Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 4. Charla de chicas #3
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Capítulo 4. Charla de chicas #3

Culpable por asociación a los delitos de su marido, Cressida tuvo que enfrentarse a la expulsión de la Sortiedad sin tener siquiera la oportunidad de defenderse.

Se lo tomó bien, al menos en público. En privado, empezó a marchitarse en todos los aspectos, hasta convertirse en la carcasa vacía de la mujer radiante a la que Annie había admirado toda su vida.

—Qué duro —dijo Ruby con suavidad antes de crear una línea diagonal con los labios—. Las familias son un desastre.

—Habla por la tuya —replicó Harmony—. La mía es bastante limpia y ordenada.

—La sangre es más espesa que el agua —comentó Vivienne, engreída—. Y la magia, más aún.

—Siempre he odiado esa frase. La suele decir la gente a la que nunca ha decepcionado la persona que se suponía que debía anteponerla a todo lo demás —insistió Ruby, a la vez que se limpiaba las migas de las manos en los vaqueros—.

Según lo que he aprendido con el paso de los años, no es oro todo lo que reluce, y eso se aplica a las familias también.

Las tres brujas la miraron como si de repente hubiera empezado a hablar en otro idioma, con una mezcla de perplejidad y aversión en los rostros. Annie oyó que Harmony musitaba un suave «¡Puaj!».

—Bueno —dijo Romily con firmeza, removiendo su bebida con el palillo de frutas escarchadas—, todas hemos pasado página, ¿no, Annie? Has hecho un trabajo espectacular restaurando lo que quedaba de la desvencijada reputación de los Wildwood.

—No lo sé. —Annie esbozó una mueca, removiendo su propio cóctel frío de un brillante color rosado por el tallo de la copa—. Solo intento no decepcionar a nadie. Siempre estaré agradecida por que me hayan acogido aquí y os hayáis quedado a mi lado cuando no teníais por qué hacerlo.

—Ya te lo he dicho muchas veces, cariño —dijo Romily, guiñándole un ojo—, la paciencia es una virtud. Estás jugando tu papel dentro de Selcouth de maravilla y todos aquí disfrutan de tu presencia. Uno de estos días conseguirás tu Medialuna.

Annie levantó la cabeza.

—¿Hay alguna noticia sobre ese tema? ¿Ha mencionado algo tu madre? Sé que dijiste que ibas a intentar hablar en mi nombre…

De las seis familias importantes que gobernaban el club, los Whitlock, Cinder y Morningstar eran la mitad de ellas y la madre de Romily era la Emisaria Suprema al frente de todas.

Aún debían usar su influencia para ayudar a Annie a conseguir la categoría de Medialuna en la Sortiedad, la membresía de pleno derecho que se moría por adquirir para protegerse.

Mientras hablaban, los broches de las tres, emblemas plateados de un caldero rebosante en una pálida media luna, parecieron refulgir al unísono.

Abundancia y secretismo, los valores más apreciados por la Sortiedad.

Romily adoptó una expresión triste.

—No he tenido oportunidad, cariño. A decir verdad, entre el crucero del solsticio y la planificación de la recaudación de fondos para Todos los Santos, voy con el agua al cuello. He quedado con mi madre para comer la semana que viene, así que lo volveré a intentar si la pillo de buen humor.

A Annie le avergonzaba admitir, con treinta y dos años, que nunca se había cuestionado la existencia de la Sortiedad cuando era más pequeña, acunada por su tentadora caricia.

Solo cuando los Wildwood habían caído en desgracia de manera drástica, había abierto los ojos y había empezado a cuestionarse su naturaleza, si las reivindicaciones de los herederos de hechizos podían considerarse justas.

De niña, a menudo de la mano de Romily, había soñado con el momento en el que su madre y su padre la incluyeran en sus veladas secretas.

Junto a los Whitlock, desaparecían por la noche, vestidos con sus mejores galas, dejando a sus hijas con una canguro tras darles un beso en la frente.

Nunca daban explicaciones sobre adónde iban.

Su madre solo le susurraba una pista, una y otra vez, hasta grabarla en la mente joven de Annie: «Adonde todo es perfecto».

Cuando por fin se le había permitido echar un vistazo tras la cortina y unirse a la Sortiedad, Annie se había enamorado de su belleza, de la manera en la que todo brillaba, de un resplandor que estaba a la altura de la promesa de su madre.

Sentirse incluida y aceptada era una sensación demasiado frágil para jugar con ella.

Ya era mayor y (al parecer) más perspicaz, y ese era uno de los problemas del sistema mágico que le parecían más inquietantes.

Pero estaba enredada en una tela de araña a la vez pegajosa y aterciopelada; una que la mantenía atrapada entre sus delicados hilos plateados, pero que también se aseguraba de hacerla sentir comprendida y apoyada.

La Sortiedad era lo más parecido que tenía a una familia.

Su mundo voluble a menudo le provocaba sensación de soledad, pero sin él estaría sola de verdad.

Se lo debía todo. No podía decepcionarlos.

Annie solo sonrió.

—Ya sabes que siempre nos esforzamos por ti. A excepción de todos esos líos de tu pasado, tienes un historial impecable —añadió Romily, alzando la copa.

—No sabía que en la Sortiedad hubiera espacio para tanta compasión. ¿Cómo dejaron que te quedaras después de la que montaron tus padres? —preguntó Ruby.

Antes de que Annie pudiera contestar, Vivienne respondió por ella:

—Es útil tener por aquí a una chica como Annie, ¿verdad?

—Esta vez fue Vivienne quien le guiñó un ojo—.

Tiene enamorado al aquelarre, así que es un contacto interesante para la Sortiedad.

Nos mantiene al tanto de los nuevos brujos y hechiceros que se hacen notar, de los cambios en las normas o de las tensiones que surgen.

Somos los primeros en saberlo. Es nuestro propio supersabueso mágico.

Todo estaba ligado entre sí de forma precaria, como una endeble guirnalda cuya belleza dependía de que el rendimiento de Annie fuera perfecto.

Romily esbozó una sonrisa cálida.

—No eres de las que decepcionan, ¿verdad, cariño?

Annie sonrió, encantada de seguir contando con su apoyo. No, no iba a decepcionarlas.