con toda la atención posible en el espejo.
La piel se le tensaba sobre los pómulos y tenía las cejas una milésima por encima de donde solían estar.
Era lo raro de hacerse mayor, ese momento en el que entendía que su cara estaba empezando a cambiar, que sus facciones adolescentes se estaban desvaneciendo mientras un esbozo de líneas suaves comenzaba a cubrirle la frente y los ojos.
Al menos, era así cuando el hechizo comenzaba a desvanecerse.
Pocas veces dejaba que pasase el tiempo suficiente como para que estos elementos se asentaran del todo antes de retocarlo de nuevo.